Con respecto a este fallo, independientemente de la decisión del reenvío, quisiera hacer hincapié en dos normas dejadas un poco de lado en el Paraguay: la prohibición de la reforma en perjuicio y la obligación de interpretación restrictiva de la ley penal y procesal penal ⬇️
Being a lawyer is saying "I just need to get through this hearing/deposition/other appointment this week and then things will calm down" for forty years and before you know it you are 70 years old telling people that you have been practicing law for 40 years with no Bar Grievances filed, and finally your reward arrives in the form of a heart attack or a stroke out at your work desk and the state Bar finally takes an action on your status but it's just to mark you "deceased."
Sumado a q no hay profesión más bastardeada que la del abogado.
Le solucionás un quilombo enorme a alguien, le evitás perder plata, tiempo o hasta un embargo… y aun así termina pensando que algo raro hubo o que lo cagaste.
La aparición del fantasma de la versión soviética de HAMLET (1964) es una masterclass de horror gótico que ya quisieran muchas películas de terror. La cámara lenta, los susurros, la capa ondeante y la tormenta es una combinación expresionista perfecta.
"Emiliano Pinsón"
Porque el periodista forma parte de un "ensayo clínico" en España para tratar el Párkinson, y contó que sus opciones eran fundirse o quedarse esperando "algo que no llega".
El derecho Constitucionall dice como está organizado el Estado. El derecho Administrativo dice como funciona el Estado. Por eso se dice que el derecho administrativo es el derecho constitucional en movimiento.
"El juez que no guarda respeto al abogado, como el abogado que no se lo guarda al juez, ignoran que abogacía y magistratura obedecen a la ley de los vasos comunicantes; no se puede rebajar el nivel de la una sin que el nivel de la otra descienda el mismo grado.” Calamandrei
@LuiferBernal@EssapSA Buenos Dias.. Presi por favor si reparan la interseccion de 11 de setiembre y elsa escalante en Fdo de la Mora… la cuadrilla que hizo el trabajo dejo un crater importante sin arreglar como corresponde.
Gracias !!!
Un triángulo verde con vacas
Parece un país manso, Uruguay. Termos bajo el brazo y un mar que no decide si es río o cementerio. Desde afuera se lo vende como excepción civilizada del sur: democrático, laico, ordenado. Desde adentro, sin embargo, se parece más a una habitación sin ventanas.
Pero antes de hablar del país, conviene mirar el mapa. No el político, sino el estadístico, que suele ser más cruel y mucho más honesto. Cada año, en el mundo, más de setecientas mil personas deciden fugarse al huerto de los callados. Traducido a números fríos: unas nueve muertes por suicidio cada cien mil habitantes.
En América el panorama es peor. Es la única región del planeta donde las tasas no bajan, sino que suben, sobre todo después de la pandemia. Cerca de cien mil personas por año. Y en medio de ese continente, aparece Uruguay con cifras que desentonan.
Más de veinte suicidios cada cien mil habitantes. Más del doble del promedio mundial. Muy por encima de la media americana. No es un país pobre, ni en guerra, ni devastado por catástrofes. Es, justamente, lo contrario. Y ahí está la paradoja: mientras el mundo se desangra en el caos, Uruguay se apaga en calma.
No es un accidente estadístico. Es un síntoma. Un síntoma social profundo, estructural. Algo en la textura misma de este país que empuja hacia adentro, que repliega, que erosiona. Para empezar todos se conocen o creen conocerse. Las oportunidades son pocas y circulan siempre por las mismas manos, con los mismos apellidos. El talento no alcanza: necesita permiso. Y el permiso casi nunca llega. El que quiere crecer tiene dos opciones: adaptarse a la mediocridad consensuada o irse.
La población envejece, y no solo en términos demográficos. Envejece el ánimo. Envejecen las ideas. Envejece la conversación pública. El país mira hacia atrás con una mezcla de nostalgia y orgullo rancio, como si el pasado inventado por los historiadores del tedio —Artigas, el Estado benefactor, la Suiza de América, la resistencia a la Dictadura— fuera una cuenta bancaria moral de la que aún se puede vivir.
A eso se suma el panóptico social. Uruguay es chico, y en los países chicos la vigilancia es íntima. El control no es brutal, es sutil: una ceja levantada, un comentario irónico, un “acá siempre se hizo así”. El que se sale del molde paga con aislamiento. Y el aislamiento, prolongado, es dinamita para la cabeza. Pero hay más. Está la pobreza cultural, que no es falta de libros ni de universidades, sino de conflicto intelectual. Un país donde pensar distinto incomoda. Donde la corrección política aplana la discusión.
Está también el alcoholismo, la depresión disfrazada de humor seco, el culto al mate como ritual anestésico. Está la soledad urbana, especialmente en Montevideo, ciudad lumpenizada, mugrienta, cada vez más violenta y repleta de gente sola, drogada, alienada, loca, caminando despacio, mirando el suelo. Y hay ciudades del interior que son plazas con viejos dando vueltas alrededor de la comisaría, la iglesia y el cine (convertido en iglesia penrecostal) en sentido horario, marcando el paso hacia el conformismo, la hipocresía y la muerte cultural.
De espaldas a esta realidad, un Estado omnipresente y al mismo tiempo impotente, eterno administrador del trámite y el ocaso, nunca jamás del impulso y el alba. En Uruguay siempre se ponel sol. Siempre; de mañana y de tarde. En Uruguay no se muere de hambre. Se muere de hastío, de soledad y de futuro clausurado.