que sabían manipularla.
Y en ese silencio, Albert sonrió… porque sabía que, con cada golpe, no solo destruía a la familia Wayne. Estaba moldeando un nuevo legado. Uno suyo. Uno nacido del fuego, la sangre y el miedo.
En su mente, Albert no veía un crimen. Veía una purga. Damien representaba un pasado que debía ser quemado, reducido a nada. Y esa vieja casa, donde Thomas había dado sus primeros pasos, donde las paredes aún guardaban el eco de las risas familiares, ya no era un santuario:
Mientras el presentador de noticias repetía la palabra “accidente” como un conjuro para calmar a la ciudad, Albert apagó el televisor. No necesitaba verlo más. Él ya llevaba esa imagen en la sangre. La noche lo recibiría en silencio, como siempre hacía con los hombres...
O tal vez, si el destino decidía prolongar la agonía, Damien viviría… pero con la certeza de que no había un rincón seguro donde pudiera esconderse.
Ese era su regalo. No la muerte rápida. Sino el miedo que se enraiza, que crece como una infección lenta.
Albert observaba la pantalla del televisor como si fuese un cuadro en movimiento que él mismo hubiera pintado. Las llamas devoraban la vieja casa Wayne, ese cascarón polvoriento donde Damien había decidido pudrirse, como un fantasma que se negaba a desaparecer.
al menos no hasta que ya fuese solo ceniza y polvo.
Albert no sentía prisa por confirmar si Damien estaba dentro o no. Ese era el verdadero deleite: la incertidumbre. Saber que quizá, en ese momento, su sobrino ardía entre maderas crepitantes y recuerdos enmohecidos.
Albert había elegido cada detalle: la hora, el clima, incluso el hecho de que esa noche la ciudad estuviera distraída por el gran evento benéfico en el distrito financiero. Todo encajaba. Nadie miraría hacia la vieja casa Wayne…
La detonación había sido precisa. Ni demasiado grande para que pareciera un ataque planificado, ni demasiado pequeña para dejar sobrevivientes. Una obra de arte en la que el caos vestía un disfraz de accidente.
un hombre que había preferido esconderse antes que enfrentarse. Albert no toleraba a los débiles. Y si en algún momento Damien había sido digno de consideración, ese tiempo se había extinguido hacía mucho, quizá en el instante en que la Corte dejó de temerle.
Un nombre que llevaba el apellido Wayne pero que lo había ensuciado con su debilidad, su aislamiento, su vergonzosa incapacidad para alzar la cabeza y reclamar lo que debía ser suyo por derecho. Un ermitaño… un cobarde…
Oh, cómo le fascinaban esas versiones tan pobres, tan humanas.
No había gas en esa casa desde hacía años. Él lo sabía. Él lo había dispuesto.
Para Albert, Damien no era más que una sombra que se aferraba a una herencia que ya no le pertenecía.
La imagen en vivo mostraba columnas de humo elevándose al cielo nocturno, rotas por el parpadeo de luces rojas y azules. Los reporteros hablaban de una posible fuga de gas, de un accidente doméstico, de una tragedia sin explicación… Albert sonrió.
lecciones de obediencia, de cálculo, de ausencia de piedad. Nada lo guiaba más que la convicción de que, para crear la supremacía que deseaba, debía arrancar las raíces podridas y plantar otra vez, con sus propias manos, la semilla que prosperaría bajo su sombra.
Le llegó como le llegaban las cosas que siempre deseó: a través de informaciones precisas, de voces que resguardaban secretos como joyas. Jannelle, su nieta —la hija de Alan, su primogénito— tenía un hijo: Alan Máximo.
La familia Wayne nunca volvió a mirar el apellido con la misma tranquilidad. Y en alguna parte, en habitaciones cerradas, en agendas tachadas con tinta negra, Albert planeaba ya las lecciones que impartiría al niño que había arrebatado: