Mi hija me llamó desde la escuela ayer.
Ella:
—Papá, me metí en problemas.
Yo:
—¿Qué pasó?
Ella:
—Un chico me agarró del brazo cuando intenté alejarme de él. Así que le di en la nariz.
Yo: (pausa)
—¿Estás bien?
Ella:
—Estoy bien. Pero el director quiere hablar contigo.
Fui.
El director se sentó frente a mí y explicó que, aunque entendía que mi hija se había sentido incómoda, su reacción había sido inapropiada.
Según él, el chico no la había lastimado realmente.
Debería haberlo escuchado.
Yo:
—¿Y qué dijo mi hija cuando le explicaste eso?
Director: (incómodo)
—Me dijo que si esa era mi actitud, quizá debería dedicarme a otra profesión.
Que estaba enseñando a las niñas a callarse.
Y a los niños que agarrar a alguien estaba bien.
Que hombres con esta actitud eran exactamente la razón por la que su madre le había enseñado a defenderse.
Yo permanecí unos segundos en silencio.
Miré al director.
—Con todo respeto.
—El chico la agarró cuando ella intentó alejarse.
Me levanté.
—Creo que hemos terminado aquí.
Recogí a mi hija.
Caminamos hacia el coche.
Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada.
Entonces me preguntó:
—¿Estoy en problemas?
La miré.
—Tu madre te enseñó bien.
Y sinceramente...
nunca he estado más orgulloso de ella.