El tacaño era “organizado con la plata”.
El intenso, “detallista”.
El que coqueteaba con media ciudad, “muy sociable”.
Enamorarse también es trabajar gratis como relacionista público de alguien.
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Un amigo me mostró la foto de la persona que acababa de dejarlo.
Yo la conocía mucho más de lo que él imaginaba.
Se lo conté.
Años después sigo preguntándome si hice lo correcto.
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De niño me daba miedo que hubiera algo debajo de la cama.
De adulto me da miedo un correo que empieza: “Queremos hablar contigo”.
Los monstruos no desaparecieron. Aprendieron a usar Outlook.
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Nunca pensé que cocinar fuera una forma de descansar.
Pero mientras corto cebolla no respondo mensajes. Mientras cuido una salsa no reviso redes.
A veces descansar no es hacer nada. Es lograr que la cabeza haga una sola cosa.
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A mis veintitantos escribí una lista de regalos que odiaba.
Hoy la encontré.
No sentí vergüenza. Sentí cariño por ese idiota que creía que un mal regalo podía arruinarle el cumpleaños.
Supongo que eso también es madurar.
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Uno no vuelve con un viejo amor.
Vuelve con un recuerdo.
Y la memoria tiene la pésima costumbre de conservar los besos mientras borra las razones por las que todo terminó.
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Mi peor versión no aparecía durante las relaciones.
Aparecía cuando terminaban.
Confundí insistir con amar, obsesionarme con buscar respuestas y perder dignidad con “luchar por alguien”.
Qué cantidad de estupideces hemos romantizado.
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