Al elegir tu pareja recuerda que con ella superarás la pérdida de tus padres, las crisis, y todos los traumas, enfermedades y contratiempos futuros. Elige a alguien amable, cariñoso, paciente y sobre todo leal
Quisiera dejar de discutir con mi mente. Simplemente me gustaría abrazarla, decirle que puede estar tranquila, que todo va a estar bien y que la vida se va a poner mejor.
Que San Valentín no sea un día.
Que sea una costumbre.
Que no tengamos que esperar a febrero para acordarnos de que nos queremos.
Que el amor no se vista solo de rojo, sino también de lunes grises, de miércoles eternos, de domingos con ojeras.
Hacer San Valentín todo el año es dejarte la última croqueta aunque te mueras de hambre.
Es mandarte un “avísame cuando llegues” sin que lo pidas.
Es guardarte el lado de la cama que más te gusta.
Es comprarte tu chocolate favorito un martes cualquiera, sin etiqueta, sin excusa.
Pero, sobre todo, es quedarse.
Quedarse cuando no apetece hablar.
Cuando el trabajo pesa.
Cuando el miedo aprieta.
Cuando discutimos y el orgullo quiere ganar la batalla.
Hacer San Valentín todo el año es aprender a abrazar también las tormentas.
Es entender que hay días en los que uno ama más fuerte porque el otro apenas puede sostenerse.
No son los globos.
No son las fotos perfectas.
No son las cenas con reserva.
Es mirarte en un mal momento y decirte:
“Estoy aquí. Aunque hoy no brilles. Aunque hoy duela. Aunque hoy no sepamos.”
Porque el amor de verdad no aparece en el calendario.
Se construye en los detalles pequeños.
En los silencios compartidos.
En las manos que no se sueltan cuando todo tiembla.
Y si vamos a celebrar algo,
que sea eso:
Elegirnos todos los días.
Incluso cuando no es fácil.
Sobre todo cuando no lo es.