Nos pasamos la vida aplazando cosas.
Los cafés. Las llamadas.
Los “te echo de menos”.
Los “ven, que te quiero ver”.
Guardamos abrazos como si se acabaran.
Dejamos palabras en borradores.
Besos que se enfrían. Planes que se caducan.
Y la vida…
la vida va en serio. No espera a nadie.
No pregunta si estás listo.
A veces se va sin despedirse. A veces deja huecos que nadie llena.
Por eso, no dejes que se te pasen las ganas.
Di lo que sientes. Pide perdón.
Manda ese mensaje. Haz esa visita.
Ama sin miedo.
Porque lo único que da más miedo que arriesgar…
es quedarse con las ganas.
El verano se marcha como quien cierra la puerta despacio, sin hacer ruido, dejando aún el olor a sal en la piel y esa nostalgia de canciones que ya solo se escuchan en la memoria. Las tardes se acortan y el sol se esconde un poco antes, pero todavía nos regala esos cielos naranjas que parecen pintados a mano.
Hay una especie de melancolía bonita en la forma en la que septiembre acaricia el aire: el calor se suaviza, la brisa trae promesas nuevas y los planes cambian de ritmo. Nos quedamos mirando las fotos en la galería del móvil como si fueran pedacitos de algo que no queremos soltar.
El verano siempre se despide con un “ya nos veremos” y nunca con un adiós. Y mientras guardamos la ropa ligera en el armario, sentimos que algo también se guarda dentro de nosotros: los abrazos a deshora, las risas en la arena, las noches en las que todo parecía posible.
El verano se va, sí, pero la emoción de haberlo vivido se queda.
Dedicar tiempo.
Porque el tiempo es lo más valioso que le podemos regalar a alguien.
Es hacer un hueco aunque la agenda esté llena.
Porque quien importa, siempre cabe.