The world watches China commit cultural erasure in Tibet — monasteries destroyed, language banned, children brainwashed.
Self-immolation is the ultimate cry of a people with no voice.
How many more must die before the free world sanctions the CCP?
#FreeTibet
El milagro chino no fue un milagro.
Fue lo qu pasa cuando un gobierno deja de impedir que la gente cree riqueza.
Deng Xiaoping no construyó Shenzhen.
Simplemente dejó de bloquearla.
Durante casi tres décadas China vivió bajo planificación central total.
El resultado fue el Gran Salto Adelante y una hambruna que mató a decenas de millones de personas.
El mismo país y la misma gente que años después harían temblar a la economía mundial, y ahí, miseria absoluta.
En diciembre de 1978, en ekl Tercer Pleno del Partido, Deng admitió lo qu e ningún marxista quiere admitir.
Que el plan no funcionaba.
Y entonces hizo algo que se parece bastante a un experimento de laboratorio.
En 1980 el gobierno cercó cuatro pedazos de costa y los llamó zonas económicas especiales.
Shenzhen, Zhuhai y Shantou en agosto, Xiamen en octubre.
Adentro de esas zonas se permitió lo que afuera seguía prohibido.
Propiedad privada, inversión extranjera, precios que se movían solos y ganancias que uno se podía quedar.
Afuera, nada de eso cambió.
La misma gente que un kilómetro más allá seguía siendo pobre.
La misma cultura y la misma tierra.
La única variable que se modificó fue el grado de libertad de mercado.
Y ahí apareció la riqueza.
Exactamente ahí.
Shenzhen en 1980 era un puñado de aldeas fronterizas con 332.900 habitantes.
Su PBI era de 2.700 millones de yuanes, apenas un 0,2% del de Hong Kong.
Cuatro décadas después tiene casi 18 millones de habitantes y un PBI de más de 3,4 billones de yuanes.
En 2018 superó a Hong Kong, la ciudad de la que había copiado todo.
Entre 1980 y 1984 creció a un ritmo cercano al 58% anual.
Ninguna política redistributiva produce números así, porque redistribuir no crea nada, solo mueve lo que ya existe.
Lo de Shenzhen no fue una inyección mágica de capital del Estado.
Fue la confirmación de algo que Mises había demostrado en 1920, sentado en un escritorio de Viena, sin ver jamás a China.
Sin propiedad privada sobre los medios de producción no hay precios reales.
Sin precios reales no hay forma de calcular qué es rentable y qué es puro desperdicio.
Y sin ese cálculo la economía entera se maneja a ciegas.
Eso fue la China de Mao.
Producía y producía sin saber si estaba creando o destruyendo, porque le faltaba la brújula.
La brújula son los precios.
La zona económica especial es, en el fondo, un cerco donde el Estado aceptó dejar de calcular con criterio político y dejó que la gente calculara con criterio económico.
Apenas volvieron los precios, volvió la coordinación.
Y con la coordinación, la abundancia.
Ahora seamos precisos, porque acá es donde muchos se entusiasman de más.
China nunca se volvió libre.
Sigue siendo un régimen autoritario con un aparato estatal descomunal.
Pero eso no debilita el argumento, lo vuelve más filoso.
China no prosperó parejo en todo su territorio.
Prosperó exactamente en la medida y en el lugar donde aflojó el socialismo.
Más mercado, más riqueza.
Menos mercado, la vieja miseria de siempre.
Y si querés el grupo de control del experimento, mirá del otro lado de la frontera coreana.
El mismo pueblo, partido en dos en 1945.
El sur abrió mercados y hoy es una potencia industrial.
El norte mantuvo la planificación entera y todavía produce hambrunas con los mismos recursos y la misma sangre.
No hay excusa cultural, geográfica ni racial que explique el abismo.
Cambia una sola cosa, y esa cosa lo cambia todo.
Deng lo resumió con una frase de campo que vale más que veinte tratados.
No importa si el gato es blanco o negro mientras cace ratones.
El mercado cazó los ratones que la planificación había dejado morir de hambre.
China no descubrió una tercera vía ni un socialismo con características especiales.
Descubrió que el mercado que había prohibido era lo único que alguna vez generó riqueza.
Creció exactamente hasta donde dejó de obedecer a Marx.
Hoy muchos usan el caso chino al revés.
Te lo venden como prueba de que un Estado fuerte planifica la prosperidad.
Es al revés.
China creció cuando el Estado se corrió, y se frena ahora que el Estado vuelve.
Bajo Xi el péndulo se dio vuelta.
Volvieron a asignar el capital con criterio político y no con precios.
El resultado es sobrecapacidad, bancos prestando a pérdida y una burbuja inmobiliaria que estalló con Evergrande.
Eso no es prosperidad planificada, solo es un consumo de capital con contabilidad de propaganda como hacen siempre.
La misma ley que hizo rica a Shenzhen está corriendo en reversa.