1️⃣ Derrocar a un dictador suena moralmente justo. Nadie llora por un tirano. Pero el derecho internacional no se construyó para proteger a los buenos, sino para contener a los poderosos. Por eso prohíbe la fuerza casi sin excepciones: no porque ignore la injusticia, sino porque sabe que, si cada país decide a quién “liberar” a balazos, el mundo vuelve a la ley del más fuerte.
2️⃣ El problema no es Maduro. El problema es el precedente. Cuando la fuerza militar se usa para cambiar gobiernos sin reglas claras, la soberanía deja de ser un límite y se vuelve un estorbo. Hoy es “derrocar a un dictador”; mañana será “corregir una elección”, “proteger intereses”, “restaurar el orden”. El derecho no absuelve dictaduras, pero tampoco legitima cruzadas unilaterales.
3️⃣ La pregunta incómoda no es si un tirano merece caer, sino quién decide cuándo y cómo. Porque la historia enseña algo brutal: sacar al dictador es fácil; construir justicia después, no. Y cuando la legalidad se rompe en nombre del bien, casi siempre lo que sigue no es libertad, sino caos, violencia y nuevas víctimas. El derecho existe para recordarnos eso, incluso cuando incomoda.
Para muchos, este 2025 ha sido el año de los finales honestos.
El año de aceptar que algunas manos había que soltarlas, que ciertos lugares ya no nos sostenían y que había etapas que, aunque dolían, habían terminado hace tiempo. Un año de despedirse sin odio, pero con dignidad. Un año de reconocer que quedarse hubiese sido una forma lenta de romperse.
Y aun así, sigo creyendo en algo con toda el alma: la vida a veces te deja sin casi nada… pero nunca te deja sin todo. Cuando te quita, no siempre es una pérdida; muchas veces es una limpieza. Un espacio nuevo. Un terreno preparado para lo que aún no sabes que te va a pasar.
Porque sí, hay años que pesan más que otros. Años que nos tambalean, que nos hacen cuestionarnos, que nos parten un poco por dentro. Pero eso no significa que tengamos una mala vida. Significa que seguimos vivos. Que seguimos aprendiendo. Que todavía queda camino, y que nuestra historia no se ha cerrado.
Por eso yo elijo —incluso en los días cansados— levantarme creyendo que todavía hay cosas extraordinarias por vivir. Que aún existe gente buena que no ha llegado. Que hay lugares donde aún encajaremos sin rendirnos. Elijo esperanza. No porque la vida sea fácil, sino porque sin esperanza… no hay forma de vivirla.
Y mientras tanto, seguimos.
Con alguna herida, sí. Con cicatrices que cuentan lo que sobrevivimos. Pero también con la frente alta, el alma en pie y la mirada abierta. Porque, aunque a veces duela, este mundo todavía merece que nos quedemos un poco más.
Ya no aceptas lo que antes tolerabas. Ya no justificas lo que te roba la paz. Ya no te acomodas en lo que no vibra contigo. No es arrogancia, es claridad. Has crecido. Has sanado. Y ahora tu energía elige. Porque por fin entendiste que lo que das, también mereces recibir.
La queja y la gratitud crean estados internos opuestos. La queja agota y tensa; la gratitud calma y ordena. No es ingenuidad, es cambiar el foco. Y cuando lo hacemos, cambia nuestra salud, nuestro ánimo y la forma de ver la vida.
Me declaro agotada. De la urgencia, de lo rápido, del drama, de lo digital, del exceso de información, de la hipercomunicación, de los datos inútiles, de la drogodepencia emocional, de lo superficial, de la infantilización de todo, de la hipertrofia del ego, de la impaciencia.
honestamente no tengo ganas de sanar a nadie, ni de enseñarles cómo tratarme, mucho menos de pedir cosas o que me entiendan. Cada quien da lo que le nace o hace de corazón, por ahora en mi vida solo quiero tranquilidad y estabilidad.
El problema del exceso de empatía es que, mientras nosotros podemos entender y ayudar en las luchas ajenas, los demás son incapaces de entender las nuestras.
Entonces te conviertes en la fogata donde nadie más coloca leña pero si se acercan a calentarse las manos.
te vas a cuestionar mil veces si hay que dejar de ser buena persona, si hay que dejar de darlo todo, si hay que dejar de intentar. Y vas a seguir siendo buena persona, porque el otro es el otro y vos sos vos, y al final, son las acciones las que nos definen, siempre.
Me atrevo a decir que el peor tipo de tristeza es esa en la que no derramas ni una sola lágrima, solo te recuestas en la cama y parece que no hay nada dentro de ti, no sientes nada, estás ahí básicamente existiendo porque no tienes de otra y ya.