Este homenaje de José Peláez a Antonio Vega.
«Lo más grande de Antonio era que su sensibilidad no fue cursi ni evidente sino un lamento digno, un dolor sin barroquismos, kilo y medio de oro puro, sin matices, formas ni adornos».
Permanecerá siempre ahí, en ese lugar indeleble de la memoria que dibuja niños corriendo detrás de un sueño imposible, niños intentando atrapar la felicidad.
No tengo ni nunca tendré capacidad para llevarle la contraria a un pescadero cuando me dice “llévate este que te sale mucho mejor”. Asiento y me callo, aunque me esté dando un plástico que han pescado en un pantano. Soy un títere, un trapo, un muñeco a su disposición.