Artificial intelligences do not undergo experiences, do not possess a body, do not feel joy or pain, do not mature through relationships, and do not know from within what love, work, friendship or responsibility mean. Nor do they have a moral conscience, since they do not judge good and evil, grasp the ultimate meaning of situations, or bear responsibility for consequences. They may imitate or even simulate, but they do not understand what they produce, for they lack the affective, relational, and spiritual perspective through which human beings grow in wisdom. #MagnificaHumanitas
Yo siempre quiero que la gente sea feliz, por eso aprovecho a decirles que el Campus Virtual de la UNC tiene cursos gratuitos de muchas cosas: crochet, fotografia, tatuajes, IA, Python, huerta, jardineria, maquillaje.
Y yo sé que aprendiendo cositas uno es mas feliz
EN ESTOS DIAS DONDE SE IDENTIFICAN LOS RESTOS DE TANTOS MILITANTES VALE LA PENA RECORDAR EL TESTIMONIO DEL FALLECIDO JOSE SOLANILLE, ARRIERO QUE VIVIA EN EL CAMPO VECINO AL CENTRO DE EXTERMINIO LA PERLA
“A principios de 1976 yo vivía ahí con mi mujer y mis seis hijos ahí
La periodista la hace una pregunta sobre la NASA
Trump: el mejor para responderte es el director de la NASA, que seguro que ha escuchado la pregunta, con esas orejas que tienes
Zoom de la cámara a las orejas del director de la NASA
somewhere out there rn Sam Altman is screaming at the top of his lungs and attempting to track this mfer’s IP address
just so he can nuke him off the internet
protect Husk at all costs
La foto del argentino Tadeo Bourbon que formó parte de las ganadoras en la categoría Sudamérica del concurso Wold Press Photo. Fue tomada durante una manifestación de jubilados y se señaló que "subraya el desequilibrio de fuerzas entre la Policía y un anciano sacerdote".
Hoy leí una frase q me gustó: "nadie quiere asumir sus obligaciones ambientales, pero si quieren ir de vacaciones dónde abunda la naturaleza". Justamente lo q está pasando, les encanta sacarse la fotito con el glaciar de fondo, pero a la hora de defenderlo se hacen los otarios
Excelentísimo Señor Presidente de la Nación Argentina,
Lic. @JMilei:
Esta no es una crítica política. Es un registro de hechos y una advertencia sobre sus consecuencias.
Desde sus primeras apariciones públicas, usted recurre al agravio personal como herramienta política. Por eso no resulta novedoso que descalifique, insulte o ridiculice a quienes piensan distinto. Pero precisamente por eso, lo que hoy resulta inaceptable no es solo el hecho en sí, sino la persistencia deliberada en una conducta que deshonra, día a día, la función que usted juró ejercer.
La investidura presidencial no es un atributo ornamental. No es un premio ni un micrófono más potente para amplificar impulsos personales. Es una responsabilidad institucional que exige templanza, autocontrol y, sobre todo, conciencia del lugar que se ocupa. Usted no habla ya como un ciudadano más ni como un panelista de televisión: cada palabra suya —pronunciada en un discurso, vertida en una entrevista o publicada en redes sociales, no importa la hora— compromete al Estado que representa. Usted lo sabe. Y lo hace igual.
Cuando un Presidente insulta, no se rebaja únicamente a sí mismo: arrastra consigo a la institución. La arrastra, deliberadamente, hacia el barro de la confrontación más baja —con evidente satisfacción— hasta un punto en que la razón cede ante el exabrupto y el debate público deja de ser tal y se convierte en un chiquero. Y lo hace, además, desde una posición de poder asimétrica frente a ciudadanos que no tienen ni su exposición ni su capacidad de respuesta.
Ese modo de ejercer la palabra tiene consecuencias concretas sobre personas reales. Cuando usted señala, insulta o ridiculiza a un ciudadano común desde la investidura presidencial, no solo lo expone: lo convierte en blanco. Habilita y promueve una reacción en cadena de ataques, hostigamientos y agresiones por parte de quienes encuentran en su palabra una legitimación. Lo que para usted puede ser un exabrupto pasajero, para quien lo recibe suele traducirse en una avalancha de violencia que no eligió ni puede controlar. No es una hipótesis: ya ha ocurrido. Ciudadanos señalados por usted en redes sociales han recibido, en cuestión de horas, cientos de mensajes de odio, amenazas e insultos de sus seguidores. Y usted no detiene el proceso: lo observa, y a veces lo amplifica con una nueva publicación. Eso no es impericia. Es decisión.
Pero en su caso hay un agravante adicional. Usted no se limita a insultar: deshumaniza. Reduce a quienes disienten a "ratas", "cucarachas", "parásitos", "degenerados fiscales" o simplemente "zurdos de mierda" —un vocabulario de exterminio simbólico, no de debate político. Y sobre esa degradación, añade un repertorio insistente de groserías de pésimo gusto y vulgaridades que apelan a la humillación —muchas veces de carácter sexual— como forma de celebración política. No es un desliz. Es un lenguaje elegido, repetido, cultivado y celebrado ante las cámaras con una sonrisa.
Ese lenguaje no es inocuo, y usted, que se precia de conocer la historia, debería saberlo mejor que nadie. Todas las sociedades que normalizaron la deshumanización del adversario creyeron, en su momento, que se trataba solo de palabras. Ninguna pudo después deshacer lo que esas palabras construyeron. Usted está construyendo ahora.
Y si esto es grave cuando se dirige a cualquier ciudadano, lo es aún más cuando apunta contra el periodismo. Su reiterada declaración de que "no odiamos lo suficiente a los periodistas" —pronunciada con la familiaridad de quien repite un chiste conocido— no es una provocación inocente ni una hipérbole retórica. Es la formulación explícita de un clima de hostilidad hacia una actividad esencial para la vida democrática. No solo deslegitima la tarea periodística: invita a intensificar el rechazo, el desprecio y, potencialmente, la agresión hacia quienes la ejercen.
En ese contexto, cada señalamiento suyo contra un periodista no es un hecho aislado: es un acto que amplifica riesgos reales. Quienes reciben ese mensaje no lo interpretan como una metáfora sofisticada, sino como una habilitación. Y esa habilitación se traduce, con demasiada frecuencia, en campañas de hostigamiento, amenazas y violencia que exceden por completo cualquier marco aceptable de debate público.
A todo esto se suma un fenómeno igualmente preocupante: la claque que lo celebra. Un coro de aplaudidores que replica, amplifica y legitima cada exceso, muchas veces desde posiciones sostenidas con recursos del Estado. No solo no hay freno: hay estímulo. No solo no hay corrección: hay recompensa. Así, lo que debería ser motivo de rectificación se convierte en espectáculo y en método de gobierno. El insulto presidencial tiene estructura, organización y presupuesto. Es política de Estado.
No se trata aquí de formas superficiales ni de modales aristocráticos. Se trata de algo mucho más profundo: del respeto mínimo que exige la convivencia democrática. El disenso no solo es legítimo: es indispensable. Pero cuando desde la cúspide del poder se lo responde con insultos, deshumanización y groserías, se envía un mensaje claro y peligroso: que la diferencia es un agravio, que el otro es un enemigo, que la agresión puede reemplazar a la palabra.
La tradición republicana argentina —con todas sus fragilidades— ha sabido distinguir entre la aspereza del debate político y la degradación deliberada del adversario. Usted elige, conscientemente, borrar esa distinción. No por ignorancia: por conveniencia.
Quienes confunden poder con licencia para el agravio pagan un precio inevitable. No se recuerda con indulgencia a quienes, pudiendo elevar el debate, eligieron rebajarlo, ni a quienes optaron por degradar la institución que encarnaban. Pero el juicio es especialmente cruel con quienes gobernaron en el momento en que su país más los necesitaba y eligieron, en cambio, alimentar sus propios rencores.
Usted podrá invocar autenticidad, espontaneidad o incluso convicción. Ninguna de esas razones justifica lo que hace. Gobernar no es desahogarse. Liderar no es humillar. Y representar a una Nación es, antes que nada, estar a la altura de ella.
No lo está.
La historia registrará que usted tuvo la oportunidad de gobernar la Argentina en un momento crítico. Registrará también cómo decidió usarla.
Atentamente.
Javier Smaldone
(@mis2centavos)
Usan YPF para frenar el aumento del combustible y proteger su plan desinflacionario. Usan Banco Nación para entregar créditos hipotecarios a funcionarios y diputados (y contratar a la empresa de los Menem, no se olviden). Usan la TV Pública para darle programitas al amigo que le paga el avión privado al Jefe de Gabinete. Usan otras empresas públicas para tercerizar las contrataciones de la consultora nuevita nuevita de la esposa del mismo tipo. Usan Anses y Pami para repartir cargos en las dependencias y hacer caja partidaria. Si Milei odia a tanto al Estado como dice, todos los de abajo lo están pelotudeando che. Alguien que le avise.
ATENCIÓN LOCO EN RECOLETA
Este es Rubén Diego Roysen, vive en Anchorena al 1577. Hirió a una mujer y a una nena con varios disparos de aire comprimido. Tira elementos de vidrio y objetos peligrosos a la gente que circula. Tiene varias denuncias y es un peligro para la sociedad.
Lo allanaron, le encontraron el rifle de aire comprimido y balas de armas letales.
¿Y la justicia? El Juzgado de Primera Instancia N° 27 de la Dra., María Carolina De Paoli y la Secretaria N° 53 de la Dra. Susana Noelia Chávez decidieron que no sea detenido. Hay que esperar que el tipo maté a alguien para que se haga algo.
Estos son los videos filmados por los vecinos.
#Justicia #Caba @C5N@pagina12@infobae@eldestapeweb@Ariel_Zak@nicolaspizzi
Ella es Alejandra. Me dió este papel y me salió del alma abrazarla, me agradeció con mucho cariño y me dijo que habia ido sola pero que se llevaba muchos abrazos de esta marcha. Compartamos estas fotos, hagamos circular su historia. Que el próximo abrazo sea el de su hija.