Hay que seguir empujando por la remigración hasta que se imponga por vía política, y la jerarquía eclesiástica se adaptará cuando sea un hecho consumado.
Es un país viejo, cansado y abotargado, pendenciero y resacoso.
Pero también es noble, católico y épico, que solo espera la chispa adecuada para volver a ganar Roland Garros con una pierna anestesiada.