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Es difícil que leas un artículo que describa mejor lo que significa trabajar en una startup.
Es un buen recordatorio para mucha gente que piensa que una startup es como IBM pero más guay y se termina pegando unos leñazos como panes
Han okupado/allanado la casa de nuestro vecino que en principio está en una residencia y no logramos localizarle. Mi última esperanza es un “twitter haz tu magia” para localizarle a el o a una sobrina. Todos los detalle en el hilo 🧵👇
La importancia de una mano enlazada
Nunca lo había pensado hasta que lo estudié en la Universidad:
Para saludar a una persona que no conocemos, necesitamos tocarla.
Dependiendo de la cultura lo hacemos de forma diferente: estrechamos la mano, damos dos besos o un simple toque en el brazo... Pero necesitamos tocar.
Porque esa seña no verbal es la forma más antigua que tenemos de mostrar confianza.
Un pequeño gesto y ya eres de los nuestros.
Sin embargo, cada vez más, crecemos con la idea que el contacto, el contacto familiar y sano, es malo.
En la película "Creatura" de Elena Martín, hay una escena preciosa, en la que dos adolescentes se tocan sin querer y se echan la culpa el uno al otro, como si fuese un pecado.
Y quizás es ese el pecado, negar nuestra parte animal, negar nuestro pasado. Asumir que somos personas modernas, llenas de conocimientos, de certezas. Cuando en realidad somos amígdalas con patas.
Durante la pandemia, leí a muchas mujeres celebrar la ausencia de saludos con dos besos. Y lo entiendo, pero a mí me costaba asumir un mundo sin contacto.
Por eso, durante aquellos meses de reclusión, decidí que el leit motiv de mi novela, el gesto que saldría una y otra vez en sus páginas, serían unas manos que se tocan.
Hace unas semanas, tuve un día malo, un día muy malo. Entonces vino una amiga, se sentó a mi lado y me cogió de la mano. Hablamos de mil cosas, nos reímos, lloramos, pero fue ese gesto, esa mano enlazada, la que me salvó.
Lo decía antes y lo repito: a veces se nos olvida que somos animales y que necesitamos soluciones como los animales.
Que no se te olvide cogerle la mano a alguien si lo necesita.
EL ACCIDENTE DEL EXPRESO N' 56
Era un martes cualquiera en París, muy temprano las personas se apresuraban a abordar el tren que los llevaría de Granville a la estación Montparnasse (en aquel entonces llamada estación del oeste), al lado de la antigua plaza de Rennes.
Eran las 8.45 cuando partió aquel martes 22 de octubre de 1895, el expreso 56 (locomotora con registro 120-721) llegaria tarde, llevaba cerca de 10 minutos de retraso. El maquinista Pellerin con 19 años de servicio estaba acostumbrado a estas eventualidades, bastaba con correr un poco más, frenar más tarde y con más fuerza. Con la esperanza de recuperar el retraso inicial para llegar a tiempo, el conductor aumentó la velocidad de la locomotora de vapor que transportaba a 131 pasajeros. Al ingresar a la terminal de Montparnasse, el tren viajaba aproximadamente de 40 a 60 km por hora.
Faltaban 5 minutos para el mediodía y el tren estaba a punto de llegar a su destino. Mariette, el jefe de tren (por aquel entonces las locomotoras llevaban siempre dos empleados), levantó la vista del papeleo que estaba revisando y se dio cuenta que el freno de aire no estaba funcionando como debía, intentó usar el freno de manos pero ya era muy tarde. El tren chocó a través de los topes al final de la via, atravesó 10 metros del vestibulo y perforó una pared de 60 cm. de espesor, terminó clavandose en la calle.
Se registraron cinco heridos graves: Pellerin, Mariette, un bombero y dos pasajeros. Pero la peor parte la sufrió una mujer en la acera que estaba cuidando el puesto de periódicos de su esposo ubicado justo debajo del punto por donde salió el tren. Murió aplastada por un fragmento del muro de la estación.
Durante cuatro días, el tren permaneció intacto fuera de la estación, atrayendo multitudes de curiosos espectadores. El conductor fue multado con 50 francos.
El accidente de la estación Montparnasse ha quedado como uno de los primeros casos de estudio modernos de la ciencia de la fiabilidad y la probabilidad.
A finales de los ochenta España ya había presumido de Naranjito.
En Getafe, una mujer llamada Carmen, tendía la ropa de Antonio, su marido.
Carmen canturreaba feliz mientras ponía al Sol una camisa y dos pantalones.
Colgaba sin saberlo una condena de muerte para ambos.
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