Que verga con la gente que se queja de que se politicen las cosas.
Acaso no se dan cuenta que vivimos en sociedad? Creen que las cosas ocurren de forma aislada?
Justo como dijo el vato de Proyecto Escolar, deberíamos incomodar más a los políticos y servidores públicos. No es posible que ellos anden tan tranquilos y pasen cosas como lo que le hicieron a Jonathan y su familia en Atizapán.
Quieren defender al gobierno con la nacionalidad de un asesino pero eso los deja aun peor.
A qué nivel de impunidad llegamos que un extranjero tiene acceso fácil a armas y a formar parte de un cartel de extorsión o fraude inmobiliario; no se le revisan papeles ni antecedentes, no se le exige regularizar su situación migratoria, muy probablemente hay denuncias contra sus fraudes y ninguna autoridad hace nada hasta que mata a una familia entera entonces sí: “no generalicemos, hay gente buena y gente mala, pasa aquí y en china, es un ajuste de cuentas”.
Ya normalizaron la impunidad y ahora hasta la defienden.
@_elch27@punkmatacarita No hable de nacionalidades. Hable de un país donde no hay acceso a la justicia, donde es bien normal “cobrar las cuentas” , donde a la gente se le hace fácil recurrir a la violencia.
Vale madre de donde era el asesino, pudo ser de Marte.
@punkmatacarita Explicame lo del racismo y clasismo q neta ni entendí q tiene que ver
Se politiza xq vivimos en un país donde tenemos un sistema de justicia tan nulo q la gente se envalentona para cometer estos crímenes. Por cierto el asesino ya tenía denuncias por otros delitos y estaba libre
@JohananVal El asesino ya tenía denuncias por fraude. Tal vez se pudo prevenir si hubiera enfrentado consecuencias antes.
No nos hagamos tontos. Vivimos en un país con tan poco acceso a la justicia que a la gente se le hace fácil cometer delitos por cualquier mamada.
No deberíamos estar pensando si alguien “andaba en malos pasos” para justificar que lo asesinen.
Mataron a una familia entera, hasta a su perro, por 300 mil pesos. Una vida no puede valer eso. Ninguna familia debería vivir con miedo.
Ante el cobarde asesinato de mi amigo Honas Meléndez, de su esposa embarazada, de su hija de tres años y de una joven de 21 años, quizá lo más cómodo sea decir: “fue un psicópata”.
Encerrar el horror dentro de una sola mente nos permite colocarnos a salvo, del lado de los normales. En el crimen también murió el perrijo de la familia y sobrevivió un niño de seis años, quien hoy despertó huérfano y tendrá por siempre el horror de haber presenciado cómo su familia fue ultimada.
El responsable es responsable por entero. Nada de lo que una sociedad tolere disminuye su culpa ni convierte el asesinato en inevitable.
Pero una persona no llega de un día para otro a mirar a una mujer embarazada, a una niña, a un hombre y a un animal como si fueran cosas que podían eliminarse por dinero o venganza.
Para llegar hasta ahí tuvo que desaparecer algo mucho antes: el reconocimiento de que la vida del otro es tan válida como la propia.
La inhumanización no sucedió anoche; lleva años formándose, alentada por una cultura inhumana en la que conviven nuestros hijos hoy.
El horror no comienza con un arma. Comienza cuando la crueldad se confunde con el carácter, cuando humillar da prestigio, cuando dominar parece poder, cuando el dolor ajeno se vuelve entretenimiento en redes sociales, y construimos canales de amarillismo que rápidamente se vuelven los más vistos, y la impunidad en la que vivimos enseña que destruir a otro no tiene consecuencias y que el gobierno está aliado con los malos.
Vemos el precipicio. Pero no vemos lo que nos condujo hasta el borde.
Nos conviene llamar “monstruo” a quien mata porque los monstruos parecen venir de otro mundo. Pero los asesinos nacen, crecen y aprenden entre nosotros. Una sociedad no aprieta el gatillo, pero puede ir quitándole peso moral a la vida ajena hasta que alguien llega a sentir que tiene derecho a quitarla.
Por eso, este crimen no solo exige un castigo. Exige un espejo.
Que haya justicia para Honas, para su familia y para todas las víctimas. Pero que el culpable no se convierta en nuestra coartada para hacernos sentir inocentes.
Solo pienso en el terror de morir presenciando cómo ultiman a tu esposa embarazada y a tu hija, y en la angustia de que no encuentren a tu hijo. Nadie merece morir así.
Eso me hiela el corazón solo de pensarlo. Porque si esto le pasó a Honas, en este país, nos puede pasar a cualquiera que viva aquí.
La pregunta no es únicamente quién pudo hacer algo así.
La pregunta verdaderamente incómoda es:
¿Qué formas de violencia e inhumanización estamos normalizando hoy sólo porque todavía no producen cadáveres?
Lloro la terrible tragedia no solo la de Honas, sino también la de su familia, de sus padres, de sus hermanos de CVII, de sus amigos, de sus fans. Y de todos los que alguna vez conocimos el buen corazón que él tenía.
Y, como muchos, también me pregunto:
¿Cómo permite Dios este tipo de atrocidades?
Pero la pregunta que más me indigna es: ¿cómo permite México que esto pase?
¿Alguien sabe el nombre de la trabajadora del hogar de 21 años que fue asesinada en el multihomicidio en el que murió Jonathan Meléndez, integrante de Camilo Séptimo?
He buscado en distintos medios y no encuentro su nombre: es “la trabajadora doméstica”, “la empleada”, “una femenina de 21 años”.
Esto también podemos ver cómo funciona el indignómetro.
Hay muertes que importan más que otras, muertes que generan indignación, cobertura, preguntas sobre quién era esa persona, qué hacía, quién la quería, qué vida tenía.
Y hay otras personas que son asesinadas y ni siquiera parecen merecer un nombre.
Yo quiero saber quién era.
Quiero saber su nombre.
Quiero que la nombremos y quiero que sea nombrada.
Porque ella también fue víctima de ese multihomicidio. Su muerte no debería quedar reducida a “la trabajadora del hogar”.
Las mujeres trabajadoras y precarizadas también merecen que nos preguntemos quiénes eran cuando les arrebatan la vida.
También merecen duelo, memoria e indignación.