Chuchito Roldan dijo que las mejores empanadas del país son las de oriente y que las de Caracas son cualquier verga (verdad) y lo están funando.
Chucho cuando no tiene la boca llena de webos, la tiene llena de factos.
Las mujeres dicen “no tengo idea de qué estoy haciendo” y luego terminan la universidad, emprenden, aprenden a estar solas, viajan, sanan heridas y se reinventan una y otra vez.
El trabajo que están haciendo los rescatistas y familiares para darle sepultura a los suyos no sólo habla de nuestra relación con la muerte, sino con la vida y la dignidad.
Negarse a dejar a alguien bajo los escombros, desafiar la indiferencia y la desidia para honrar una vida.
El hombre moderno ha puesto el estándar tan en el subsuelo, que ser un caballero hoy es una ventaja competitiva desleal.
Seamos dolorosamente honestos: los hombres hemos hecho un trabajo tan pésimo últimamente, que la mayoría de las mujeres llega a una primera cita rogando internamente que el sujeto, como mínimo, no mastique con la boca abierta y no exija dividir la cuenta de un triste café. El nivel actual de la competencia es, para decirlo suavemente, patético.
Y justo ahí, en medio de este océano de mediocres, se abre una oportunidad de oro para los que, en efecto, disfrutamos ser caballeros.
No hace falta reinventar la rueda ni recitar a Borges de memoria. Hablo de aplicar tecnología de punta del siglo pasado: abrirle la puerta del carro, aparecer con unas flores (sí, de esas que hacen fotosíntesis), escribirle una carta a mano, o el revolucionario acto de moverle la silla para que se siente.
¿Quieres ver cómo le explota la cabeza? Planifica la maldita cita. "Paso por ti a las 8, ponte algo cómodo, vamos a tal sitio". Fin. Quítale el peso sociológico de tener que tomar una decisión más en su agotador día.
Y luego está la cereza del pastel: escúchala. Hacer el esfuerzo sobrehumano de oír lo que dice, guardar el dato en ese disco duro que llamamos cerebro, y responder a ese comentario horas (o días) después, sin que ella tenga que pedírtelo. Magia negra, lo sé. Es un nivel de brujería que las deja absolutamente descolocadas, simplemente porque los demás ya no lo hacen.
Allá afuera, la fórmula de moda es nefasta: la ley del mínimo esfuerzo. Todo el mundo anda con una calculadora emocional viendo cómo dar menos y exigir más, en una guerra de trincheras donde ambas partes terminan perdiendo miserablemente. Pero cuando dejas de competir por ser el más apático y aplicas estos "complejos" algoritmos de decencia humana, rompes la matrix del egoísmo moderno.
Ella baja las defensas y empieza a sumar. Y es ahí cuando creas un ecosistema de verdadera reciprocidad, de una forma absurdamente sencilla.
Destacar entre un mar de mediocres nunca había sido tan fácil. Entonces, hombres, vamos a empezar a ser caballeros.