Hay argumentos que, cuando se aplican en sentido contrario, dejan al descubierto su propia contradicción.
Los ganaderos del Sueve dicen que «quien quiera lobos, que se los lleve para casa».
¿Y si aplicamos exactamente la misma lógica con su ganado doméstico? ¿A que ya no parece tan razonable?
Porque el problema de fondo es precisamente ese: el monte no es propiedad exclusiva de una actividad humana. El hecho de llevar ganado a un espacio natural no convierte ese espacio en un territorio privado donde quien desarrolla una actividad particular pueda decidir qué animales tienen derecho a vivir y cuáles deben desaparecer.
El lobo no necesita que nadie «se lo lleve para casa». Está en su hábitat. Igual que otras especies silvestres que forman parte del ecosistema.
Y si aceptamos que la solución a cualquier conflicto entre una actividad humana y la fauna es sencillamente eliminar o expulsar al animal, entonces dejemos de hablar de conservación, de naturaleza y de convivencia.
Hablemos de otra cosa: de un monte diseñado a la carta para que solo permanezca aquello que resulte útil o conveniente para determinados intereses.
¿Hay daños? Se investigan, se acreditan y se compensan.
¿Hay formas de prevenirlos? Se aplican y se mejoran.
¿Hay problemas de gestión? Se corrigen.
Lo que no es aceptable es convertir una especie autóctona y vital para el buen funcionamiento de los ecosostemas en el único elemento que sobra del paisaje.
Así que, puestos a utilizar ese argumento tan simplista:
Si quien quiere lobos tiene que llevárselos para casa, quien quiera xatos, vacas, ovejas, cabras o caballos que se los lleve también para casa.
O, mejor todavía, dejemos de pensar que la naturaleza funciona así.
El monte no es un cortijo.
El lobo no es un intruso.
Y la fauna silvestre no tiene que pedir permiso para existir.
Desplaçats climàtics? Atribuir coses al canvi climàtic a la lleugera no ajuda gens a la seva lluita. Al contrari. El canvi climàtic pot alterar la freqüència/intensitat dels temporals. Ara, el problema d'Alcanar és un altre: construir al mig d'un barranc. Les coses pel seu nom.
El encierro de medio centenar de docentes en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, bajo el lema "no podemos empezar el curso como si no pasara nada", es el último ejemplo de una política convertida en pasarela de moda.
El gesto tiene todos los ingredientes del espectáculo moral, con titulares inmediatos, imágenes de impacto y frases solemnes. Pero lo que falta, una vez más, es sustancia real.
La tragedia de Gaza es insoportable en su crueldad. Sin embargo, reducirla a una performance académica no aporta nada al análisis ni al alivio del sufrimiento.
Los docentes que deberían formar a sus alumnos en pensamiento crítico optan, en cambio, por disfrazarse de héroes morales en un escenario cultural del centro de Madrid.
La paradoja es brutal, mientras los profesores proclaman que no se puede hacer como si nada pasara, actúan exactamente como si la educación fuera un escenario para la puesta en escena de convicciones, no un espacio para aprender a pensar más allá de lo evidente.
Lo evidente, por supuesto, es que Netanyahu ha convertido su campaña militar en Gaza en una huida hacia delante para tapar corrupción y dividir a una sociedad israelí ya rota.
Lo evidente es que los muertos y la hambruna en la franja son intolerables.
Pero lo no evidente, y por tanto lo verdaderamente educativo, es lo que nunca se menciona en estas liturgias morales como qué responsabilidad tiene Hamás al mantener rehenes civiles, qué significa que Gaza no haya tenido elecciones desde 2006 o qué ocurrió cuando Israel aceptó propuestas de dos Estados y la Autoridad Palestina respondió con un todo o nada.
Nada de eso cabe en una pancarta ni en un encierro simbólico. Por eso la protesta se limita al gesto, al modelito de ocasión. Es la misma lógica de los actores en los Goya que denuncian la pobreza con un traje de diseñador, o de los influencers que venden indignación junto a sus líneas de ropa.
La izquierda, atrapada en la estética de la virtud, convierte cada causa en un accesorio. La solidaridad se convierte en coreografía y la tragedia en fondo de escenario.
La función del profesor debería ser totalmente la contraria, es decir, incomodar con preguntas, desmontar simplificaciones, entrenar a los alumnos en la dificultad del mundo real. Pero cuando los propios educadores se suman a la política del escaparate, transmiten justo lo opuesto, que basta con proclamar lo obvio para estar del lado correcto de la historia.
Y ahí reside el peligro. Una política que se limita a exhibir indignación es tan inofensiva como un bolso de temporada, luce, se comenta y se olvida. La tragedia palestina, en cambio, no se olvida. Y mucho menos se resuelve con encierros simbólicos que tranquilizan conciencias, pero no cambian nada.
El yate de la Colau, el Alma Explorer, lleva desde ayer dándose paseos por las calas de Menorca. El Estrella y Manuel ha apagado el AIS, pero parece que andan también dando tumbos por el mar Balear.
De los 20 barcos de la flotilla, solo quedan tres.