Uno puede estar leyendo a Clarice Lispector de lo más tranquilo y de pronto te suelta un: “Pero qué hacer si no te enterneces con mis defectos, mientras yo he amado los tuyos. Mi inocencia fue humillada por ti. No me amaste, eso yo lo sé. Estuve sola. Sola de ti.”
“Te amo” pero Albert Camus alguna vez dijo “He respirado mejor, he odiado menos cosas. He admirado con más libertad lo que merecía admiración. Contigo, he aceptado más. He aprendido a vivir.”
Ahora que estoy experimentando el privilegio de estar en una residencia de escritura entendí la pinche vibra de Virginia Woolf y El cuarto propio.
Sí hay una diferencia BRUTAL cuando tienes semanas exclusivamente para escribir, un espacio digno, bonito y silencioso donde nadie está chingando, una habitación para descansar, agua caliente, desayuno, comida y cena resueltos y aparte una beca para que tengas varo para el ocio, salir a conocer la ciudad, caminar, pendejear, escuchar música, leer y luego regresar a escribir sin estar pensando qué chingados vas a desayunar, qué vas a cocinar, qué tienes que limpiar o qué pendiente doméstico tienes que resolver.
Nunca había sido tan pinche productiva escribiendo como estos días.
He leído un chingo, he pensado un chingo, he escuchado un chingo de música, he escrito, reescrito y hecho remixes de textos que ya tenía.
Y entendí una cosa bien obvia pero que una cosa es saberla y otra vivirla en carne propia: tener tiempo, dinero y un cuarto propio sí cambia bien cabrón las posibilidades de escribir.
Peeeeero también extraño el pinche caos jajajaja.
Extraño escribir mientras pasan las Italikas en chinga, el vecino tiene las cumbias a todo volumen, el otro vecino anda bien desconectado peleándose con un árbol, mis gatos llegan a exigir cosas, ladran los perros, pasan los carros del sonido anunciando los frijoles de la olla recién hechos y las tortillas, el panadero con el pan, el heladero, el fierro viejo, el camotero.
Los pinches cohetes de las fiestas y se escuchan mis vecinos los danzantes que, hijos de la chingada, cómo envidio su disciplina. Esos güeyes ensayan diario de lunes a domingo, fácil cinco horas al día los cabrones.
Mi colonia es un pinche escándalo TODO EL PERRO DÍA.
Y creo que estoy descubriendo que necesito las dos cosas.
Necesito este silencio, este tiempo y este privilegio para sentarme a escribir, leer, pensar y desarmar mis textos con una concentración que en mi casa casi nunca tengo.
Pero también necesito regresar a mi colonia humilde y editar otra vez esos textos en medio del pinche cagadero para ver si todavía suenan como yo.
Porque una cosa es necesitar precariedad y otra necesitar el mundo del que escribes. La precariedad no la extraño ni madres.
El pinche ruido, el caos, el cagadero sí.
no tengo pruebas ni dudas de que las personas que no usan el transporte público son más propensas al individualismo porque no están expuestas constantemente a la presencia del otro