El Dr. Nicolás Olea es catedrático de Radiología y Medicina Física de la Universidad de Granada y dirige un grupo multidisciplinar que estudia medioambiente y salud, con especial atención en la relación entre disruptores endocrinos y cáncer.
La fábula de la olla:
Una rana cae dentro de una olla llena de agua a temperatura normal.
El agua se calienta con un fuego muy suave, subiendo el calor muy despacio.
La rana siente el agua tibia, se acopla al cambio y nada feliz sin notar el riesgo.
El calor sube más y más, pero el cuerpo de la rana se adapta de forma lenta hasta que el agua empieza a hervir y la rana muere.
Moraleja: la historia avisa sobre el peligro de aguantar situaciones dañinas solo porque cambian despacio.
Aplicate el cuento.
Creo que la diferencia está en la psicología. En un casino o en una lotería el resultado es esencialmente aleatorio y no puedes obtener una ventaja analizando el comportamiento de otros jugadores. En un mercado, en cambio, el precio también refleja el comportamiento humano. Si entiendes la psicología de masas, los sesgos y los patrones del mercado, puedes tener una ventaja estadística. No garantiza acertar, pero tampoco es simplemente tirar una moneda.
La ley antitabaco de Mónica García no busca proteger a los no fumadores.
Busca ahorrar dinero al Estado.
Y sí, estoy completamente a favor de proteger a los no fumadores.
No tengo por qué respirar el humo de nadie en una terraza o en la puerta de un bar.
Pero no nos vendan esto como un acto de altruismo.
El Estado recauda unos 6.400 millones de euros al año con el tabaco.
El tabaquismo le cuesta al Sistema Nacional de Salud unos 8.000 millones.
Mi conclusión es clara: cuando una actividad le cuesta más dinero del que ingresa, el Gobierno actúa.
No porque le preocupe más tu salud.
Porque le preocupa su cuenta de resultados.
Los datos están ahí.
Que cada uno saque sus conclusiones.
Y la historia no acaba cuando cobras la nómina.
Con el dinero que te queda vuelves a pagar IVA, impuestos especiales, impuestos municipales, tasas...
Pagamos cuando trabajamos.
Pagamos cuando compramos.
Pagamos cuando ahorramos.
Pagamos cuando invertimos.
El debate no debería ser solo cuánto pagamos.
También qué recibimos realmente a cambio.
Yo no tengo ningún problema en pagar impuestos.
Quiero una buena sanidad, una buena educación, seguridad, infraestructuras y ayudas para quien las necesite.
El problema no es pagar.
El problema es cuando quienes administran ese dinero actúan como si fuera suyo.
Cada euro que recauda el Estado sale del esfuerzo de millones de personas.
Y quienes lo gestionan deberían responder por cada euro que gastan.
Es muy fácil decir que un empresario paga poco cuando nunca has tenido trabajadores a tu cargo.
El día que tienes que pagar nóminas, cotizaciones, bajas, vacaciones, indemnizaciones, seguros y asumir el riesgo de que un mes las cuentas no salgan...
Empiezas a entender que la realidad es mucho más compleja que "el jefe se queda el dinero".
No todos los empresarios son buenos.
Pero tampoco todos son explotadores.
Ojalá saliéramos a la calle por nuestros derechos con la misma fuerza con la que salimos a celebrar un Mundial.
Y no, no estoy criticando a quien celebra una victoria.
Al contrario.
Las alegrías hay que celebrarlas.
Hay que abrazarse con desconocidos, cantar, disfrutar y sentirse parte de algo.
Lo que me da pena es que esa unión solo aparezca para el fútbol.
Porque cuando hay corrupción, cuando gestionan mal nuestro dinero, cuando empeoran la sanidad, cuando la vivienda se vuelve inaccesible o cuando nuestros derechos retroceden...
Cada uno protesta desde el sofá.
Nos quieren divididos por ideologías, por equipos, por generaciones y por cualquier otra excusa.
Pero cuando salimos todos juntos a la calle demostramos que, si queremos, somos imparables.
Ojalá esa fuerza no apareciera solo para celebrar.
También para exigir responsabilidades, denunciar la corrupción y recordar a quienes gobiernan que el poder no es suyo.
Es nuestro.
La Unión Europea nos está tomando el pelo con el plástico.
Nos quita el plástico de los packs de botellas.
Pero permite que cada vez haya más comida envuelta en plástico.
¿Soy el único que no entiende nada?
Antes ibas a la carnicería, a la pescadería o a la tienda del barrio. Te servían al momento y apenas había envases.
Ahora todo son bandejas, film transparente y productos envasados para ahorrar mano de obra y aumentar el beneficio de las grandes superficies.
Menos trabajadores.
Más plástico.
Y mientras tanto, Bruselas se preocupa por el plástico que une cuatro botellas.
¿De verdad ese es el problema?
Cada vez ponen más normas al consumidor y menos al modelo que genera toneladas de envases innecesarios.
A veces me pregunto si quienes hacen estas leyes no ven la contradicción, si les da igual o si simplemente prefieren mirar hacia otro lado.
Si de verdad quieren reducir residuos, deberían favorecer el comercio de proximidad y dejar de incentivar un modelo basado en venderlo absolutamente todo envuelto en plástico.
@melgarejo_68095 Si eso fuera cierto, hay una pregunta incómoda: ¿quién educó a los que hoy llamamos "generación de cristal"? Porque fueron precisamente los hijos de esa generación tan disciplinada y de valores tan sólidos. Quizá la realidad sea bastante más compleja que idealizar una época.
Hay una verdad incómoda sobre la presión estética que casi nadie quiere decir.
Muchas mujeres sienten que tienen que estar delgadas, guapas, depiladas, maquilladas, con curvas, con tacones, con labios perfectos y siempre sexys.
Y muchas veces esa presión se atribuye a las expectativas de los hombres.
Pero hay una parte de responsabilidad colectiva que también existe.
Porque los hombres podrán tener sus gustos.
La publicidad podrá vender inseguridades.
Instagram podrá premiar cuerpos imposibles.
Pero si las mujeres, como colectivo, dejan de comprar esa mierda, esa mierda pierde fuerza.
No hace falta vivir maquillada como una puerta.
Ni destrozarse los pies con tacones.
Ni operarse la cara.
Ni rellenarse los labios.
Ni esconder cada supuesto defecto.
Entiendo querer estar guapa.
Entiendo querer sentirse sexy.
Entiendo querer gustar.
Lo que no entiendo es sufrir para agradar a alguien.
Porque si para seducir a una persona tienes que ir incómoda, fingir, esconderte o convertirte en una fachada, ¿de qué te sirve conquistarla?
Esa persona no te quiere a ti.
Quiere el personaje que has construido para gustarle.
Yo quiero que mi mujer esté guapa, que se cuide y que se sienta atractiva.
Pero, por encima de todo, prefiero verla cómoda, tranquila, relajada y feliz.
La sociedad impone muchas cosas.
Pero los colectivos también pueden decidir qué normas dejan de obedecer.
No estoy invirtiendo para que mi hijo sea rico.
Estoy invirtiendo para comprarle tiempo, oportunidades y libertad.
Quiero enseñarle el valor del esfuerzo, del ahorro y de hacer las cosas con cabeza.
Y mientras aprende todo eso, el dinero seguirá creciendo.
No tengo ninguna prisa por dárselo.
Mi objetivo no es que empiece su vida adulta con un coche mejor que el del vecino.
Mi objetivo es que no tenga que aceptar el primer trabajo por necesidad, que pueda formarse si quiere, emprender si le hace ilusión o dar la entrada de una vivienda sin empezar su vida ahogado.
Porque la mejor herencia no es un patrimonio.
Es la libertad de poder elegir tu propio camino.
Nos han vendido el coche equivocado.
Cada vez tengo más claro que los japoneses acertaron con los kei cars.
Pequeños, ligeros, fáciles de aparcar, consumen poco y ocupan el espacio justo para mover a una o dos personas.
Mientras tanto, en Europa seguimos llenando las ciudades de SUV de más de dos toneladas y 400 o 500 CV para llevar a un niño al colegio o ir a comprar el pan.
Luego nos hablan de sostenibilidad.
¿No sería más lógico incentivar coches pequeños y eficientes que seguir fabricando auténticos mastodontes para un uso completamente urbano?
Menos espacio ocupado.
Menos consumo.
Menos emisiones.
Y ciudades mucho más habitables.
Pero seguimos premiando justo el modelo contrario.
Nos han vendido el coche equivocado.
Cada vez tengo más claro que los japoneses acertaron con los kei cars.
Pequeños, ligeros, fáciles de aparcar, consumen poco y ocupan el espacio justo para mover a una o dos personas.
Mientras tanto, en Europa seguimos llenando las ciudades de SUV de más de dos toneladas y 400 o 500 CV para llevar a un niño al colegio o ir a comprar el pan.
Luego nos hablan de sostenibilidad.
¿No sería más lógico incentivar coches pequeños y eficientes que seguir fabricando auténticos mastodontes para un uso completamente urbano?
Menos espacio ocupado.
Menos consumo.
Menos emisiones.
Y ciudades mucho más habitables.
Pero seguimos premiando justo el modelo contrario.
Francesc, penso exactament el mateix.
Cada vegada que veig un model nou em fa la sensació que els cotxes han perdut el nord. Els fan més grossos i més grossos, però l'espai que tenim per circular o aparcar continua sent el mateix.
Sincerament, no hi trobo cap lògica. És una mica demencial.