Los tiempos de Dios no solo son perfectos; son justos, sabios y llegan siempre cuando el corazón está listo para agradecer lo que un día pediste con tanta fe.
Hay que entrenar la mente también todos los días . Decirle cómo y que debe pensar. Dirigirla y ordenarle. Regañarla e ignorarla cuando no sirva lo que está pensando.
Es increíble como uno piensa que esta estancado y que no ha logrado nada en la vida, hasta que alguien se pone a platicar contigo y te dice que te admira por todo lo que superaste, creciste y maduraste. La mente a veces nos puede jugar un papel sucio.