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"La cosecha de maíz" (cuyo título original en italiano es La raccolta del granoturco) es una destacada pintura al óleo creada en 1881 por el renombrado artista italiano Achille Glisenti (1848–1906).
Esta obra es ampliamente celebrada por su gran tamaño, meticuloso realismo costumbrista y su profunda dignidad hacia la vida rural europea.
El cuadro captura con gran sensibilidad la esencia del trabajo agrícola en el campo del norte de Italia a finales del siglo XIX.
El centro de la composición lo ocupa una mujer campesina de pie en medio de una milpa densa. Lleva sobre su cabeza una gran canasta de mimbre rebosante de mazorcas de maíz ya cosechadas.
Viste un atuendo tradicional italiano de la región de Lombardía: un vestido azul, delantal, una bufanda de color rojo intenso atada a la cintura y un pañuelo blanco en la cabeza sobre el cual apoya el peso de la carga.
En el plano medio, a la izquierda, se observa a otra persona inclinada entre la densa vegetación, concentrada en arrancar las mazorcas directamente de las plantas.
Glisenti recrea con un realismo botánico impresionante las altas plantas de maíz, jugando de manera magistral con la luz del verano que se filtra entre las hojas verdes y doradas, lo que acentúa la atmósfera de una jornada calurosa de trabajo rural.
Nacido en Brescia, Glisenti se formó en la prestigiosa Escuela de Múnich, donde perfeccionó un estilo realista enfocado en escenas de género costumbrista, retratos y temas de corte elegante u orientalista.
Curiosamente, la década de 1880 (cuando pintó este cuadro) marcó el fin de su producción pictórica, ya que una grave enfermedad oftálmica le hizo perder la vista de manera prematura, obligándolo a retirarse del lienzo.
Su minuciosidad técnica hizo que gran parte de su obra fuera sumamente codiciada por coleccionistas británicos y estadounidenses de la época.
Creación original apoyada con Grok
This waterfall is located outside the Peruvian city of Cajamarca and resembles the shape of a woman wearing a bridal dress: it's called La Cascada de la Novia.
Billy Preston, 11-year-old, and Nat King Cole performing "Blueberry Hill", live on the Nat King Cole show, in 1957.
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DOCUMENTAL COMPLETO | Hay nombres que no se leen, se habitan. Y Gabriel García Márquez fue uno de ellos.
Pero más allá del Nobel, de Macondo y del mito, hubo un hombre real: contradictorio, obsesivo, profundamente humano. Un hombre que escribió contra el olvido, mientras su propia memoria comenzaba a desvanecerse.
En este documental exploramos la vida: sus años de incertidumbre, las decisiones que marcaron su obra, las sombras detrás del éxito y el precio de convertirse en leyenda. Este es un viaje íntimo entre la realidad y la ficción. Entre la historia… y el mito.
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Qué elegancia, la de Francia… 🇫🇷 😬😎
La historia de las botas de botones (button boots) está profundamente ligada al auge de la burguesía decimonónica, la industrialización y los estrictos códigos de etiqueta de la era victoriana y eduardiana.
A principios del siglo XIX, los hombres y mujeres de clases altas usaban zapatos bajos y, sobre ellos, se colocaban unas cubiertas de tela llamadas polainas (spats o gaiters) para proteger sus piernas del lodo, el frío y el polvo.
Hacia la década de 1830 y 1840, los zapateros comenzaron a coser la polaina directamente a la base del zapato. Crearon así un calzado integrado que mantenía el elegante efecto visual bicolor, pero con la practicidad de una sola pieza.
Durante la segunda mitad del siglo XIX, estas botas se convirtieron en el estándar absoluto del vestir formal tanto para hombres como para mujeres:
Las faldas largas ocultaban las piernas de las mujeres, por lo que el calzado ceñido que marcaba la forma del tobillo con delicados botones (a veces de nácar o perlas) aportaba un toque de sofisticación.
En la década de 1880, el inventor estadounidense James Morley creó un accesorio para máquinas de coser que permitía fijar los botones al calzado de forma ultra resistente y automatizada.
Esto redujo el tiempo de fabricación de un par a solo 15 minutos, permitiendo que la clase media también pudiera comprarlas.
Una bota podía tener entre 12 y 20 botones pequeños. Abrocharlas a mano era casi imposible, por lo que el gancho para botones (buttonhook) se convirtió en un accesorio de tocador obligatorio en cualquier hogar.
A principios del siglo XX, las botas de botones alcanzaron su máxima popularidad estética. Figuras icónicas de la cultura pop de la época, como los dibujos de la famosa Gibson Girl, las lucían como el símbolo de la mujer moderna, activa y elegante.
Los hombres las usaban como el calzado de gala diurno por excelencia, combinadas con pantalones de vestir formales.
El fin de este calzado llegó de la mano de la funcionalidad moderna y la escasez de la guerra:
Durante la Primera Guerra Mundial, el metal para los ganchos y el cuero fino se racionaron para el esfuerzo bélico.
Los cordones y las nuevas botas militares demostraron ser infinitamente más rápidos y prácticos de calzar en el día a día. Las mujeres empezaron a usar faldas más cortas y prefirieron los zapatos de tacón descubiertos (pumps).
En 1933, la famosa revista TIME declaró oficialmente la "muerte de las botas de botones" en el mercado masivo. Desde entonces, quedaron relegadas exclusivamente a la alta sastrería a medida (bespoke) y coleccionistas.