El chico aseguró la puerta. Ahora, nada podía entrar. Ni salir. Estaban atrapados. Al voltear su cuerpo hacia el hombre, la imagen que descubrió de él le pareció patética. Sus manos estaban intentando soltarse los pantalones, pero no daban. No daban. La situación se volvió tan +
Ni un agradecimiento, ni un atestiguar cómo se habían sentido dador o tomador. Lo que acababa de suceder se disipaba con la misma discreción que la conversación compartida en la barra del bar. Una quimera, de no ser por la prueba falible de su sabor meloso adhiriéndose a su >
+ algún punto, el joven lo miró a través de las gafas.
Entonces lo supo. No iba a hacer por él más que aquello. En cuanto terminó con su pantalón, dio un paso atrás y reposó la espalda contra la pared. Sus ojos descendieron hacia +
La engorrosa explosión que le subió hasta por los intestinos lo mantuvo vulnerable unos segundos. El calor en su cuerpo, el derretimiento en su mente. No podía detener los síntomas aunque se resistiera. Al final, el flujo blanco se desparramó en la boca del hombre que lo estaba +
Entre sus piernas, el hombre trabajaba a destajo, con la ceguera de un topo. Se resistió a volver a levantar cabeza. Lo mantenía impersonal, práctico. Despersonalizaba al sujeto reduciéndolo a los únicos atributos suyos a los que tenía acceso. Arañar superficies estaba vetado. >
+ luego, así que tras otear su alrededor... lo siguió como si realmente no tuviera a mano la opción de frenar aquello y marcharse. Nadie le estaba apuntando con una pistola. —Que sean sesenta. —Aquello lo dijo tras acceder al interior con él. Cincuenta le valían, pero sesenta +
Había algo mal en su cerebro. Algo que no funcionaba correctamente en su cabeza. Mientras aquel hombre se la chupaba, lo único en lo que podía pensar era en cuánto se alargaría todo ese teatrillo en el que se encontraban sumergidos. ¿Segundos? No correría esa +
Las rodillas de Declan llevaban ya un rato acusando el peso de la postura. La espalda también estaba resentida. A sus 43 años se veía transitando peligrosamente hacia los inexorables achaques de un viejo, pero era duro y siempre había sido obcecado. No desfallecía; desde fuera >
+ bastante bien. Y un rubor en las mejillas que él mismo se condenaba.
Se dio cuenta que, de tanto mirar para abajo, las gafas empezaron a resbalarse de la fachada de su cara. Las tenía flojas, así que con la mano libre se las recompuso. Un gesto que no significaba +