I was born in Argentina. Currently film director/executive producer at OM Films/Ccs & OM FL/Miami and today in Batifondo. Humorous and witty whenever I want.
Injusticia contra el Dr Perkins Rocha.
Diosdado acusado de N@rc0trafiC0 se sienta con los estadounidenses🚨
-Fragmento de mi programa SEBASTIANA SIN SECRETOS, ver episodio completo link: https://t.co/nYWc7DoVUL
¿Ellos no se dan cuenta de que cuando dicen que la ley de amnistía ha beneficiado a casi 9 mil personas están mostrando el impacto de la represión?
¿Es decir, que según esas cifras, casi un tercio de los que han sufrido prisión en el país son " terroristas"?
El parlamento portugués aprueba la prohibición del burka en el país, y Portugal se convierte en un país más de la UE donde no se permitirá ir a las mujeres cubiertas completamente por la calle disfrazadas de Batman o como un buzón.
Esto es luchar por la igualdad y el feminismo, no lo que hace la sueltavioladores @IreneMontero
“EL AGUA TIBIA” | Lo que todos sabemos: Presidente @RealDonsldTrump admite ilegitimidad de Delcy Rodríguez, Maduro y compañía. Trump asegura que la CIA lleva años documentando la capacidad del régimen chavista para manipular elecciones.
Video @TelemundoNews
ESTE DOMINGO EN @armandoinfo:
Las 43 torres Opppe que en La Guaira se desplomaron o quedaron estructuralmente dañadas por el doblete sísmico del 24 de junio, fueron construidas sobre un terreno de opacidad y premura.
Este recorrido, apenas una fracción de 27 años de historia, demuestra que el chavismo cometió fraude de manera sistemática y sostenida en el tiempo. Rara vez manipulando directamente una máquina, pero sí mediante coerción, exclusión, inhabilitación, ingeniería institucional y, cuando todo lo demás falló, terror de Estado puro. Mientras esa evidencia se acumulaba en el terreno durante años, muchos preferían calificar de "radical" a quien la señalaba. Hoy la respalda, entre otras fuentes, la propia CIA.
Supongo, entonces, que tanto @realDonaldTrump, como @marcorubio, @usembassyve y los propios agentes de la CIA, saben perfectamente quién ha sido el "ideólogo" de todos los fraudes en Venezuela: Jorge Rodríguez, el hermano –y mente maestra detrás– de la tirana inelecta Delcy Rodríguez. Siendo así, supongo entonces que saben también, con claridad, lo que ante semejante aparato criminal, ilegítimo, fraudulento y tramposo, solo vale una cosa: ponerle fin. Por ello la urgente necesidad de tener un CNE y un TSJ completamente refundados, elecciones libres y verificables, y el cierre definitivo de un régimen que además de saquear a su propio país se convirtió en modelo de exportación de fraude para otras autocracias de la región.
Lo logrado por Machado y González Urrutia (organizar a un país entero, dentro y fuera de sus fronteras, para vencer electoralmente a un régimen que controlaba casi todos los resortes del poder) se convirtió en referencia inmediata para procesos posteriores en Bolivia, Ecuador y Colombia. No es casualidad. Machado se preparó para este momento durante veinte años, desde Súmate, estudiando cada elección fraudulenta como quien arma un expediente judicial.
Ante la evidencia, la reacción del régimen no fue explicar, fue reprimir. La CIDH calificó lo ocurrido como el mayor episodio de terrorismo de Estado en la historia venezolana. Casi 3.000 personas fueron secuestradas: testigos electorales, militantes de partidos, ciudadanos comunes y, en varios casos documentados, niños.
La comunidad internacional acompañó la denuncia con un nivel de contundencia inusual. El Centro Carter concluyó que el proceso "no puede ser considerado como democrático" y que infringió numerosos preceptos de la propia legislación venezolana. El Panel de Expertos de la ONU determinó que la gestión de resultados del CNE no cumplió con las medidas básicas de transparencia e integridad exigibles a cualquier elección creíble. Semanas después, el propio rector electoral Juan Carlos Delpino admitió públicamente que no estuvo presente en la sala de totalización por las irregularidades observadas, y que carecía de evidencia que respaldara los resultados anunciados por su propio organismo. Con la excepción de Rusia, Cuba y Nicaragua, la mayoría de los gobiernos del mundo se negó a reconocer a Maduro como presidente electo.
Lo ocurrido en 2024 no fue una elección más. Fue el movimiento social más grande de la historia venezolana. La estructura de los "Comanditos" y después la "Red 600K", reconocida con dos Leones de Oro en Cannes Lions 2026, documentó cómo más de 600.000 venezolanos usaron sus teléfonos para escanear y resguardar actas el mismo día de la votación. No se llamó a la gente a votar: se le llamó a defender su voto, el de su familia, el de cada vecino de su centro electoral.
En menos de 24 horas, el sitio https://t.co/DAxwEiUuMU publicó miles de actas escaneadas. Hoy contabiliza 25.575, el 85,18% del total nacional. A esa evidencia se sumó https://t.co/PDTa6TtJxE, de @ggangix, con decenas de videos del escrutinio público grabados por testigos en distintos puntos del país. Con las actas publicadas, Edmundo González Urrutia obtuvo 7.446.394 votos (67,05%) frente a 3.386.215 de Maduro (30,49%), y eso sin contar a los cerca de cinco millones de venezolanos en el exterior a quienes el régimen impidió votar deliberadamente.
Cada acta lleva códigos alfanuméricos, firma digital y un QR verificable: lo que el propio CNE bautizó como "redundancia de sistemas de seguridad". El régimen tuvo que ignorar su propio diseño institucional para sostener un resultado sin lógica numérica alguna, como documenté en La Gran Aldea en octubre de 2024: https://t.co/F9Ivj7cDlr
28J:
Con frecuencia se piensa que la estrategia electoral comenzó con la candidatura de Edmundo González Urrutia. No fue así. Comenzó mucho antes. Las primarias de 2023 fueron, en realidad, el primer gran ensayo.
Aquella elección ciudadana no solo legitimó el liderazgo de Machado. También permitió construir una red organizativa que luego sería indispensable para la elección presidencial.
Millones de venezolanos participaron en un proceso organizado prácticamente sin apoyo institucional y bajo enormes dificultades logísticas. Aquella experiencia dejó una enseñanza fundamental.
La sociedad venezolana todavía era capaz de organizarse al margen de un Estado completamente capturado.
Después vendrían los comanditos. Luego la Red 600K. Y finalmente la estructura nacional destinada a custodiar prácticamente todas las mesas electorales del país.
Era una operación de defensa del voto.
Recuerdo una conversación con @MariaCorinaYA durante 2025 (https://t.co/9Nk1zk01FU). Hablábamos precisamente de las lecciones que habían dejado las derrotas anteriores. Su reflexión era muy sencilla. Durante años la oposición había concentrado buena parte de sus esfuerzos en convencer a los venezolanos de votar. En 2024 el desafío era diferente. Los venezolanos ya querían votar. Lo que había que garantizar era que ese voto pudiera sobrevivir al sistema construido por el chavismo.
Tiempo después, el entonces rector del CNE Roberto Picón impulsó la incorporación de un código QR en las actas de votación, pensado originalmente para agilizar la verificación técnica. Ni Jorge Rodríguez ni el resto del poder electoral chavista imaginaron que esa herramienta se convertiría, casi una década después, en la columna vertebral del fraude mejor documentado de la historia venezolana. María Corina Machado sí lo entendió. En una tiranía, un proceso electoral no cumple la misma función que en una democracia: sirve para acumular evidencia irrefutable, no para elegir gobernantes. Con esa lógica trabajó su equipo durante años.
En 2021 el oficialismo volvió a enfrentarse a un resultado inesperado. @freddysuperlano derrotó al candidato del PSUV en Barinas, el estado donde nació Hugo Chávez y uno de los principales símbolos políticos del chavismo. La reacción del régimen fue inmediata.
El Tribunal Supremo de Justicia suspendió la totalización, anuló la elección alegando una supuesta inhabilitación que nunca había impedido la candidatura de Superlano y ordenó repetir completamente el proceso.
Ni siquiera intentó modificar los resultados. Simplemente anuló la elección. Fue otra forma de fraude. Una forma todavía más burda. El mensaje volvía a ser el mismo: si la oposición ganaba, el régimen siempre encontraría un mecanismo para impedir que esa victoria produjera una alternancia real.
Cada episodio iba enseñando una lección distinta. En 2004 la oposición aprendió la importancia de las auditorías. En 2013 comprendió que debía conservar todas las actas. En 2017 descubrió que incluso las cifras oficiales podían ser alteradas durante la totalización. En Barinas quedó claro que el régimen podía desconocer una victoria simplemente utilizando al Tribunal Supremo. Cada “golpe” dejaba un aprendizaje. Y todos esos aprendizajes terminarían confluyendo en una estrategia completamente distinta para las elecciones presidenciales de 2024.
2013:
El quiebre llegó en 2013. El CNE anunció 7.587.579 votos para Nicolás Maduro contra 7.363.980 de Henrique Capriles, una diferencia de apenas 1,49%. Esa misma noche, cuando Tibisay Lucena declaró el resultado "irreversible", Capriles exigió abrir todas las cajas para auditar caja por caja. Maduro, eufórico por el triunfo recién anunciado, aceptó el reto en cadena nacional. Jamás se cumplió. Fue la primera vez que un margen tan estrecho puso al descubierto lo que veinte años de elecciones amplias habían logrado disimular: el robo era real, y solo se volvía visible cuando el resultado no daba margen de maniobra.
2015:
Dos años después, con un país ya harto y las calles calientes tras la muerte de Chávez, la oposición demostró en las urnas lo que llevaba tiempo intuyendo: el chavismo era una clara minoría. La MUD obtuvo 7.728.025 votos contra 5.625.248 del Gran Polo Patriótico Simón Bolívar, más de quince puntos de diferencia, y capturó 112 de los 167 escaños de la Asamblea Nacional.
Cabe preguntarse por qué un régimen dispuesto a defraudar aceptó semejante derrota. La respuesta tiene menos de generosidad democrática y más de soberbia autoritaria: los autócratas también calculan mal. Un chavismo que había perdido a su líder fundador dos años antes, y que meses después enfrentaría protestas masivas en todo el país, subestimó el desgaste de su propio aparato de sobrerrepresentación. No hubo gesto de apertura. Hubo un tropiezo que el régimen no volvería a permitirse.
Fue entonces cuando el régimen cruzó un umbral. Hasta ese momento todavía podían encontrarse algunos rasgos de una autocracia competitiva. Después de 2015 comenzó la transición hacia una tiranía que ya no estaba dispuesta a correr el riesgo de perder nuevamente una elección nacional. A partir de ese momento el chavismo comenzó a desmontar incluso las apariencias democráticas que todavía conservaba. La primera gran señal llegó apenas unos meses después.
2016:
En 2016 el TSJ, ya completamente colonizado, bloqueó el Referéndum Revocatorio impulsado por Henrique Capriles con una sucesión de trabas procesales diseñadas para agotar el reloj constitucional.
2017:
En 2017 llegó la siguiente confirmación: la propia empresa Smartmatic, proveedora histórica del sistema de votación venezolano, denunció públicamente al menos un millón de votos inflados en la elección de la espuria Asamblea Nacional Constituyente. Ese mismo año, en las elecciones regionales, se documentó cómo en Miranda trasladaron a electores de centro de votación días antes de los comicios para impedirles sufragar, y en Bolívar, @AndresVelasqz probó con actas en mano que le habían arrebatado su triunfo. Si en 2013 el fraude quedó insinuado, en 2017 quedó demostrado con nombre y apellido.
Reducir el fraude venezolano a un problema tecnológico siempre fue una simplificación. La manipulación del Registro Electoral. Las inhabilitaciones políticas. El uso masivo de recursos públicos durante las campañas. Las cadenas obligatorias. La presión sobre empleados públicos. La utilización de programas sociales con fines electorales. El voto asistido convertido en mecanismo de coacción. Los cambios arbitrarios de centros de votación pocos días antes de la elección. Los centros rurales sin testigos opositores. Los centros de una sola mesa donde, invariablemente, aparecían resultados cercanos al cien por ciento para el oficialismo. Las auditorías incompletas. La eliminación progresiva de la observación internacional independiente. Nada de eso dependía de una máquina. Y, sin embargo, todo formaba parte del mismo sistema.
Lo que terminó construyéndose en Venezuela fue una arquitectura institucional diseñada para impedir la alternancia democrática.
En 2006, último año con observación internacional plena, se repitieron los síntomas que Súmate ya había señalado dos años antes. Y de ahí en adelante el patrón se volvió costumbre en cada proceso regional, parlamentario y presidencial: centros electorales de mesa única que cerraban 100% a 0%, zonas remotas donde votaba "todo el mundo" y jamás aparecía un testigo opositor, funcionarios públicos presionados a través del mal llamado "voto asistido". No hacía falta tocar una máquina para robar una elección. Bastaba con controlar el terreno antes y después del sufragio.
En 2010, además, el chavismo rediseñó el mapa electoral para blindarse ante un eventual mal resultado. La oposición terminó sacando más votos a nivel nacional que el oficialismo y aun así obtuvo muchos menos escaños, gracias a una redistribución pensada para sobrerrepresentar a las zonas rurales donde el control territorial chavista era total. Esta movida recuerda a una similar que hizo el padre de la desgracia, en 1999, ante la génesis de todo esto: la Constituyente. El fraude, otra vez, ocurrió antes de que nadie votara.
Marco Rubio lo acaba de clavar como un martillo:
«La violencia de la izquierda no es una “protesta”. Es una revuelta de lo peor contra lo mejor. Es la pataleta de los débiles, los mediocres y los cobardes contra los fuertes, los capaces y los buenos.
Son aquellos que no saben construir, crear ni lograr nada grande… y por eso deciden vengarse del mundo destruyendo lo que otros levantaron con esfuerzo, talento y visión.
Eso es el izquierdismo radical en su esencia más pura. Da igual la etiqueta del momento: anticapitalista, antiimperialista, comunista, anarquista, marxista, “progresista” o “activista climático”. El ADN es siempre el mismo.
Es resentimiento venenoso disfrazado de “justicia social”.
Es envidia podrida maquillada de “igualdad”.
Es odio a la excelencia envuelto en banderas de “liberación”.
Su único talento es destruir.
Su única alegría es ensuciar lo hermoso.
Su único objetivo es arrastrar todo hacia abajo para que nadie brille más que su propia mediocridad.
A través de la violencia, el terror y la cancelación buscan imponer su fealdad espiritual sobre la sociedad. No es idealismo. No es utopía. Es nihilismo puro con sonrisa moralista.
El viejo dogma se equivocó: esto no viene de gente que sueña con un mundo mejor, sino de gente que no soporta que el mundo sea mejor sin ellos.
Y ya estamos hartos.
La civilización no se defiende pidiendo perdón. Se defiende nombrando al enemigo por su nombre.
Algunos nombres:
Arcaya
Falcón Briceño
Consalvi
Iribarren Borges
Calvani
Zambrano Velasco
Escovar Salom
Figueredo Planchart
Morales Paúl
Requena
Ochoa Antich
Burelli Rivas
Vaya que la barra ahora en la Cancillería está baja. En fin…
¿Después de develar en informes de la CIA la responsabilidad de Jorge Rodríguez en fraudes electorales consecutivos, será con él que Dinorah Figuera, por instrucciones del Departamento de Estado, se siente a acordar el proceso para un nuevo CNE y proceso electoral venezolano?
Imagino que no.