Al acto de lectura de mi tesis doctoral acuden cinco miembros del tribunal calificador, un director y una persona acojonada. El tribunal se constituye en un par de minutos, durante los cuales el director y la persona acojonada permanecen en el pasillo hablando de sus cosas. (En realidad, sólo habla el director porque la persona acojonada ya tiene bastante trabajo intentando coordinar el equilibrio bípedo con la respiración pulmonar). Transcurrido ese tiempo, el director y la persona acojonada son llamados y entran en la sala de juntas.
Una vez sentado todo el mundo, el presidente del tribunal (que suele ser el de voz más penetrante) introduce la sesión y presenta a la persona acojonada, que exteriormente parece escuchar pero que interiormente se está felicitando por haber recordado cómo funciona una silla. A continuación, la persona acojonada dispone de unos quince minutos para exponer un resumen de su tesis de más de 300 páginas. En ese momento, la persona acojonada se aferra al guión de su intervención como una pequeña rata inane se aferraría a la ubre salvadora de su madre.
Sorprendentemente, y pese a que los augurios de los días anteriores anunciaban una descoordinación verbal con atragantamiento y desmayo incluido, la persona acojonada consigue llegar al final de su exposición sin sufrir un colapso coronario. Poco a poco, mal que bien y sin apenas saber lo que ha dicho pero (¡importantísimo!) habiéndolo dicho, la persona acojonada empieza a calmarse y a volver a sentir el mundo bajo sus pies.
Cada uno de los miembros del tribunal intervienen entonces con discursos insultantemente tranquilos y coordinados, realizan preguntas sólo para cumplir con el trámite y, al final de todas las intervenciones, la persona ya no tan acojonada consulta las notas que ha tomado con un pilot azul y aclara con extraña seguridad todas las dudas planteadas.
El director realiza a continuación un breve monólogo, dedicado fundamentalmente a restarle importancia a los piropos recibidos por parte del tribunal; y después, tanto él como su dirigido (que, a esas alturas, ya cree medir más de dos metros) abandonan la sala para que el tribunal delibere.
Pasados unos minutos, el director y la persona de dimensiones gigantescas son nuevamente convocados. La persona de dimensiones gigantescas se dirige otra vez a su silla (que ya le parece trono engalanado), se acomoda en ella y, nada más acomodarse, se apercibe de que todos los demás están en pie. La persona de dimensiones gigantescas sonríe, rectifica con dignidad y se planta humildemente, desde su grandeza, para recibir su inmejorable calificación.
Consumatum est.
Gaudeamus.
Sobre venir a casa sin avisar para compartir una buena noticia, la ilusión de la libertad reducida a lo que se elige, y la potencia del sí a lo no elegido.
Leed hoy, si podéis, a @anairissimon:
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¿Habéis visto el spot navideño de Scalpers? Estemos o no de acuerdo con el Jesucristo que nos muestra, por fin una marca que pasa del Santa Claus, con mensaje para pensar.
«La cuestión es esta: ¿tú qué quieres celebrar? ¿Una fecha, una tradición o una forma de nacer y de vivir?»
Mañana es un día muy especial. Es la primera presentación de mi primera novela. La vamos a hacer en la universidad para mis alumnos, por eso no os he avisado a todos, pero haremos otra en una librería a la que os animaré a venir si queréis asomaros a lo que hago. Q nervios!!!