Diego Amarante, un juez con pelotas. Se niega a mandar la causa de la AFA a Campana y decide investigar a la mafia. Prestigia a la justicia. Ojalá hubiera muchos jueces como él !
El de la izq dijo que había que privatizar las ballenas y hacer trabajar a nenes.
El del medio le regalo un título doctoral a Milei.
El de la derecha vende tierras a extranjeros.
Los Benegas Lynch la casta libertaria
Sobre la frustrada Ley de Tierras, algunas conclusiones.
La primera. El Gobierno se obsesionó con aprobarla como fuera para no mostrar una derrota política. Fueron tan burdas las presiones, tan desesperadas las maniobras y tan grotescas las idas y vueltas que terminaron consiguiendo exactamente lo que querían evitar: un papelón monumental. Quisieron esconder una derrota... y terminaron haciéndola mucho más grande.
La segunda. El caso del senador libertario Benegas Lynch es un escándalo en sí mismo. Su vinculación con Glocal, una empresa dedicada a la comercialización de campos, hacía inevitable discutir un conflicto de intereses de enorme gravedad. En cualquier República seria, eso habría bastado para exigir explicaciones, apartarlo del tratamiento del proyecto y, si correspondiera, aplicar las sanciones que la ley prevé.
La tercera. Los libertarios de paladar negro hoy lloran porque la derrota les rompió el relato de la invencibilidad. Pero todavía más patético es el papel de los conversos. Esos exrepublicanos que un día se pintaron de violeta por conveniencia creyendo que iban a formar parte del círculo. Nunca entendieron que, para los "puros", jamás serán de los suyos.
No los consultan. No los escuchan. No deciden nada. Apenas los cuentan cuando hace falta un voto, un aplauso o una mano levantada. Después vuelven a ser invisibles. Y, aun así, siguen obedeciendo con una disciplina que ya ni siquiera les garantiza un lugar en la foto.
A ellos no les hablo. Ya eligieron.
A los republicanos les digo otra cosa: tengamos memoria. Memoria de todos y de cada uno. De los que hoy justifican cualquier atropello con tal de no incomodar al Gobierno. De los que aplauden hasta los silencios del poder. De los que levantan la mano cuando se los ordenan. De los que cambiaron convicciones por conveniencia, principios por cargos y la República por un color.
Porque el experimento libertario no será eterno. Y cuando llegue el momento de despegarse, muchos van a borrar fotos, reescribir discursos y jurar que siempre estuvieron del lado correcto de la historia. Que no puedan. Que nuestra memoria les recuerde, una y otra vez, dónde estuvieron cuando había que elegir entre la República y la obediencia. A no olvidar.