Hablamos mucho de la viveza criolla, a veces hasta con orgullo, como si fuera parte intrínseca de lo que somos.
Yo creo que nos equivocamos.
La viveza no es nuestra esencia, es lo que pasa cuando vives años bajo un sistema que premia al que se salta la cola y deja como pendejo al que hace las cosas bien. La gente se adapta a las reglas que le ponen, y aquí las reglas llevan décadas torcidas. Si ponemos a los suizos o a los japoneses bajo estas mismas reglas, al tiempo, veríamos lo mismo.
Lo que de verdad somos se ve en momentos como este, cuando se derrumba todo, y esta vez literal, y no hay viveza que sirva de nada. Claro que habrá casos de gente aprovechándose, siempre los hay, y son los que más rabia dan. Pero no se dejen engañar: lo que se vuelve viral suele ser la excepción, no la norma.
Lo que se ha visto reiteradamente estas dos noches es un país repartiéndose el agua que no tiene, escarbando con las manos mientras asume riesgos por un desconocido, mandando comida y recursos desde un bolsillo que en muchos casos no es holgado, y sin que nadie lo organizara.
Tenemos la mala costumbre de hablar pestes de nosotros mismos, del venezolano, del gentilicio, como si fuéramos un pueblo malogrado de nacimiento.
No lo somos.
Somos gente a la que le tocó vivir bajo reglas, circunstancias y en un sistema que le sacaban lo peor. Y cada vez que las cosas aprietan de verdad, sale lo bueno, que es lo que de verdad nos define.
A mí me gustaría que dejáramos de creernos el cuento de que somos un pueblo de vivos que solo se quiere aprovechar del otro. No porque no haya vivos, los hay en todas partes, sino porque esa no es la imagen completa ni la más importante. La de estos días, la del que da aun cuando a él tampoco le sobra, esa también somos, y diría que somos más eso que lo otro.
En la reconstrucción que se nos viene tenemos que trabajar para que el país premie justamente esa parte nuestra, en vez de la que tanto nos gusta echarnos en cara. Porque un pueblo que en su peor noche se comporta así tiene con qué construir un país a su altura.
Ya nadie en Venezuela puede hablar sin que lo encasillen al instante. Señalas al gobierno en plena emergencia y te tachan de oportunista que está politizando la tragedia. Pides enfocarte primero en la gente antes de buscar culpables y eres un tibio que le lava la cara al régimen. No hay forma de decir las cosas sin que te metan en un bando, y creo que esa es una de las cosas que más jode de un país roto, que terminamos sin saber hablarnos ni siquiera cuando nos está doliendo lo mismo a todos.
Que esto es un Estado fallido hay que darlo por descontado, y sabemos perfectamente quién es el responsable. Media tragedia de ayer, lo que apenas está ocurriendo hoy y lo que viene no pasa ni pasaría en un país que funcione. No es mala suerte ni es solo la naturaleza: es el resultado de años de un régimen que se robó hasta los insumos de los hospitales, que desmanteló cada institución que debía protegernos y dejó al país sin con qué responder cuando llega el golpe. Y eso no se discute, no hay matiz que valga ahí.
Y aun así hay una línea que importa. Una cosa es decir lo que pasa, con sus responsables y todo, y otra es agarrar la tragedia y acomodarla. Eso lo hacemos un montón, y al final ni siquiera le sirve a la gente que decimos querer ayudar. Esto lo veo claro porque lo estoy viviendo como muchos venezolanos HOY: tengo gente cercana que a esta hora todavía no sabe nada de los suyos. Desde ahí creo que deberíamos entender que hoy TODO nuestro enfoque debería ir a lo INMEDIATO, a sacar personas, ubicarlas, apoyarlas con lo que tengamos. El resto no se va a ningún lado, va a estar ahí mañana y lo vamos a discutir completo. Pero no es lo primero ahora mismo. O al menos eso creo.
Sospecho que reconstruir el país no va a ser solo cambiar el gobierno y levantar lo que se vino abajo. También es esto, dejar de tratarnos como enemigos cada vez que abrimos la boca. Y sobre todo en un contexto como este, donde discutir para ganar un punto, con la gente todavía bajo los escombros, debería darnos algo de vergüenza.
Este fin de semana debatía con un amigo que me decía que Venezuela modernizó buena parte de su infraestructura bajo dictaduras y que el país, en general, siempre anhelaba esa figura. Mi contraste era que, si bien es un dato histórico real, se centra en lo menos importante.
Por ejemplo, Guzmán Blanco llegó al poder en 1870 y es cierto que en menos de dos décadas decretó la educación pública gratuita y obligatoria, le dio a Venezuela un himno, una moneda, un panteón, y construyó carreteras que conectaron regiones e impulsó los primeros ferrocarriles. Lo hizo, eso sí, endeudando al país con contratos leoninos que garantizaban retornos fijos a empresas extranjeras, independientemente de si los ferrocarriles generaban o no ingresos, y mientras acumulaba una fortuna personal mezclando sin pudor los asuntos del Estado con los suyos.
Gómez, por su parte, estabilizó las finanzas y pagó la deuda externa, sí, pero negoció las concesiones petroleras entregando a las compañías transnacionales condiciones excepcionales con muy poca resistencia estatal, repartió tierras y contratos entre familiares y leales, convirtió el ejército en su guardia personal, gobernó veintisiete años sin contrapeso de ningún tipo y murió siendo uno de los hombres más ricos del continente, con haciendas y propiedades acumuladas desde el poder (solo en Aragua se contaban decenas de fundos) que sus herederos tardaron años en inventariar.
Y Pérez Jiménez dejó autopistas y edificios que siguen en pie, aunque bastante menos de lo que la memoria colectiva le atribuye. Lo que esa memoria suele omitir es que su modelo era enteramente dependiente de la renta petrolera, sin diversificación real; que proyectos enteros quedaron inconclusos; que gobernó con una policía secreta que torturaba opositores en sus sótanos; que desapareció a quien se atravesara; y que cuando cayó en 1958, el país salió a la calle no a lamentarlo sino a celebrar.
El punto no es negar lo que hicieron. Las obras existen, ahí están. El punto es que ninguno de los tres construyó instituciones que sostuvieran lo que levantaron. Cuando se fueron, no quedó un sistema capaz de funcionar solo. Lo que dejaron fueron resultados, no capacidades. Y sin embargo, o quizás precisamente por eso, instalaron una idea que sigue circulando en Venezuela: que el orden fuerte produce y que la democracia es cara y lenta. La paradoja es que ese vacío institucional, ese hueco que dejaron, es exactamente el terreno donde la nostalgia por ellos germina. No se recuerda lo que faltó. Se recuerdan las grandes obras, y la mano dura que las hizo posibles.
Lo que esa idea ignora es que toda obra sin instituciones que la sostengan termina siendo frágil. Venezuela lo ha comprobado varias veces. Y la demostración más reciente y más costosa no viene del siglo XIX ni de los cincuenta: el chavismo llegó con exactamente la misma promesa, el hombre que ordena, las misiones, las viviendas, el Estado que construye, y también terminó por desmantelar lo poco que quedaba de instituciones funcionales. El patrón no es una coincidencia histórica. Es una tentación que se repite porque nunca se resolvió de raíz.
Hoy el país carga con décadas de instituciones erosionadas, servicios que no funcionan y una economía que no genera lo suficiente para quien vive de su trabajo. En ese contexto, la nostalgia por el hombre fuerte que ordena y construye no es solo un error histórico, es una tentación activa. Y no la cura el recuerdo correcto del pasado, sino construir algo que el pasado nunca tuvo: instituciones que funcionen independientemente de quién esté arriba.
Mientras no seamos capaces de distinguir entre un gobierno que levanta obras y uno que construye país, vamos a seguir siendo vulnerables a esa tentación.
He estado leyendo sobre cómo Alfonzo Ravard estructuró PDVSA en 1975 y me quedé pensando en esos cinco principios que subrayé: normalidad operativa, autosuficiencia financiera, gerencia profesional, apoliticismo y meritocracia. Cinco palabras que hoy suenan a ciencia ficción, pero que explican por qué la empresa funcionó durante tanto tiempo, no porque el Estado venezolano fuera virtuoso, sino porque hubo la disciplina de mantener la política afuera. Cuando esa barrera se rompió, entró todo lo demás: incompetencia, clientelismo, y el éxodo de una generación de técnicos que tardó décadas en formarse. La destruyeron decisión por decisión. No fue un accidente, y por eso la solución tampoco va a ser accidental. El que quiera reconstruir algo va a tener que empezar por ahí: instituciones donde el cargo lo dé lo que sabes hacer, no con quién te llevas. Sin eso, lo demás no funciona.
Imagínate que quieres emprender en Venezuela y decides hacerlo todo por la vía correcta:
Registras la empresa, pagas impuestos, llevas contabilidad limpia, cumples con cada requisito. En teoría, eso debería darte estabilidad. En la práctica, te vuelves más visible, más expuesto y más dependiente de un sistema que no es consistente.
Mientras tanto, otro negocio hace lo mínimo necesario para operar, se mantiene por debajo del radar, ajusta sobre la marcha y se protege mejor. No porque sea más capaz, sino porque "entendió mejor" el juego. Y muchas veces termina teniendo más margen, más flexibilidad y menos riesgo.
Ese contraste dice más del sistema que de la gente. Cuando hacer las cosas bien te pone en desventaja, el problema no es cultural ni moral. Es de incentivos. Y los incentivos los define el marco institucional, no la voluntad individual.
Después nos preguntamos por qué cuesta construir empresas sólidas, por qué todo se siente frágil, por qué hay poco largo plazo. Pero es bastante lógico. Si el sistema castiga la formalidad y premia la opacidad, lo que se desarrolla no es tejido empresarial. Es adaptación.
Por eso a mí me cuesta comprar el discurso de “hay que apoyar al emprendedor”. Si el entorno sigue torcido, ese apoyo es superficial. El punto es otro: dejar de penalizar al que intenta hacer las cosas bien desde el primer día.
Porque mientras eso no cambie, vamos a seguir teniendo más gente "aprendiendo a sobrevivir" dentro del sistema que gente construyendo algo que funcione fuera de él.
Y eso, por definición, no escala.
En los países donde las instituciones pierden su fuerza, los símbolos suelen ocupar su lugar. Venezuela es un ejemplo claro. La república, en su sentido más profundo —el gobierno de leyes, el equilibrio del poder, la ciudadanía activa— fue debilitándose durante décadas, hasta quedar reducida, en muchos casos, a palabras repetidas sin sustancia.
En ese proceso, lo simbólico ganó terreno. Se reforzó el culto al escudo, a la bandera, a los héroes. Se llenaron plazas con bustos, avenidas con nombres épicos, discursos con referencias a gestas pasadas.
Como advirtió Germán Carrera Damas en El culto a Bolívar, el problema no es la exaltación de una figura histórica, sino su uso como escudo para justificar el poder sin control. En lugar de instituciones que funcionen, nos ofrecen liturgias patrióticas. En vez de derechos efectivos, lealtades emocionales. Y con eso basta para que el orden se sostenga… mientras dure la inercia.
Pero el símbolo —por más cargado que esté de historia— no reemplaza la función. Una constitución que no se respeta, una elección sin garantías, una justicia selectiva: todo eso va erosionando el contrato ciudadano.
Y cuando el lenguaje institucional ya no tiene sustancia, se vuelve cada vez más fácil manipularlo al antojo del poder. No importa lo que diga la ley, sino quién la dice. No importa el procedimiento, sino el resultado que se quiere obtener. Ahí deja de haber república.
Por eso hoy, lo urgente no es solo resistir el uso vacío de los símbolos, sino recordar lo que alguna vez representaron. Que “ciudadano” vuelva a significar alguien con derechos exigibles. Que “república” no sea una palabra ceremonial, sino una estructura concreta que limite el poder. Que “patria” no sea una consigna manipulable, sino un espacio donde el individuo no tenga que pedir permiso para ser libre.
No es fácil recuperar ese contenido en un entorno como el nuestro. Pero si dejamos de intentarlo, si aceptamos que las palabras no importan, si renunciamos incluso a nombrar con claridad lo que falta, entonces ya no estamos solo frente a un sistema que opera sin contrapesos reales: estamos dentro de una cultura que se acostumbró a vivir sin verdad.
Gol en fuera de juego.
Gol con falta previa a Lamine.
Penalti no pitado a Raphinha.
Roja perdonada al Madrid.
Penalti pitado a Mbappé por piscinazo y anulado por fuera de juego.
Penalti por mano de Tchouameni.
¿Me dejo algo?
🚨 | No hay palabras:
En Carabobo, a siete niños los acusan de terrorismo e incitación al odio luego de que los detuvieran protestando el 29 de julio. La juez les hizo una oferta: se declaran culpables y solo cumplen 6 años en prisión. Tienen entre 15 y 17 años.
Los 7 niños, entre los que hay una niña, fueron torturados. Luego de perder dientes por las torturas y de recibir descargas eléctricas, los 7 grabaron un video diciendo que habían recibido $30 para salir a protestar.
Dos de los jóvenes han expresado su intención de quitarse la vida.
Uno de los niños acababa de pasar a quinto año de bachillerato. Es un prospecto del beisbol. Este año iban los grandes equipos a verlo jugar, cuenta su madre a El Carabobeño.
La madre pasó la semana pasada comprando los útiles escolares de su hijo, con la esperanza de que lo dejaran en libertad. No ocurrió. El niño está deprimido y no come.
El caso de la niña de 16 años es aterrador: fue detenida cenando en la calle con unos amigos. La inculparon de estar generando violencia en las protestas del 29 de julio. Un militar le dijo que si se acostaba con él, la dejarían libre. Ella no accedió. La golpearon y la obligaron a grabar un video inculpando a María Corina Machado. La niña intentó suicidarse.
🇻🇪 | ÚLTIMA HORA
El Teniente Coronel (R) Guillermo Beltrán Vielma, conocido por su valor como ‘Manta’, hace un llamado urgente a todos los patriotas venezolanos a luchar por la libertad del país.
Usa X. Descarga VPN. Comparte posts en X. Comunícate por Whatsapp. No te salgas de los chats.
Venzamos el cerco totalitario.
Hoy más que nunca, para triunfar, es fundamental estar informados.
I've just come back from #Venezuela 🇻🇪 where I spent 2.5 weeks, witnessing the run-up to the presidential vote, and what was arguably the most outrageous election steal in the modern history of Latin America.
I'll share some thoughts below 🧵