Mayo es un mes especial para la Iglesia: está dedicado a la Bienaventurada Virgen María, Madre de Dios y madre nuestra. Es un tiempo propicio para renovar el amor a quien fue elegida desde la eternidad para ser la madre de Jesucristo. María, con su ternura y compasión, nos invita a volver la mirada hacia ella, recordando que Dios quiso crecer bajo su cuidado maternal.
En el plan de salvación, la Virgen ocupa un lugar único: concebida sin mancha y coronada como Reina del Cielo y de la Tierra, siempre conduce a Cristo. Por eso, no hay camino de santidad sin su ayuda. Conocerla y acercarse a ella es también acercarse más a su Hijo, pues nadie lo conoció ni lo amó como su Madre.
La Iglesia nos anima a vivir este mes con especial devoción, agradeciendo sus cuidados y fortaleciendo nuestra relación con ella. María es modelo para todos los cristianos, especialmente por su humildad, fe y disponibilidad. Como recordó el Papa Francisco, es ejemplo de fidelidad, prontitud para servir y valentía en medio de las dificultades.
Además, María es la primera discípula de Jesús y continúa intercediendo por nosotros como Madre. Su vida demuestra que el cielo es alcanzable: basta vivir con humildad, alabar a Dios y servir a los demás con generosidad.