Estoy en Toronto, invitado por Iberia, delante del Sharp Centre for Design, de la OCAD, la Universidad de Ontario de Arte y Diseño. Y lo ves y dices, hostia, qué fumada. El edificio ahí flotando encima de otro edificio, sin tocarlo. Y sí, es una fumada, pero tiene una historia detrás, y la historia es mejor que la fumada.
La movida es esta. Cuando a la OCAD la convirtieron en universidad, se les quedaron pequeñas las instalaciones y tenían que construir. Y lo único que tenían para hacerlo era una especie de parking delante. Así que, idealmente, iban a levantar ahí un edificio normal de cuatro o cinco plantas y a otra cosa.
Pero qué pasa. Pasa que los vecinos de enfrente, esos edificios de ladrillo del fondo, tenían unas vistas estupendas del Grange Park, este parque tan bonito que tengo justo detrás. Y un bloque en el parking se las tapaba.
En los montes búlgaros hay un OVNI de hormigón del diámetro del Panteón de Roma.
Se construyó dinamitando la montaña, solo duró 8 años y hoy, abandonado, es uno de los lugares más fotografiados del país.
¿Qué fue lo que pasó?
En #LaBrasaTorrijos de hoy, Buzludzha.
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Está todo el mundo hablando de La Casita de Bad Bunny pero tengo la sensación de que casi nadie sabe su historia y su genealogía, lo cual es un poco perverso porque la historia de La Casita es tan intrincada como una peli de terror psicológico.
La cosa —y la casa— tiene un principio, que está en Long Island en 1947. Allí un tipo llamado William Levitt miró un campo de patatas y vio, en lugar de patatas, el futuro de la clase media estadounidense, que para él tenía forma de diecisiete mil casas iguales. Literalmente Iguales.
Levitt había aprendido en la Marina a construir barracones a toda velocidad y aplicó la misma idea al baby-boom de posguerra: dividió la construcción de una casa en veintisiete pasos, puso a un hombre a hacer solo el paso nueve durante el resto de su vida natural, y empezó a escupir viviendas a razón de una cada dieciséis minutos. El que ponía los grifos no sabía clavar un clavo y el que clavaba no había visto un grifo, y entre todos, sin que ninguno entendiera la casa entera, levantaron un suburbio del tamaño de una provincia. Se llamaba Levittown.
Que tú dices pues muy bien, vivienda barata y rápida. Y sí, eso lo era. Y racista también, porque el contrato de esas casas idénticas incluía una cláusula que prohibía venderlas a cualquiera que no fuera de raza blanca. Estaba escrito. Con tipografía. O sea, la utopía de la clase media pero no me pongas negros ni hispanos cerca.
Así que tanto Levittown como todas las urbanizaciones que se construyeron en las afueras, también las que no tenían la cláusula explícita, se llenaron de blancos que huían de las ciudades —esto tiene nombre técnico, White Flight, la fuga blanca, que suena a maniobra militar y en el fondo lo era— dejando los centros urbanos a quienes no podían comprar un chalecito. El resultado fue un paraíso siniestro de céspedes idénticos donde todo el mundo era exactamente igual porque por contrato no podía ser de otro modo.
Unos quince años después, un funcionario de Puerto Rico se fue a Toa Baja, al norte de la isla, y desplegó sobre una mesa los mismos planos. Otro Levittown. La promesa de la clase media estampada en hormigón, y todo dentro de algo llamado Operación Manos a la Obra, donde las manos eran las de los boricuas y la obra de los gringos.
Aquí no había cláusula racial porque sería algo absurdo en un lugar tan mezclado como Puerto Rico y, claro, también porque en la isla la exclusión funcionaba por canales económicos, no por los del color de la piel. O no solo. El caso es que el módulo de Levitt entró y dentro de cada casita idéntica un puertorriqueño se instaló a desear exactamente lo que un señor de Long Island había decidido que un estadounidense debía desear.
Pasan sesenta años. La arquitecta Mayna Magruder Ortiz mira una vivienda real en Humacao, ahora al este de la isla, mira los planos de Levittown, y hace lo que hacen los arquitectos, que es copiar. Según algunas revistas de arquitectura, Mayna Magruder combina la herencia del XIX con la urbanización de posguerra, pero el resultado es una casa que está por todo Puerto Rico. Rosa pastel. Cornisas amarillas. Sillas de plástico monobloc, las que pesan ochocientos gramos y aguantan a un obispo, las que tu tío apila de seis en seis al final de la fiesta, el grado cero de la civilización con clima benévolo. También tiene la misma cubierta plana, salvo que aquí no es tejado sino un sitio para bailar, porque alguien decidió en una reunión que esa cubierta que durante toda la historia de la arquitectura caribeña sirvió para no morir bajo la lluvia, fuese ahora un escenario con aforo.
Pero lo que más conocemos todos es el balcón con marquesina. El balcón de la casa obrera puertorriqueña era el órgano social de la vivienda, el sitio donde se enfriaba la cerveza, se vigilaba al vecino y se conspiraba contra el casero, el único lugar donde la clase trabajadora hacía la cosa verdaderamente subversiva, que es estar junta sin pagar entrada.
En La Casita de Bad Bunny el balcón también tiene aforo. Quince personas. Y las quince son Ester Expósito, Los Javis, Lamine Yamal, una cantante llamada Judeline cuyo nombre se evapora a mitad de pronunciación, influencers cuya influencia también está en proceso constante de evaporación, además de unas cuantas chicas desconocidas, blancas y europeas pero disfrazadas de caribeñas a las que un ojeador —y la palabra es exacta— ha elegido para que puedan competir entre ellas por quién sale más segundos en las pantallas gigantes, cinco, trece, veintiuno. Ah, y Marta Ortega, presidenta de Inditex, que baila dentro de la réplica de una casa de clase trabajadora mientras por los altavoces suena un tema sobre la gentrificación de la isla, sobre la mudanza forzosa, sobre la bandera celeste de los independentistas, y nadie en el estadio detecta el cortocircuito porque no hay cortocircuito, el aparato fue diseñado para que la crítica del aparato circule por sus propias cañerías sin tocar jamás una pared.
Y así, la marquesina donde el bisabuelo no tenía dónde caerse muerto es hoy el lugar más caro del universo al que no puedes comprar entrada, porque no se vende, solo se concede, que es la forma final del lujo, el lujo que ni siquiera te deja la dignidad de pagarlo.
En 1967 —poco después de la Operación Manos a la Obra— Guy Debord dijo que la sociedad contemporánea no era una sociedad basada en la imagen, sino que era una sociedad *que es* imagen. La Casita es esa frase hecha hormigón rosa. La sociedad del espectáculo ha localizado una cosa sin mercantilizar —la nostalgia del barrio, la silla de plástico— y la ha mercantilizado tan a fondo que la ha construido a escala 1:1, la pasea por cuatro continentes y te cobra cien euros por verla de lejos y ni siquiera te das cuenta de qué es eso que ves de lejos.
El espectáculo ha engullido la historia de La Casita, la ha digerido, la ha metabolizado y la ha regurgitado convertida en lo que siempre devuelve el espectáculo después de comer, que es más espectáculo.
Este individuo no sabe lo que dice
No se puede grabar ni almacenar en ningún caso imágenes sexuales de menores, sean generadas por una IA o por tus hijos
En ningún caso y con ninguna finalidad
Es un delito
A ver si se informan un poquito antes de hablar
Buenas tardes.
Soy perito judicial informático especializado en delitos perpetrados por y contra menores.
Quiero informar de que os habéis expresado en unos términos que pueden inducir a error a la enorme cantidad de la población que os ve.
Cualquier contenido en el que se muestre a un menor en actividades sexuales y/o mostrando sus genitales, sea su producción conocida por el menor o no, sea esta "consentida" por el menor o no (su consentimiento no tiene validez), sea creada por el propio menor o no, sea de nuestros propios hijos o no, sea producida por IA o no, es material de explotación sexual de menores.
Su tenencia es un delito tipificado. No se puede descargar/guardar/enviar/"grabarlas en nuestro dispositivo". Nunca. Ni siquiera cuando es de nuestros hijos o incluso si es específicamente para denunciar.
@StopNCIIorg (la plataforma para la que podría entenderse que habéis aconsejado descargar archivos sexuales de nuestros hijos, para reportárselos), aclara en sus "cuestiones de admisibilidad" que el servicio requiere que los protagonistas de las imágenes reportadas sean mayores de 18 años, y que la gestión imágenes sexuales de menores de 18 años atenta contra multitud de leyes a nivel internacional (primera captura).
De hecho, cuando se intenta crear un caso, nos niega el servicio si hay menores de 18 años en las imágenes (segunda captura).
Para situaciones con menores de 18, nos manda a #TakeItDown, de la @NCMEC. Allí se aclara (tercera captura) expresamente que "no envies, compartas, ni descargues ninguna imagen o video para remitirlo a Take It Down". #TakeItDown funciona sin enviarles el archivo, calculando su huella hash y solo sobre los archivos que se grabasen/fotografiasen originalmente desde el dispositivo desde el que se reporta. El motivo por el que no admiten que te los descargues de otro lado para procesarlos es que descargarlos es ilegal.
Sobre la el #CanalPrioritario de la @AEPD_es, aclaran con todo detalle qué es lo que debes entregarles: "te solicitaremos que copies y pegues la dirección o direcciones web de acceso o identifiques claramente el perfil social a través del que se están difundiendo" (cuarta captura), solicitándote nunca los archivos, y en otras secciones, aclaran que no pueden actuar sobre correos y mensajes privados o directos (esto se debe a que, hacerlo, requeriría que tuvieses copias del material, y tenerlas es ilegal).
En resumen:
Que cuando hablamos de menores de edad, la frase:
"Lo que tenéis que hacer si aparece alguna imagen vuestra o de vuestros hijos (imágenes sexuales o no consentidas) [...] lo primero es grabarlas en nuestro dispositivos. Ya sea en el ordenador o en el teléfono, grabamos todas las fotos y todos los vídeos en el dispositivo que tengamos".
No solo es contraria a lo que especifican claramente los servicios y plataformas que estáis recomendando, sino que podría estar animando a los ciudadanos a cometer un delito de tenencia de pornografía infantil.
Por favor, rectificad esta información.
Gracias.
Esta imagen explica mejor el problema de la vivienda que muchas gráficas, y que muchas gráficas juntas.
¿Por qué? Porque te muestra una variable no cuantificable pero tan importante como las que sí. Y hay bastantes otras porque, como ya he dicho otras veces, la vivienda es un sistema complejísimo.
Si alguien cree que un sistema complejo se puede explicar (y, aún menos, solucionar) mediante gráficas, lo más probable es que se dé de bruces con la realidad. Por dos razones:
1. Hay variables inmedibles.
2. Al no poder representarlas, tus gráficas van a dar siempre una visión sesgada, sea por pura imposibilidad o por decisión.
Por eso, en este texto no voy a poner ninguna gráfica (y también porque las gráficas, como los mapas, pueden ser instrumentos muy hábiles de manipulación, pero eso es otro tema). Yo solo voy a poner esa foto y un texto y la confianza en que quien me lee sabe usar el cerebro.
Veamos entonces: ¿Cómo se resuelve el problema de la vivienda? ¿Construyendo mucho? ¿Regulando? ¿Interviniendo el mercado?
Todo. A la vez.
Hay que construir mucho, en general en las ciudades y con la mayor densidad posible. Pero también hay que entender que la vivienda es algo muy lento. Incluso regulando lo mínimo posible (habitabilidad, resistencia estructural), construir un desarrollo urbano de edificios de 12-15 plantas (que es el ideal en cuanto a coste/habitabilidad) es una cosa lentísima.
No es solo lo que se tarda en la propia construcción sino que lo necesario para que ese desarrollo sea posible implica unos servicios enormes (transporte, saneamiento, electricidad, agua).
Esto significa que desde que se decide construir hasta que se entregan esas viviendas, pueden haber pasado 15-20 años fácilmente.
Esto explica la inelasticidad inherente a la vivienda. Es tan lenta que pasa mucho tiempo hasta que elastifica, y no siempre lo hace.
Otro factor de inelasticidad son los propios costes de construcción, y por eso la analogía con las manzanas no es correcta. Tu plantas un manzano y te gastas una cantidad relativamente baja en comparación con el precio de las manzanas que te puede dar (relativamente respecto a la construcción). Lo cual te permite bajar el precio unitario y seguir sacando beneficios porque vendes más manzanas.
Con la vivienda nueva, los márgenes son bastante más estrechos. Para empezar, un suelo no se mide por la superficie que tiene sino por la superficie que podría construirse encima. A grandes rasgos, un suelo sobre el que se permite construir una vivienda cuesta 100, pero si a ese mismo suelo se le cambia la edificabilidad y se permiten construir 10 viviendas, pasa a costar 1000 (más o menos).
De igual manera, el coste de construcción de una vivienda es, en general, relativamente inelástico. No es que en la burbuja los encofradores cobrasen mucho porque les pagaban más (les pagaban *un poco* más) sino porque encofraban mucho. Pero el coste por vivienda era relativamente similar construyeses 100 que construyeses 200. Insisto, relativamente. Claro que es más bajo, pero no mucho más bajo, no lo suficiente como para afectar dramáticamente en el precio de venta final.
Así que el margen está, esencialmente, en el propio margen de beneficios de las promotoras, que son más elásticos pero tampoco TAN elásticos. Pero bueno, digamos que de ahí sí se puede sacar.
La pregunta entonces es ¿están dispuestas las promotoras a renunciar a ese margen a cambio de vender más? Pues es una pregunta muy difícil de contestar, sobre todo porque esa renuncia, insisto de nuevo, se va a producir a 20 años vista. Intuitivamente creo que sí, precisamente porque el proceso será lento (como la rana en la olla), pero desde luego no se puede afirmar rotundamente.
Y esto nos lleva a la otra parte. ¿Qué hacemos mientras tanto en eso 20 años? Pues intervenir el mercado. ¿Por qué? pues porque la vivienda ya construida en un activo con una rentabilidad altísima y hacer que la vivienda sea más barata va a devaluar ese activo.
Quicir, si tu vives en una casa, te la suda que la casa cueste 500 o 100, es tu casa. Pero si tienes viviendas para "invertir" o para alquilar, no te hace ninguna gracia que esa vivienda cueste la mitad. Lo cual nos lleva a un par de variables no cuantificables que afectan, y mucho, al precio.
1. Las plataformas digitales. Las plataformas digitales generan un ecosistema donde los precios son estables (no es culpa suya, es una característica del hecho de que se agrupe toda la oferta en un sitio).
2. La percepción. Y aquí llegamos a la foto.
La foto es de una nueva promoción de VPP en Boadilla. Hay gente que ha dicho que menudo erial, que qué horror, que cómo no construyen edificios de 12 plantas en vez de 4.
Y sí, tienen razón, y todo lo he explicado antes: el barrio está vació cuando las viviendas ya están terminadas, y con 4 plantas poco se va a densificar. Pero (y es un pero gordo), dile tú a alguien de Boadilla que se va a vivir a un bloque de 12 plantas, que va a compartir su piscina no con otras 12 familias sino con otras 50.
Y eso, en VPO vaya y pase, pero es que construyendo solo VPO no vamos a salir de esto. Ahora dile a alguien de Boadilla que va a vivir en una urbanización con otras 2000 familias, y no es VPO.
¿Qué significa esto? Pues que, efectivamente, hay que introducir regulación e intervención.
Regulación para reservar una cantidad enorme de suelo para VPP, y que esa VPP no se pueda desclasificar. Regulación e intervención para que el precio del suelo libre no se dispare de manera proporcional a la edificabilidad, lo cual es esencialmente imposible en una economía de mercado, pero casi que no queda otra a corto-medio plazo.
Y también intervención en el mercado existente.
Yo no estoy a favor de intervenciones duras, yo prefiero intervenciones, nuevamente, mediante regulación. Esto es un ejemplo muy grosero que posiblemente no funcione tal cual, pero me sirve como base: ventajas fiscales notorias a la compra de primera vivienda, gravámenes salvajes a partir de la compra de tercera o cuarta vivienda y aún más si esas tercera, cuarta y siguientes, están vacías.
Ah, y mucha, muchísima labor pedagógica para que la gente empiece a entender que hay que vivir en edificios más altos y que sus activos se van a devaluar, quieran o no.
El otro día alguien escribió que yo podría escribir el listado de ingredientes de una caja de cereales y le resultaría fascinante.
El problema es que mis cereales son 100% avena, así que no hay mucho donde rascar, pero he encontrado la información nutricional y, amigos, allí estaba el universo entero apretujado en un recuadro de bordes redondeados, allí estaba la cifra. Humedad Máxima: 12%
Doce por ciento.
Máxima.
Paraos en esa palabra, máxima, que es palabra de cumbre, palabra que decreta y que rebana, que lleva una toga muy negra y un mazo muy pequeño, y pensad en el comité, porque ha tenido que haber un comité, un cónclave de ingenieros agroalimentarios reunidos hacia 1987 en una sala con paneles de formica color salmón, en algún polígono de Tarancón o de Alcalá la Real, fumando Ducados de los buenos y discutiendo durante seis sesiones consecutivas si el umbral debía ser el 11 o el 13, hasta que el más viejo del comité, un tal Don Heliodoro que había hecho el doctorado en Wageningen y tenía una hija casada con un alemán, golpeó la mesa con la palma abierta y dijo doce, doce y se acabó, y el doce quedó grabado en el reglamento como queda grabada una constelación en el cielo, arbitraria y eterna.
Pero la avena que cruje en mi cuenco a las ocho y media de la mañana, entre leche desnatada de la marca del Ahorra Más —Alipende— no empezó siendo doce. Esa avena fue agua, fue lluvia atlántica cayendo sobre un campo de Palencia o de Soria, fue savia subiendo por un tallo fino y verde que temblaba con la brisa más pequeña, fue grano húmedo, todavía un poco vivo, hasta que alguien la cosechó y alguien la trilló y alguien la metió en una secadora industrial a setenta grados durante no sé cuántos minutos para arrancarle el agua a tirones, hasta dejarla en el doce. La avena del cuenco es una avena que ha perdido algo y no lo va a recuperar nunca. Una avena viuda.
Y debajo de la avena viuda, debajo de ese crujido que es el crujido de un esqueleto pequeñísimo, está la historia de la civilización. Porque esa cuchara que tú levantas distraídamente mientras miras el móvil contiene un campo de Castilla del Pleistoceno, un mamut perplejo, una era glacial entera congelada y descongelada y vuelta a congelar, un molino harinero del XVIII con su rueda de piedra que chirriaba movida por un Manzanares todavía caudaloso —sí, hubo un Manzanares caudaloso, lo hubo, creedme—, un siervo asturiano del siglo XII con las manos llenas de astillas, una abadesa cisterciense que escribió un tratado sobre las gachas, un barco de vela que cruzó el Atlántico en 1847 con un cargamento de avena escocesa hacia Filadelfia, un sanatorio adventista en Battle Creek (Michigan) regentado por un tal John Harvey Kellogg que creía firmemente que el sexo era malo y los enemas buenos, una fábrica de copos en Battle Creek inaugurada en 1906 por su hermano menor Will Keith, que era el espabilado de la familia, un anuncio de la WCCO de Minneapolis en la Nochebuena de 1926 con cuatro hombres a capela —un enterrador, un alguacil, un impresor y un empresario— cantando que el trigo es el mejor alimento del hombre, un barco de la ayuda americana llegando a Cádiz en 1953 con sacos de harina y de avena estampados con el apretón de manos del Plan Marshall, y finalmente el camión frigorífico de un proveedor extremeño bajando por la A-5 a las cuatro y media de la madrugada con los faros amarillos atravesando la niebla de Talavera.
Todo eso. Todo eso está en la cuchara.
Y encima de todo eso, flotando, está el doce por ciento. La frontera. El límite por debajo del cual el cereal sigue siendo cereal y por encima del cual se vuelve otra cosa que ya no sabemos nombrar (¿papilla?, ¿nostalgia?, ¿pasta?). Don Heliodoro lo decretó y nosotros desayunamos en su honor, todos los días, sin saberlo, levantando la cuchara como quien levanta una copa.
Salud, Don Heliodoro.
Que tu doce dure mil años.
Decenas de madres y padres se enfrentan a situaciones como esta a diario.
¿Qué hago si en un grupo de WhatsApp de menores en el que está mi hijo se comparte este tipo de burradas?
Arrojemos luz:
Esta mujer es Truus Schröder y la niña es su hija Han. Están en una de las casas más famosas y más brillantes de la historia de la arquitectura, y la parte más importante la diseñó ella, precisamente porque era madre.
Esta es la historia y conviene contarla en orden, aunque el orden, ya veremos, es un asunto resbaladizo:
Utrecht, 1924, una ciudad holandesa de ladrillo rojo donde llueve con la regularidad de un metrónomo calvinista. Truus tiene 35 años y acaba de quedarse viuda, lo cual en la Holanda de entreguerras significaba más o menos que el mundo te ofrecía dos puertas, una marcada VIVIR CON TUS PADRES y otra marcada VIVIR CON TUS SUEGROS, ambas conduciendo un pasillo decimonónico decorado con jarrones de Delft.
Truus, que había estudiado farmacia y leía a Berlage por gusto y había dejado a su marido tres veces antes de que el marido tuviese la cortesía de morirse, abrió una tercera puerta.
Le dijo a un ebanista de Utrecht llamado Gerrit Rietveld —hasta entonces conocido sobre todo por una silla roja y azul de aspecto extraordinariamente revolucionario y extraordinariamente incómodo— que le construyera una casa. Rietveld nunca había construido una casa entera. Había hecho sillas, aparadores, una mesita auxiliar. Truus tampoco había construido nunca una casa, aunque por razones distintas, las históricas, las que tienen que ver con que en 1924 la arquitectura no era una carrera para mujeres porque ninguna carrera era para mujeres, ya me entendeis.
Los dos se sentaron a dibujar.
El primer boceto de Rietveld le pareció a Truus una caja convencional con paredes en los sitios donde uno espera que haya paredes, y entonces dijo una frase que deberían enseñar en las escuelas de arquitectura el primer día. Truus señaló las paredes del piso superior y preguntó: ¿se pueden quitar estas paredes? Y Rietveld, que era un hombre de pocas palabras y muchos clavos, contestó: con mucho gusto, quitemos estas paredes. Y las quitaron. Y donde había habido tres dormitorios y un salón, magnitudes fijas, hubo a partir de entonces un espacio único atravesado por paneles correderos que Truus podía mover a lo largo del día según la coreografía de la familia.
De día, una sola habitación enorme donde los tres niños, Binnert y Marjan y Han, jugaban y leían y comían bajo la mirada de la madre que escribía o cosía o discutía con Rietveld de teoría del color. De noche, los paneles se cerraban y aparecían dormitorios, intimidades, todo el aparato familiar de la separación, pero solo el tiempo justo de dormir, después se desmontaba otra vez.
Una casa que cambiaba de forma como cambia de forma una familia, que es lo que hacen las familias mientras nadie las mira.
Truus vivió allí sesenta años. Han, la niña de la foto, creció bajo aquellos paneles que aparecían y desaparecían y se hizo arquitecta, una de las primeras de los Países Bajos, lo cual tampoco es casualidad.
La casa es hoy Patrimonio de la Humanidad. En la guía telefónica de Utrecht, durante años, figuraron como Schräder & Rietveld Arquitectos, en ese orden, ella primero, lo cual era exacto.
Hoy es 25 de Abril. Hoy es la Revolución de los Claveles.
La primavera caía con esa luz atlántica de Lisboa que iguala los tejados y los rostros. Celeste Caeiro trotaba por las calles del Chiado con un ramo enorme entre los brazos, casi sin ver el suelo. Cuarenta años, metro cincuenta, madre soltera, militante clandestina del Partido Comunista Português. Camarera.
El restaurante donde trabajaba cumplía un año al día siguiente y los dueños querían flores en cada mesa. Una flor para cada comensal. Cuando llegó al local, el gerente apenas pudo distinguir su figura detrás del ramo.
—Solo hay claveles— dijo ella. —Es la flor de la temporada.
A las 22:55 del 24 de abril de 1974, un técnico lisboeta colocó la aguja sobre un disco de vinilo. Sonaba «E depois do Adeus», el tema mediocre con el que Portugal había quedado último en Eurovisión dos semanas antes. Para los pocos que la oyeron, una canción más en la radio. Para el mayor Otelo Saraiva de Carvalho, una orden. Levantó el teléfono desde su despacho en el cuartel de La Pontinha. «¿Están preparados?» «Estamos preparados», contestó el capitán Salgueiro Maia desde Santarém, cien kilómetros al norte.
Y luego el silencio entre los dos hombres. El silencio de lo que un militar de veintinueve años trae consigo cuando vuelve de la Guerra de Ultramar y descubre que en su país solo está permitido callar, el silencio de aldeas arrasadas que Maia había visto en África, de niños muertos.
Pensé después en los sistemas que producen un instante así. La canción mediocre convertida en clave. El disco prensado en alguna fábrica anónima. Las antenas, los cables, el tema cruzando el éter portugués sin que nadie excepto un puñado de capitanes supiera que estaba cruzando una frontera invisible.
A las 00:25 del 25 de abril, Rádio Renascença emitió «Grândola, Vila Morena», de Zeca Afonso. Una canción prohibida, la segunda señal. Salgueiro Maia armó la columna y comenzó a marchar hacia Lisboa por la madrugada. Maia escuchaba las ruedas del blindado golpeando la gravilla y sabía que esta vez el camino no podía pararse.
«No habrá fiesta», dijo el encargado del restaurante. «Fuera hay una revolución».
Caeiro miró los claveles. Le dio pena que se estropearan, así que cogió un par de ramilletes y salió a la calle, eran las ocho de la mañana y la ciudad estaba ya en las calles. Decenas de miles de lisboetas. Caeiro avanzó por la Rua Augusta entre cuerpos que gritaban justicia, libertad, igualdad. En Rossio, los carros blindados ocupaban la parte norte de la plaza y los militares no apuntaban a nadie y los civiles tampoco se apartaban.
Caeiro se acercó a uno de los blindados. Un soldado jovencísimo con cara de frío, le pidió un cigarrillo, llevaba toda la noche de guardia. Ella no fumaba, así que miró alrededor buscando algo abierto, un estanco, un bar. Nada.
—Solo tengo flores— dijo, y le alargó un clavel rojo.
El soldado estiró el brazo desde la cubierta del tanque, recogió la flor y la introdujo cuidadosamente en el cañón del fusil. El gesto duró unos pocos segundos, muy pocos segundos. Luego otros militares pidieron claveles a los lisboetas y los lisboetas les dieron la flor de la temporada. Tallos verdes en los huecos de los cañones, pétalos donde deberían salir balas.
Pensé en cómo se forma un símbolo. Cómo una mujer que iba a montar una fiesta acaba inventando, sin saberlo, el nombre de una revolución.
A las 17:45 el general Spínola certificó la capitulación del Gobierno en el Cuartel do Carmo, caía la dictadura más antigua de Europa. En Vietnam caían toneladas de napalm sobre la jungla. En Lisboa, los soldados llevaban flores en sus fusiles.
"Tierra de fraternidad. El pueblo es quien más ordena. En cada esquina, un amigo. En cada rostro, igualdad".
El fenómeno este de las trad-wives extreme edition es una de las cosas más interesantes de la sociedad del espectáculo contemporánea porque son cinco serpientes enroscadas, mordiéndose la cola una detrás de otra, simultáneamente, en bucle infinito de ouróboros semióticos.
En la capa más superficial tenemos la apelación a los supuestos valores tradicionales, los de cuando la mujer se quedaba en casa haciendo las cosas de la casa y el marido proveía, un pasado mítico que probablemente nunca existió tal cual pero que funciona estupendamente en vertical a 1080 pixeles.
En la segunda capa estamos ante una manifestación performática evidente, y lo digo porque la inmensa mayoría de estas creadoras de contenido cocinan. Cocinan mucho. Cocinan siempre. Rara vez —casi nunca, diría yo— se graban pasando la aspiradora, fregando el váter, quitando el polvo de los zócalos, limpiando los cristales con vinagre y papel de periódico al modo de la abuela. Eso corresponde a otro tipo de influencers, otro algoritmo, otro público que no es el público de las trad-wives.
En la tercera capa aparece la negación de la riqueza, y aquí la performance se vuelve magníficamente absurda, porque la chica lo hace todo DESDE CERO, y el cero aquí es un cero cósmico, un cero prelapsario. Bate la mantequilla desde cero. Hace el chocolate abriendo el fruto del cacao, fermentando, tostando, moliendo el grano. Muele la harina en un molino de piedra. Todo a mano, sin intervención de máquinas, sin electricidad, sin siglo XX. Y digo que es una negación de la riqueza porque desde siempre, históricamente, transhistóricamente, las personas con dinero —y especialmente las mujeres con dinero— se distinguían precisamente por lo contrario, por no hacer absolutamente nada, por tener manos blancas y ociosas al haber delegado los trabajos domésticos en la servidumbre. La aristócrata no molía, la aristócrata leía novelas francesas.
En la cuarta capa descubrimos que la performance, por su propia naturaleza ontológica, es falsa. Porque puede que sí, que haya hecho todo eso ella sin máquinas, de acuerdo, concedido, pero hay una máquina, la máquina fundamental, la que no se ve y sin embargo lo articula todo, omnipresente: la cámara grabando. Y detrás de la cámara el trípode, el micro de corbata, el aro de luz, el programa de edición de vídeo, el portátil, el router, el servidor, el centro de datos en Oregón refrigerado por tuberías de agua del Columbia.
Y la quinta capa, que es la mejor, es la que niega la primera y la segunda y la tercera en un solo movimiento. Porque estos vídeos terminan acumulando millones de visualizaciones y terminan generando dinero, a veces mucho dinero, a veces cantidades indecentes de dinero, lo cual significa que esta mujer no es un ama de casa, es la proveedora, es ella quien trae el pan —a veces literalmente el pan, moliéndolo—, y a menudo tiene un equipo detrás, y ese equipo suele incluir gente de marketing, agencias de publicidad, asesores fiscales, alguien que le lleva las redes que puede, o no, ser su cuñado, y sí, también personas que limpian la cocina-plató después de cada receta.