Mientras Occidente celebra sus fiestas consumistas, los niños palestinos luchan y lloran cada mañana en las colas de reparto de alimentos de los campos de refugiados de Gaza, por conseguir un simple plato de legumbres.
Hoy más que nunca, la hipocresía de este sistema capitalista queda al descubierto, champagne para unos pocos a costa de la miseria para la mayoría.