Le envié el precio y me llamó indignada.
—¿Cómo que me vas a cobrar? Son para un evento de mi trabajo.
—Precisamente. No es el cumpleaños de mi sobrina.
Entonces me dijo algo que me dejó helada:
—Ya le dije a mi jefe que yo me encargaba de todo y que tú lo ibas a donar.
Había ofrecido mis ingredientes, mi tiempo y dos días de trabajo sin preguntarme.
Cuando me negué, dijo que la estaba haciendo quedar mal delante de todos.
Mi mamá me pidió que la ayudara “solo esta vez”.
Le pregunté quién iba a comprar los ingredientes.
Nadie respondió.
Al final, mi hermana encargó todo en otra pastelería.
Y pagó sin discutirle un centavo a una persona que ni siquiera conocía.
Le hice gratis el pastel de cumpleaños a mi sobrina. Me dedico a la repostería y quería tener ese detalle con ella.
Una semana después, mi hermana me mandó una lista: tres pasteles, cuarenta cupcakes y sesenta galletas.
Pensé que estaba pidiendo una cotización.