Ya no me digan que él perdió. Él no perdió nada. Perdí yo. Perdí el tiempo, las ganas, la calma; perdí yo al quererlo con todo lo que tenía, al entregarle partes de mí que no suelo darle a cualquiera, al quedarme incluso cuando algo dentro de mí ya sabía que debía irme.
Mi peor enemigo nunca ha sido otra persona; casi siempre he sido yo, justificando las acciones de alguien para no irme. Inventándome razones para creer que todo mejoraría, minimizando lo que me dolía y convenciéndome de que, si aguantaba un poco más, las cosas serían distintas.
Hoy volví a llorar, lloré porque ya no puedo, porque todo duele, porque todo pesa, porque no sé dónde irme, porque no sé cómo empezar, porque no sé cómo parar, hoy volví a llorar porque me ganó el miedo, la ansiedad, la depresión y sobre todo la desesperación de no saber qué rumbo tomar, hoy volvi a llorar y tal vez mañana igual, pero supongo que está bien.