@8ardv Esa mesa va tutelada, así que tengamos confianza. Los que se sienten "tomarán" las decisiones, pero con un pajarito en el hombro qie les dicta la pauta. Los gringos no vienen a perder el tiempo.
El paso del tiempo tras las rejas se mide en los abrazos que no se dieron y en los besos que se quedaron suspendidos en el aire.
La historia de la presa política Jennifer Osuna Márquez guarda en su centro el quiebre más profundo de todos: el de una madre separada de su pequeña hija.
Hoy, esa niña tiene 9 años. Ha pasado más de la mitad de su vida creciendo sin el calor constante de su mamá, sin su presencia en las mañanas, en sus tareas escolares, en sus cumpleaños o en esos momentos de angustia donde el único refugio que calma es el pecho materno. Cuando Jennifer fue apartada de su lado, la niña apenas era una bebé de 3 años que no comprendía por qué las manos que la cuidaban desaparecieron de la noche a la mañana.
Los años transcurren de manera implacable en el INOF, y mientras el mundo exterior sigue su curso, una infancia entera se desenvuelve con un vacío imposible de llenar. No hay llamada telefónica ni visita regulada que sustituya el derecho humano fundamental de una niña a crecer arrullada y protegida por los brazos de su madre.
La condena injusta de 16 años y 9 meses no solo castiga a Jennifer; castiga la inocencia de una menor que paga con ausencia un conflicto que no le pertenece.
Detrás de cada debate político y de cada cifra judicial hay familias reales sufriendo.
El caso de Jennifer Osuna nos recuerda que la mayor crueldad del encierro es el tiempo robado que jamás se podrá recuperar. Es hora de mirar el lado humano de esta tragedia.
Pedir la libertad de Jennifer es pedir que una niña recupere, por fin, el amor y el amparo de su mamá.
@CorteIDH@usembassyve
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