El álbum de Age Of Twelve ya está disponible en todas las plataformas.
12 canciones que resumen todo un año de trabajo y dedicación y que están fuera del algoritmo, pero dentro de nuestro alma.
Seguramente te guste si alguna vez estuviste fuera de lugar.
https://t.co/9QAH7Mflrp
En 1927, une jeune chercheuse russe entra dans un café berlinois pour déjeuner et remarqua quelque chose d'étrange dans le comportement du serveur, ignorant que cette simple observation allait changer la psychologie à jamais.
Je me suis approché du serveur et je lui ai demandé quelque chose de très simple…
Quelques semaines plus tard, cette observation fortuite s'est transformée en l'une des découvertes les plus célèbres de la psychologie au cours du XXe siècle.
Aujourd'hui, cette coïncidence permet d'expliquer pourquoi de nombreux adultes ressentent une fatigue légère et persistante, même lorsqu'ils ne pratiquent aucune activité physique particulièrement intense.
La chercheuse s'appelait Bluma Zegarnik. Elle avait 26 ans. Elle était arrivée à Berlin pour étudier dans le laboratoire de Kurt Lewin, l'un des psychologues les plus influents de l'époque.
Lewin étudiait le fonctionnement de l'esprit dans la vie réelle, au quotidien, et non pas seulement dans des conditions artificielles de laboratoire.
C’est cette approche qui a conduit Zegarnik à une observation qui a radicalement changé notre compréhension de la mémoire et de l’attention.
Ce soir-là, Zigarnik est allée dans un café avec un groupe de collègues. Ils ont commandé beaucoup de plats. Le serveur s'est souvenu de toutes les commandes sans rien noter et les a servies correctement, sans aucune erreur.
Après avoir réglé l'addition, tout le monde s'apprêtait à partir. Arrivée à la porte, Zegarnik se souvint qu'elle avait oublié quelque chose sur la table et fit demi-tour.
Je me suis approché du même serveur et je lui ai simplement demandé :
Pourriez-vous nous retourner ce que nous avons commandé aujourd'hui, s'il vous plaît ?
Le serveur la regarda avec surprise. Il ne se souvenait d'aucun détail concernant la commande.
Quelques minutes auparavant, il avait parfaitement mémorisé toutes les informations. Mais maintenant, le compte clôturé et l'argent encaissé, toutes ces informations avaient disparu comme si elles n'avaient jamais existé.
Pour Zegarnik, cet incident a été le point de départ d'une importante question de recherche : pourquoi le cerveau se souvient-il des choses inachevées et oublie-t-il celles qui sont terminées ?
De retour au laboratoire, elle mit au point une expérience simple.
Les participants ont reçu une vingtaine de tâches différentes. La moitié d'entre eux ont pu les mener à bien, tandis que l'autre moitié a été interrompue à mi-chemin et invitée à passer à une autre activité.
Je leur ai ensuite demandé : Quelles tâches avez-vous accomplies aujourd'hui ? Veuillez les énumérer.
Les résultats ont été cohérents et clairs dans toutes les itérations de l'expérience.
Les participants se souvenaient des tâches interrompues (incomplètes) presque deux fois plus souvent que des tâches terminées.
Les tâches en suspens ne s'évanouissaient pas facilement. Elles continuaient d'occuper une partie de la mémoire et de l'attention, comme si elles exigeaient d'être reprises et achevées.
Zeigarnik a publié ses résultats dans une revue de psychologie allemande en 1927. Aujourd'hui, ce phénomène est connu sous le nom d'« effet Ziegarnik ».
Près d'un siècle s'est écoulé. L'adulte d'aujourd'hui vit dans des conditions que Zygarnik n'aurait jamais pu imaginer.
Il a des dizaines de choses inachevées en même temps : une lettre sans réponse, une conversation importante reportée, un projet inachevé, un problème familial non résolu.
Tout ce qui reste inachevé occupe une partie de l'esprit en arrière-plan, comme une commande oubliée par un serveur. Et plus les choses inachevées s'accumulent, moins il reste d'énergie pour vivre normalement.
Y a veces, los bichos y las cosas un poco pochas… tienen una belleza especial que el plástico nunca podrá replicar.
Como un fallo en un tiempo verbal en una canción de Extremoduro, o esas perspectivas de Toriyama que no estaban del todo bien en alguna viñeta.
Eran… Humanas.
Ya no vamos a ver nada nuevo de Akira Toriyama, ni de Clint Eastwood.
No nos van a sorprender con un Nekomajin o un Gran Torino que nadie esperaba.
Uno está muerto, el otro retirado.
Tengo la sensación de que todo es un poco “de plástico”, como esas plantas que hay en la sala de espera de los dentistas, que adornan y hacen bonito pero nunca tienen bichitos ni se ponen mustias si alguien se olvida de regarlas.
@YedaiJamao Aquí uno de los que leían la Hobby en esa época y que participó… y que cuando vio tu diseño entendió por qué habías ganado (el mío era un mojón, la verdad sea dicha 🤣).
Tu mascota y el cómic molaban mucho.
PD: qué grande que aún conserves la consola.
En 1993 gané este concurso de Hobby Consolas diseñando la "mascota oficial" de NeoGeo. Muchas veces me han preguntando qué pasó después, pero la historia es más sencilla de lo que parece (sigue)
NADA ES COMPARABLE A A LA DICHA DE AMAR
Historia del erizo Descartes
Descartes era un erizo y vivió en mi jardín durante ocho años. Durante uno de mis paseos por la estepa castellana, me interné en un pequeño barranco. Ese día, las nubes parecían brevas incendiadas en un cielo nazareno y un verde melancólico subía y bajaba por los valles, levemente ondulado por un viento frío. Al fondo del barranco, serpenteaba un arroyo, con fresnos, chopos y sauces muertos que se quemaron durante un incendio acaecido hacía una década. Los troncos ya no estaban carbonizados. Ahora exhibían una palidez fantasmal, casi de osario. Atisbé el agujero en un tronco y me pregunté si era el hogar de un búho, una lechuza o un autillo. Bella, una perrita fiel y afectuosa que a veces me acompañaba durante mis paseos, comenzó a ladrar junto al agujero. No cesaba de mover la cola y escarbar, pero el árbol —muerto y petrificado— era una barrera infranqueable para sus uñas. Intrigado, me aproximé y, no sin cierto miedo, exploré el tronco con la luz de un teléfono móvil. Descubrí un bulto de color marrón que bufaba lastimosamente. Parecía un erizo, pero muy pequeño. Me había cruzado muchas veces con ejemplares adultos, especialmente en las noches de verano, cuando la oscuridad marca el inicio de su travesía diaria para buscar alimento. Siempre me había sorprendido su tamaño y su ruidosa respiración, que raramente pasa desapercibida. Es difícil no simpatizar con un erizo, con sus ojos negros, su vientre blanco y su morro afilado. Cuando levantan la cara, descubres una mirada curiosa y sin malicia.
Schopenhauer explicó las relaciones humanas, empleando el símil de un grupo de erizos que combaten el frío, aproximándose unos a otros. Las púas les obligan a mantener cierta distancia, pero el calor que desprenden los cuerpos actúa como un imán. La metáfora no reproduce un comportamiento real, pues los erizos son solitarios, al igual que el filósofo alemán, cascarrabias notable y solterón empedernido. Sin embargo, la fábula expresa el miedo a la soledad y el temor de sufrir por un exceso de cercanía con los otros. El equilibrio es la solución, pero el justo medio representa la perfección y la perfección no es una meta humana, sino un sueño.
Pensé en alejarme, pero los gemidos me inspiraron lástima e introduje el brazo en el tronco. Noté las púas con la punta de los dedos, pero no se erizaron ni opusieron resistencia. Cuando al fin pude agarrarlo, el erizo se estiró en las palmas de mis manos, casi como si fuera a desmayarse. Siempre he convivido con animales y advertí que sufría un agudo cuadro de deshidratación: piel seca y arrugada, respiración agitada, fuertes latidos cardíacos, ojos hundidos, confusión. Era un cuadro de shock que reflejaba falta de flujo sanguíneo. Si lo dejaba allí, moriría en pocas horas. Lo envolví en mi gorro de lana y regresé a casa apresuradamente, mientras Bella ladraba sin parar. Una deshidratación es reversible, si actúas con rapidez. Abrí la puerta del garaje y busqué el biberón que había utilizado para alimentar a Bella, abandonada con solo unos días de vida.
No sé si es el síntoma de un incipiente síndrome de Diógenes, pero tiendo a conservar los objetos con cierto valor sentimental, por muy insignificantes que sean. Cuando recogí a Bella, el veterinario me advirtió que sus posibilidades de sobrevivir eran escasas y que solo se salvaría alimentándola cada dos horas, lo cual me obligó a interrumpir mi sueño durante semanas con un despertador y a utilizar como guardería el departamento del instituto donde impartía filosofía, aprovechando los huecos entre clase y clase para darle el biberón. Si no hubiera obrado de ese modo, Bella habría muerto de hipoglucemia. El director del centro y el inspector de zona eran buenas personas y no pusieron ningún inconveniente. Los padres no se molestaron y los alumnos me ayudaron encantados. Bella salió adelante, pero ahora me enfrentaba a un nuevo reto y ya no se trataba de un perro, sino de un erizo.
El destino y mis manías se habían aliado para salvar al biberón de su previsible condena al cubo de la basura. Era una buena señal. El pequeño erizo colaboró desde el principio, mordisqueando el chupete. Dos días más tarde, se hallaba totalmente recuperado y se paseaba por la cocina, buscando algo que comer. Bella aceptó su presencia, sin molestarle, salvo para intentar jugar, algo que nunca consiguió. El veterinario me dijo que podía alimentarlo con pienso de gato pequeño, pero me advirtió que era un animal salvaje y que la ley prohibía conservarlo como mascota. El erizo aceptó el pienso encantado. En menos de una semana, su volumen y su peso se habían incrementado notablemente.
Lo saqué al jardín y le abrí la puerta invitándole a regresar a la naturaleza, pero no mostraba ningún interés por alejarse. No sin mala conciencia, lo llevé al campo y lo dejé en libertad, pero a las pocas horas lo encontré de nuevo en el jardín. Había empujado una precaria alambrada con el hocico, levantándola unos centímetros. Era un hueco insignificante, pero suficiente para su cuerpo elástico y menudo. Bella ladraba encantada, con la alegría del que recupera a un amigo. A los pocos minutos, el erizo comía otra vez pienso de gato. Me acosté y por la mañana comprobé que seguía en el jardín. Con unas hojas y unas ramas, se había construido una especie de nido y dormía tranquilamente, roncando a pierna suelta. Compré un bebedero para conejos y lo sujeté en la pared de la casa con un clavo. El erizo aprendió a usarlo enseguida, demostrando una inteligencia despierta y un agudo sentido de la supervivencia. Pasaron las semanas y, salvo algunas escapadas, se pasaba la mayor parte del tiempo en mi jardín. De día, dormía; de noche, husmeaba por los rincones y se comía su ración de pienso. Hablé con el padre de un alumno, que era guardia civil, y le expliqué la situación. Se rio y me comentó que debería avisar a Seprona, pero me aclaró que yo no retenía al erizo, por lo cual no me podían acusar de mantener en cautividad a un animal salvaje.
—Tienes un okupa en tu jardín —comentó, divertido—. A ver qué haces.
No hice nada. Cuando llegó el invierno, compré una caseta para perros y coloqu�� hojas secas en su interior. El erizo entendió que era el lugar idóneo para hibernar y se enterró entre las hojas, iniciando su período de letargo. Durante ocho años, comió, paseó, dormitó e hibernó en mi jardín. Comía de mi mano, aceptaba mis caricias, y si me sentaba a su lado, trepaba por mis rodillas, alzando el hocico para mirarme a los ojos. Yo pensaba en el zorro domesticado de El principito, explicándole al joven de pelo rubio y ojos soñadores que domesticar significaba en realidad «crear vínculos». «Si tú me domesticas —explicaba el zorro—, tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo… Si tú me domesticas, mi vida estará llena de sol».
Cuando entendí que el erizo no se marcharía de mi jardín, salvo para breves excursiones en época de celo, decidí ponerle un nombre. Era un macho y Descartes me pareció una buena opción. Hegel escribió: «la lechuza de Minerva inicia su vuelo al caer el crepúsculo». Desde entonces, la lechuza es el animal emblemático de la filosofía, pero yo creo que el erizo, solitario y ensimismado, dubitativo y profundo, expresa mejor el esp��ritu filosófico. Me atrevería a decir que el erizo es un ermitaño, aficionado a la contemplación y al silencio. Hace casi nueve años, Descartes hibernó al llegar el invierno, pero por causas que desconozco abandonó la caseta a los pocos días, se ovilló al pie de una acacia y se le paró el corazón.
Enterré a Descartes al pie de la acacia y, a la primavera siguiente, sus flores brotaron más blancas y más luminosas. De vez en cuando, me acerco al barranco donde encontré a Descartes. Durante las noches de verano, las estrellas tiemblan en lo alto, como hojas agitadas por el viento, y pienso que Descartes se encuentra en una de ellas, no muy lejos del planeta del principito. Algunos darán un respingo al escuchar esto, esbozando una mueca de escepticismo. Su incomprensión me recuerda a Doña Domitila, que no aceptó a Platero en la escuela, alegando que no sabía nada de gramática ni de aritmética. Es cierto, pero el problema no era de Platero, «el borriquillo niño que también entendía a los niños», sino de la maestra, que «se había dejado secar el corazón y no sabía nada de ternura, ni de amistad». Sé que Francisco, juglar de Dios, le habría abierto la puerta —del aula y del cielo— a Platero, a Descartes, al zorro de El principito y a todos los que son capaces de «crear vínculos», pues donde hay amor, hay sabiduría.
Fragmento de Elogio del amor, @RocaEditorial
Pues me acabo de dar cuenta de que en el disco Trap Mirror de @chikosdelmaiz en Spotify faltan canciones… entre ellas “Un bolero en Berlín”. 😱
¿Alguien sabe algo de eso?
Hoy cerramos el ciclo de Age of Twelve con ‘La Vida No Se Queda Nada’. Aprender, soñar y mantenerse fiel a uno mismo es el mensaje con el que despedimos este viaje.
🎙️ Rap con alma y Boombap con jazz. Escúchalo ya en YouTube:
https://t.co/LEkjsw63sq
Gracias por un año brutal 🙌
Es Navidad y todo el mundo cita LA JUNGLA DE CRISTAL, John McClane y Bruce Willis, pero, ¿qué tal si nos adentramos en la novela original en la que se basa la película de John McTiernan, NOTHING LASTS FOREVER (1979)?
DENTRO HILO, YIPPEE KI-YAY! 🧵