Hice todo el ruido que pude: hablé, grité, expliqué, pedí, insistí.
Me despedí mil veces y esperé a que todo mejorara. De verdad no quería irme, pero cuando mi mente y mi cuerpo dijeron basta, entendí que ya no podía quedarme más.
Aspiro a una vida tranquila porque ya viví demasiado tiempo en medio de la ira, el caos y el desorden. Hoy elijo la calma, los límites y la distancia de todo aquello que me roba estabilidad. Entendí que mi paz no es un lujo: es una necesidad que voy a cuidar.