"No tengo edad, tengo vida, y una vida plena, bonita y completa, llena de Dios, de amor y de toda la buena vibra que el universo cada día me brinda. La vida es muy corta como para no disfrutarla bien y bonito, como para no dejar en ella nuestros mejores latidos, feliz vida".ca💜
Ha muerto a los 81 años el cantautor Piero, quien inmortalizó con su voz varios himnos latinoamericanos, entre ellos ‘Mi viejo’. Su influencia fue tal que incluso Rubén Blades pensó en él para interpretar ‘Pablo Pueblo’, una de sus grandes obras. QEPD.
Es muy bonito cuando alguien se acuerda de ti.....
Te manda un mensaje antes que tú,
Te saluda antes que tú.
Es como decir....Existes y me acuerdo de ti....
Tienes la capacidad casi descarada de volverte mi única prioridad, basta que me beses para que el tiempo se detenga y se disuelva entre tus labios. Haces que el instante más breve rinda el doble, convirtiendolo en deseo y demostrándome que cualquier rato a tu lado es el único sitio donde quiero perder el control...
The Night Legends Left Their Egos at the Door
On the night of January 28, 1985, at A&M Studios in Los Angeles, a handwritten sign was placed outside the recording studio: “Check your ego at the door.”
No one could have known that those few simple words would become the opening line to one of the most memorable moments in music history.
Walking through that door were artists who could fill virtually any stage on their own: Michael Jackson, Stevie Wonder, Tina Turner, Bruce Springsteen, Bob Dylan, Diana Ross, Ray Charles, and dozens of other leading names. They were accustomed to spotlights, roaring crowds, and being the center of attention. But that night, there was no single star.
No red carpet. No private stage. No distance between the legends.
They stood side by side, wearing headphones, holding sheets of lyrics, and waiting for their turn. These were artists who were used to thousands of people listening to them. Now, they had to listen to one another.
Perhaps that was the most remarkable thing about that recording session.
When Fame Knows How to Step Aside
We Are the World was created during a devastating famine in Ethiopia, with the goal of raising money for humanitarian relief. Every artist involved had already achieved success and earned a place in music history. They did not need another hit to prove who they were.
But they had something else they could give: their voices and their influence.
Watching the behind-the-scenes footage, it is easy to forget that these were artists who had once commanded the attention of the entire world. Bob Dylan worked through his harmony parts. Cindy Lauper had to adjust jewelry that could make unwanted noise. Tina Turner patiently waited for her part. Everyone rehearsed, listened, and worked together to make the song sound like one collective voice.
No one needed to stand out above everyone else.
Because when the purpose is big enough, individual fame naturally becomes smaller.
That may be the deepest beauty of We Are the World: people who had so much to hold on to chose to use what they had to give something away.
When Music Becomes Something Greater Than Itself
Nearly four decades have passed. Many of the artists in that room have since died, while those who remain have traveled through most of their lives. Yet the old footage can still make people stop and watch.
Not simply because it brings back memories of a golden era of music.
But because it reminds us that talent means the most when it is used for something larger than the person who possesses it.
Perhaps the true strength of a person is not measured by how high they can rise to be admired by others, but by how willing they are to use their position to help someone else stand.
That is why We Are the World has never been just a song.
It is the memory of an extraordinary night when legends of music walked through the same door, left their egos behind, and raised their voices for people they might never meet.
And perhaps that is when music is at its most beautiful—when a microphone is no longer used to make one person shine, but becomes a voice for those who need to be heard.
La historia cuenta que Dolly Parton conducía por Brentwood, Nashville, de regreso de su oficina, cuando una voz a capella surgió en la radio. Al principio solo le sonó familiar: “If I should stay…”. Luego llegó el coro. Tuvo que detenerse al costado de la carretera, cerca de donde hoy está un Walgreens, porque el corazón le latía tan fuerte que temió estrellarse.
Era 1992, Whitney Houston acababa de convertir su pequeña canción de despedida en un himno mundial.
La historia había comenzado casi veinte años antes.
En 1973, Dolly Parton decidió separarse profesionalmente de Porter Wagoner, el hombre que la había llevado a la televisión nacional y le había abierto las puertas de Nashville. No fue un corte limpio ni un gesto de ingratitud. Fue una necesidad de crecer.
Para decirle adiós, escribió “I Will Always Love You”. Entró a su oficina, se sentó con la guitarra y se la cantó. Wagoner lloró. “Es la mejor canción que has escrito”, le dijo. “Puedes irte… siempre que yo la produzca”.
La grabó en 1974 y alcanzó el número uno en las listas country.
No era una balada de amor romántico, sino una carta de gratitud y liberación: “Te querré siempre, pero tengo que seguir mi camino”.
Poco después llegó una tentación casi imposible de rechazar. Elvis Presley quería grabarla. Dolly estaba eufórica.
Contó a todos que el Rey interpretaría su canción. La noche antes de la sesión, el coronel Tom Parker telefoneó: la condición era entregar la mitad de los derechos de autor. Dolly se negó. Lloró toda la noche.
“Mis canciones son como mis hijos”, explicaría después. “Espero que me mantengan cuando sea vieja”. Prefería conservar el copyright completo, aunque eso significara renunciar al sueño de oír a Elvis cantarla.
Aquella decisión, tomada con el corazón roto, cambió el rumbo de su vida.
En 1992, Kevin Costner y su secretaria insistieron en usar la canción para The Bodyguard. Había otra opción preparada, pero al último momento la pidieron. Dolly envió la cinta y no volvió a saber nada… hasta aquella tarde en el auto.
Whitney Houston, con la producción de David Foster, la transformó: el inicio a capella, la potencia vocal, el escalofrío que recorre el mundo.
Catorce semanas en el número uno del Billboard Hot 100. La banda sonora se convirtió en una de las más vendidas de la historia.
La versión de Whitney generó para Dolly alrededor de diez millones de dólares en regalías solo en la década de los noventa.
Dolly no guardó el dinero en silencio. Compró un complejo de oficinas, un strip mall, en un barrio históricamente afroamericano de Nashville, lejos del glamour de la Avenida 16.
“Pensé: este es el lugar perfecto, considerando que era Whitney. Voy a estar aquí con su gente, que también es mi gente”. Lo llamó “la casa que Whitney construyó”.
“Tomó mi pequeña canción y la convirtió en algo enorme”, diría Dolly más de una vez, con la voz quebrada de emoción.
Whitney le había devuelto la canción transformada, más grande y más universal.
Dolly escribió la despedida. Whitney la hizo volar. Entre las dos tejieron un puente improbable entre el country de las montañas de Tennessee y el soul que llega al alma.
Una canción nacida de la necesidad de partir se convirtió en el adiós que el mundo nunca pudo olvidar.
Hoy, cuando suenan aquellas notas a capella, todavía se escucha el eco de dos voces que se encontraron a través del tiempo y con seguridad, en la eternidad, y a la vez, se quedaron con nosotros para siempre.
Un doctor japonés profesional aconseja:
Y dice: si tienes dolores molestos en la parte baja de la columna vertebral, haz estos ejercicios y verás cómo desaparecen en segundos 🔥🔥👍
La disciplina es rara, por eso funciona.
La constancia es rara, y por eso destaca.
La responsabilidad es rara, por eso marca la diferencia.
El enfoque es raro, por eso construye imperios.
Es raro esforzarse sin recibir aplausos.