Presidente @petrogustavo, de verdad que Colombia se merece más que esto. Nos merecemos más. Aquí traduzco su mensaje y dejo claras todas las falacias que usted emplea. En últimas, su discurso evita responder lo esencial, evita darle al país las respuestas que merece.
1. Usted recurre al ad hominem encubierto. En vez de aclarar los hechos, convierte cualquier crítica en un ataque personal o en parte de una persecución. Si alguien lo cuestiona, según usted es porque hace parte de un plan oscuro para “purgar” a sus aliados. Victimización en su máximo esplendor y ataque al mensajero.
2. Luego viene la causalidad falsa. Usted asegura que ciertos actores reaccionan porque usted “suspendió negocios” o porque “la CIA busca desprestigiar su gobierno”. Son causas que usted presenta como verdades, pero que no demuestra.
3. También construye una gran falacia conspirativa, donde medios, CIA, narcos y gobiernos extranjeros actúan coordinadamente contra usted. En ese relato todo “encaja” porque está diseñado para que encaje, no porque haya pruebas de coordinación real. No presenta sustento.
4. A eso se suma la generalización apresurada. Habla de entregas “masivas” de permisos, de norteamericanos que “no entienden” el narcotráfico o de bandas enteras dentro del Ejército. Afirmaciones enormes, sin sustento verificable. Generalizaciones burdas.
5. Su discurso está atravesado por la falacia de víctima permanente. Cualquier denuncia es interpretada como represalia por sus supuestas luchas contra la corrupción. En su versión, usted siempre es el blanco de todo.
6. También aparece el hombre de paja. Usted caricaturiza a la CIA y a los periodistas, les atribuye prácticas y motivaciones que nadie ha dicho, y luego ataca esa versión exagerada. Karicaturiza al contrario, lo reduce a nada.
7. Usa la apelación a la ignorancia. Afirma que los informes “son falsos” porque usted investigó y porque una vez la CIA se equivocó. No presenta evidencia; solo su conclusión. Según usted, su palabra basta.
8. Su relato se apoya en la autoridad personal absoluta: “yo investigué”, “yo determiné”, “yo sé que es falso”. No hay contraste independiente ni verificación externa. No hay pruebas.
9. Hay un constante desvío del tema. Le preguntan por los informes y usted termina hablando de Pinochet, Videla, la CIA, helicópteros, narcotráfico global, Cuba, Duque… todo menos el punto específico.
10. También cae en el cherry picking. Escoge los hechos que le sirven y deja por fuera los que no. Un error de la CIA hace años se convierte en prueba de que todo lo actual es falso. Lo mismo con Caracol.
11. Todo esto se mezcla con un falso dilema. O le creen a usted, o están del lado de criminales, traidores, narcos o intereses extranjeros. No existen zonas grises, ni errores institucionales, ni información imperfecta.
12. La sobredramatización histórica completa el cuadro. Trae a cuento dictaduras del Cono Sur y la Guerra Fría como si estuviéramos reviviendo el mismo libreto. Lleva a la fantasía la realidad.
13. Al final, estos son los mensajes que usted deja:
• usted es el héroe que lucha contra mafias internas y externas
• quienes lo cuestionan tienen intereses oscuros
• cualquier denuncia confirma la conspiración
• y toda evidencia en su contra es automáticamente falsa
Presidente, el problema no es el debate político ni la legítima defensa. El problema es normalizar un discurso construido sobre falacias que vuelve imposible la rendición de cuentas. Colombia necesita más evidencia y menos relatos que se sostienen sobre atajos argumentativos. Colombia se merece otra cosa. Este país se merece más.
Antonio Caballero no era un columnista sino un profeta:
PETRO: TEORÍA Y PRÁCTICA.
Por Antonio Caballero, Antonio Caballero
19 de mayo de 2018
Lo malo del candidato presidencial Gustavo Petro no es su programa, que es probablemente el más atractivo –o el que a mí más me atrae– aunque no el más serio: es un programa para cuarenta años de gobierno, y lo único que han tenido de bueno los gobiernos en Colombia es que por lo general han durado poco tiempo. Los más largos –el de Santos, el de Uribe, o el de Núñez por interpuestas personas en el siglo XIX– han sido más dañinos. Lo que no me gusta de Petro es su manera de ser. Petro es Petro. Y eso es lo malo que tiene Petro, un político megalómano que de sí mismo habla en una admirativa y mayestática tercera persona.
Lo malo de Petro no es su teoría: sino su práctica. La que le conocimos en sus años de alcalde de Bogotá, de ineptitud y de rencor, de caprichos despóticos y de autosatisfacción desmesurada. Su arrogancia, su prepotencia. Su personalidad paranoica de caudillo providencial, mesiánico, señalado por el Destino para salvar no solo al pueblo de Colombia de sus corruptas clases dominantes sino al planeta Tierra de su destrucción y a la especie humana de su extinción. Sus iniciativas de gobierno, que no eran populistas, como dicen, sino simplemente demagógicas: el arbitrario cierre de la plaza de toros bajo pretextos caricaturescos de “lucha de estratos” entre ricos y pobres; la compra de los inservibles camiones de basuras de segunda mano sin licitación ni consulta. Casi no lo conozco personalmente, pese a haber tenido durante tres años bajo su alcaldía un programa de televisión en Canal Capital; pero sé de su incapacidad para tener o conservar amigos: lo han denunciado como tramposo y desleal sus compañeros del M-19 (Antonio Navarro, Daniel García Peña), y los del Polo Democrático (Carlos Gaviria, Jorge Robledo, Clara López), que se sintieron todos engañados por él en su voraz ambición personalista. Reclamándose del pueblo, por supuesto, como es lo propio de los demagogos.
Fue, eso sí, un gran parlamentario, que hizo en el Senado magníficos debates de denuncia y de control político. Sabe hablar. Por eso es también el más hábil y el mejor de los candidatos en los debates televisados, tanto en las respuestas como en las propuestas. Pero es que encarnadas en su persona no creo en esas propuestas: no me parece que Gustavo Petro sea una buena persona, sincera y franca. Más bien lo veo como una mala persona, aunque se haya engalanado –de raponazo– con el indecente autoelogio de proclamar que sus candidatos al Congreso representan “la decencia”. No le creo ni “el amor” de que tanto habla. Ni “el saber” que pretende transmitir. Ni “la humanidad” que campea en los nombres de sus campañas. Todo eso me parece ficticio e impostado. Petro no inspira confianza.
Lo hizo mártir el procurador Ordóñez al destituirlo arbitrariamente de la alcaldía: un fanático a cuya elección por el Congreso él mismo había contribuido persuadiendo a sus colegas del Polo de que votar por tan conspicuo representante de la extrema derecha demostraba que el Polo no era de izquierda. Y en su caso personal es cierto que no lo era: aunque se pretenda de izquierda, Petro tiene un temperamento autoritario, inocultablemente de derechas, inspirado en el “cesarismo democrático” que inventó un intelectual lagarto en Venezuela para justificar la larga tiranía de Juan Vicente Gómez, y que copiaron luego Hugo Chávez y Nicolás Maduro, en nombre, por supuesto, del pueblo. Y así lo confirma su anunciada convocatoria de una Asamblea Constituyente si gana las elecciones. Como las que han convocado todos los aspirantes a dictadores que ha tenido Colombia: Bolívar, Mosquera, Núñez, Reyes, Gómez, Rojas. Porque Petro gusta de equipararse con los mártires: en sus discursos del balcón de la alcaldía se comparaba con Sucre, Uribe Uribe, Jorge Eliécer Gaitán; y ahora clama en las plazas: “Todo candidato que no es de la clase política tradicional ha sido asesinado. No hay excepciones”. Pero se parece más a su tocayo el general Gustavo Rojas Pinilla, golpista dictador y jefe de la Anapo, de cuya pintoresca y demagógica “dialéctica de la yuca” copia su propia “dialéctica del aguacate”.
Me sucede a mí con Petro lo mismo que le pasaba hace un siglo largo a don Miguel Antonio Caro, que lo resumía así: “De los liberales me apartan las ideas. Y de los conservadores las personas”.
Que en los próximos días se sabrá el texto. Que en los próximos días se sabrá el número de preguntas. Que en los próximos días la ciudadanía podrá opinar sobre la redacción y exponer sus problemas. Y así sucesivamente. La consulta popular es una campaña permanente de expectativa.
¿Qué es una consulta popular?
Es un mecanismo de participación ciudadana que permite preguntar a la gente sobre temas de interés nacional, departamental o municipal.
📌 Regulada en los artículos 103-105 de la Constitución.
📌 No puede modificar la Constitución ni aprobar leyes.
Por qué Petro quiere una consulta?
🔹 Objetivo: Medir su apoyo ciudadano y presionar al Congreso.
🔹 Desafío: El Congreso podría bloquearla y el umbral de votos es alto.
🔹 Riesgo: Si fracasa, se vería como una derrota política.
La primera pregunta de quien aspira a un cargo público no debería ser '¿Soy candidato?', sino '¿Los ciudadanos de mi territorio quieren que lo sea?'. La legitimidad nace del respaldo popular.
#PensandoEnEl26y27