Esta frase de Gospodinov me ha cruzado por dentro:
“A veces se me olvida que no está, y en un momento feliz, cojo el teléfono para llamarle y solo entonces me acuerdo.”
Cuenta Umberto Eco que un día le preguntó a Javier Marías, por qué la gente tendría interés en salir en televisión, aunque fuera para mostrar sus miserias. Marías le dio una respuesta que ni a Eco, ni a mí, se nos va de la cabeza: "Queremos salir en la tele porque ya no tenemos un Dios que nos vea".
Según el escritor español, el ser humano siempre ha sentido la vigilancia de los dioses y, también, el acompañamiento de alguien a su lado.
Con el siglo XX, ese compañero infatigable desapareció. O al menos desapareció para la gran mayoría de la población.
Sin embargo, en el XXI tengo la impresión de que van a cambiar aún más las cosas.
Desde hace unos meses, he coincidido con varias personas mayores que hablan con la IA. No utilizan la IA, hablan con ella. Le cuentan cosas, le hablan sobre su pasado, su gente... Que es lo que recuerdo que hacía mi abuela, paseando arriba y abajo con su rosario, en su casa del pueblo. Viuda desde los 60 y con la cabeza sana hasta los 105, vivió la segunda parte de su vida hablando con Dios. Era, sin duda, la persona con la que más hablaba. Era su compañero.
No he leído la última encíclica del Papa, pero creo que ha sabido reconocer a su enemigo. Esa máquina ha venido para acabar con la soledad y, sin soledad, no hay Dios.
Escribió Nietzsche "Dios ha muerto. Dios sigue muerto. Y nosotros lo hemos matado". Quizá ese nosotros comenzó a matarlo, pero puede que una máquina esté a punto de darle el último golpe de gracia.
Está todo el mundo hablando de La Casita de Bad Bunny pero tengo la sensación de que casi nadie sabe su historia y su genealogía, lo cual es un poco perverso porque la historia de La Casita es tan intrincada como una peli de terror psicológico.
La cosa —y la casa— tiene un principio, que está en Long Island en 1947. Allí un tipo llamado William Levitt miró un campo de patatas y vio, en lugar de patatas, el futuro de la clase media estadounidense, que para él tenía forma de diecisiete mil casas iguales. Literalmente Iguales.
Levitt había aprendido en la Marina a construir barracones a toda velocidad y aplicó la misma idea al baby-boom de posguerra: dividió la construcción de una casa en veintisiete pasos, puso a un hombre a hacer solo el paso nueve durante el resto de su vida natural, y empezó a escupir viviendas a razón de una cada dieciséis minutos. El que ponía los grifos no sabía clavar un clavo y el que clavaba no había visto un grifo, y entre todos, sin que ninguno entendiera la casa entera, levantaron un suburbio del tamaño de una provincia. Se llamaba Levittown.
Que tú dices pues muy bien, vivienda barata y rápida. Y sí, eso lo era. Y racista también, porque el contrato de esas casas idénticas incluía una cláusula que prohibía venderlas a cualquiera que no fuera de raza blanca. Estaba escrito. Con tipografía. O sea, la utopía de la clase media pero no me pongas negros ni hispanos cerca.
Así que tanto Levittown como todas las urbanizaciones que se construyeron en las afueras, también las que no tenían la cláusula explícita, se llenaron de blancos que huían de las ciudades —esto tiene nombre técnico, White Flight, la fuga blanca, que suena a maniobra militar y en el fondo lo era— dejando los centros urbanos a quienes no podían comprar un chalecito. El resultado fue un paraíso siniestro de céspedes idénticos donde todo el mundo era exactamente igual porque por contrato no podía ser de otro modo.
Unos quince años después, un funcionario de Puerto Rico se fue a Toa Baja, al norte de la isla, y desplegó sobre una mesa los mismos planos. Otro Levittown. La promesa de la clase media estampada en hormigón, y todo dentro de algo llamado Operación Manos a la Obra, donde las manos eran las de los boricuas y la obra de los gringos.
Aquí no había cláusula racial porque sería algo absurdo en un lugar tan mezclado como Puerto Rico y, claro, también porque en la isla la exclusión funcionaba por canales económicos, no por los del color de la piel. O no solo. El caso es que el módulo de Levitt entró y dentro de cada casita idéntica un puertorriqueño se instaló a desear exactamente lo que un señor de Long Island había decidido que un estadounidense debía desear.
Pasan sesenta años. La arquitecta Mayna Magruder Ortiz mira una vivienda real en Humacao, ahora al este de la isla, mira los planos de Levittown, y hace lo que hacen los arquitectos, que es copiar. Según algunas revistas de arquitectura, Mayna Magruder combina la herencia del XIX con la urbanización de posguerra, pero el resultado es una casa que está por todo Puerto Rico. Rosa pastel. Cornisas amarillas. Sillas de plástico monobloc, las que pesan ochocientos gramos y aguantan a un obispo, las que tu tío apila de seis en seis al final de la fiesta, el grado cero de la civilización con clima benévolo. También tiene la misma cubierta plana, salvo que aquí no es tejado sino un sitio para bailar, porque alguien decidió en una reunión que esa cubierta que durante toda la historia de la arquitectura caribeña sirvió para no morir bajo la lluvia, fuese ahora un escenario con aforo.
Pero lo que más conocemos todos es el balcón con marquesina. El balcón de la casa obrera puertorriqueña era el órgano social de la vivienda, el sitio donde se enfriaba la cerveza, se vigilaba al vecino y se conspiraba contra el casero, el único lugar donde la clase trabajadora hacía la cosa verdaderamente subversiva, que es estar junta sin pagar entrada.
En La Casita de Bad Bunny el balcón también tiene aforo. Quince personas. Y las quince son Ester Expósito, Los Javis, Lamine Yamal, una cantante llamada Judeline cuyo nombre se evapora a mitad de pronunciación, influencers cuya influencia también está en proceso constante de evaporación, además de unas cuantas chicas desconocidas, blancas y europeas pero disfrazadas de caribeñas a las que un ojeador —y la palabra es exacta— ha elegido para que puedan competir entre ellas por quién sale más segundos en las pantallas gigantes, cinco, trece, veintiuno. Ah, y Marta Ortega, presidenta de Inditex, que baila dentro de la réplica de una casa de clase trabajadora mientras por los altavoces suena un tema sobre la gentrificación de la isla, sobre la mudanza forzosa, sobre la bandera celeste de los independentistas, y nadie en el estadio detecta el cortocircuito porque no hay cortocircuito, el aparato fue diseñado para que la crítica del aparato circule por sus propias cañerías sin tocar jamás una pared.
Y así, la marquesina donde el bisabuelo no tenía dónde caerse muerto es hoy el lugar más caro del universo al que no puedes comprar entrada, porque no se vende, solo se concede, que es la forma final del lujo, el lujo que ni siquiera te deja la dignidad de pagarlo.
En 1967 —poco después de la Operación Manos a la Obra— Guy Debord dijo que la sociedad contemporánea no era una sociedad basada en la imagen, sino que era una sociedad *que es* imagen. La Casita es esa frase hecha hormigón rosa. La sociedad del espectáculo ha localizado una cosa sin mercantilizar —la nostalgia del barrio, la silla de plástico— y la ha mercantilizado tan a fondo que la ha construido a escala 1:1, la pasea por cuatro continentes y te cobra cien euros por verla de lejos y ni siquiera te das cuenta de qué es eso que ves de lejos.
El espectáculo ha engullido la historia de La Casita, la ha digerido, la ha metabolizado y la ha regurgitado convertida en lo que siempre devuelve el espectáculo después de comer, que es más espectáculo.
El Ayuntamiento de #Murcia se gastó, en 2025, 1.131.287'58€ en flores de temporada. De esa cantidad, solo 495.000 euros tienen cobertura legal. El resto, de forma totalmente irregular.
No hay para arreglar coles; no hay para tapar baches; no hay para limpieza...y para flores? Para flores sí. Lo que quieras.
#Prioridades
Estos sellos son especiales.
Porque viene de Nadorp, un país que no existe... ¿o sí?
Su autor inventó cientos de países e hizo sellos de todos.
Y lo hizo por una razón muy especial.
Bienvenidos al mundo de países de Donald Evans, la obra de arte más personal que haya conocido.
Hoy he ido a El Corte Inglés a comprar unos calcetines y me he dado cuenta de que han derogado el calendario gregoriano. El tiempo ya no funciona igual, en serio.
No es que haya habido una encíclica papal, pero el hecho material está ahí, verificable por cualquiera que intente comprar unos calcetines: no se puede. No se puede comprar calcetines sin más. Estamos ahora mismo en Summertime y en los Tecnoprecios, me han dicho, y los calcetines tienen un 20%, pero solo si los compro con una camisa, y la camisa está en los Ocho Días de Oro, que en realidad son trece días porque se han prolongado por la Semana Fantástica, que es de quince, pero me puedo comprar una tablet y una roomba al 10%, aunque entonces los calcetines no tienen descuento.
Al final he salido mareado, con una camisa que no necesito, una toalla del Summertime (al 15%), sin calcetines y con la sensación de que el cosmos ya no se rige por las leyes del tiempo.
Y eso es porque el cosmos ya no se rige por las leyes del tiempo.
Por ejemplo, la primavera, en sentido astronómico riguroso, comienza el 20 de marzo a las tres y veinticuatro de la madrugada o por ahí, en función del año bisiesto y de los milisegundos que la Tierra ha decidido gastar en su última órbita. Esto es una verdad medida por instrumentos en el Observatorio de Greenwich, en el de San Fernando, en el de Calar Alto, en todos los observatorios del hemisferio norte conectados a relojes atómicos de cesio que oscilan nueve mil ciento noventa y dos millones seiscientas treinta y una mil setecientas setenta veces por segundo.
Pues bien, la primavera en El Corte Inglés empieza el 20 de febrero, un mes antes. Empieza cuando un cartel a treinta metros de la entrada de la calle Preciados despliega la fotografía de una mujer rubia de pelo al viento sobre fondo de margaritas amarillas y la frase fundacional —frase que Ramón Areces vio en una playa de Cuba en los años 40 y que en realidad había usado antes la tienda El Encanto de La Habana antes de que Fidel se la llevara por delante en el 59—. Esa frase es el Génesis Bíblico del comercio español: YA ES PRIMAVERA EN EL CORTE INGLÉS.
Tatatatatá: YA ES.
El verbo en presente. El cesio puede oscilar lo que quiera y el sol puede cruzar el ecuador celeste cuando le dé la gana. La primavera en España llega cuando lo dice un cartel en Preciados y no antes. Y la Navidad llega cuando ponen Cortylandia el día 27 de noviembre —antes lo hacían el día 2, pero ahora hay campaña de Black Friday; y antes de eso lo hacían el 15 de octubre, pero ahora hay campaña de Halloween—. Y el Summertime está aquí a día 24 de mayo, y te paseas a 15 de agosto por el centro comercial y ves los carteles que dicen SIENTE EL OTOÑO pero lo único que tú sientes son las rozaduras del sudor en la parte interior de los muslos porque hace un calor del carajo y te cagas en Areces y en sus herederos y en su decisión de decretar las estaciones del año.
Pero es que, además, dentro el tiempo no transcurre, dentro el tiempo se solapa.
Las campañas del Corte Inglés son simultáneas, aluvionales. Hoy estamos en Summertime y en Tecnoprecios y en Ahórrate el IVA, pero si vas un día, qué se yo, de febrero, puedes estar en la Semana Fantástica de primavera pero aún queda media semana de Blancolor, que se ha extendido por demanda popular, y los Días sin IVA — que no son Ahórrate el IVA, estos son otros— ya están en cuenta atrás, y se anuncia el Límite Cuarenta y Ocho Horas en electrodomésticos AEG, y empieza el Club MIMO con su descuento adicional del 20% para titulares de la tarjeta. Todo a la vez, en el mismo edificio, en la misma tarde.
Es Zenón, la paradoja eleática llevada al departamento de menaje. Si las campañas son siempre, no hay campañas. Si toda la primavera es Semana Fantástica, la Semana Fantástica es la primavera. La palabra "semana" se descose de su significado, deja de querer decir lo que quería decir, se convierte en una unidad temporal abstracta, una semana fantástica de tres semanas, una semana que dura el tiempo que sea necesario que dure para mover el stock, una semana cuántica.
Y todas esas semanas y esas campañas tiene nombres, y esos nombres se han decretado en algún momento, y el mecanismo por el que se decretaron esos nombres no lo voy a contar porque lo desconozco, pero conozco el archivo.
El archivo existe. El archivo ocupa, según las estimaciones más fiables, unos cuatrocientos metros cuadrados en un sótano de la sede de Hermosilla, una biblioteca iluminada por fluorescentes que zumban con la frecuencia del aburrimiento y una mesa central con una silla giratoria y un señor que se llama Eustaquio. Eustaquio lleva cuarenta y un años allí, sabe dónde está cada carpeta. Eustaquio podría escribir una historia subterránea del comercio peninsular escrita exclusivamente con las palabras que no llegaron a ser. Porque eso es lo que guarda el archivo: los nombres rechazados.
Por cada Blancolor que pasó al cartelero de invierno hubo entre treinta y cuarenta candidatos previos que no pasaron, candidatos que fueron formulados en una sala de reuniones cualquiera, escritos en una hoja A4 con membrete, votados, descartados, sellados con un tampón rojo que decía NO APROBADO y enviados al sótano de Eustaquio.
En la carpeta de Blancolor hay propuestas previas que ponen los pelos de punta. Sabanablanca. Blanquíssimo, con doble ese, para evocar lo suizo. Hogar Limpio, demasiado higienista. Ropa de Cama Premium, demasiado obvio. Algodonal, que sonaba a peluquería. Lencerísimo, que sonaba a otra cosa. Sábanas Hispania, que evocaba demasiado el franquismo todavía reciente. Blanconieves, descartada por motivos de propiedad intelectual. Albaforte, que parecía un detergente. Treinta y siete propuestas hasta que apareció, en el folio número treinta y ocho, escrita a bolígrafo en el margen, la palabra Blancolor, y al lado, también a mano, una flecha y la inscripción «esta misma».
La carpeta de Tecnoprecios es todavía más entretenida. Compitieron, entre otros: Electrochollo. Tecnogangas. Hipertecno (esta estuvo a punto, en serio). Las Locuras del Microchip. Días Pixel, que se rechazó porque alguien en el departamento pensó que pixel sonaba a algo que se rompe, y los electrodomésticos no pueden sonar a algo que se rompe. Se impuso Tecnoprecios por mayoría simple en una votación de la que se conservan, sorprendentemente, las papeletas.
Al final, para cada nombre hay un montón de descartes que Eustaquio custodia allá abajo y, cuando se jubile —si es que se jubila en algún momento y no fosiliza junto a los archivadores— dejará un vacío difícil de cubrir, porque nadie más se sabe la nomenclatura interna de las carpetas, , nadie más sabe en qué balda exacta está la papeleta que decidió Tecnoprecios contra Hipertecno. Nadie sabe que cuando entras a comprar calcetines en Blancolor estuviste a punto de comprarlos en Algodonal o en Blanquíssimo o en Lencerísimo. La superficie comercial nos protege del subsuelo. La superficie comercial siempre nos protege del subsuelo.
Yo creo que por eso el tiempo ha dejado de existir en El Corte Inglés, porque si supiéramos la cantidad de palabras descartadas que duermen bajo cada cartel no podríamos comprar tranquilos, compraríamos pensando en las palabras vencidas, en los nombres muertos.
Y al final, probablemente, hoy ya no existe.
Probablemente hoy sea, en algún sitio, Primavera en El Corte Inglés.
Lo cutre
El otro día recibí unos trabajos que pido en mis clases a empresas. Después de mucho rato corrigiendo presentaciones con unas visuales increíbles, textos muy largos y bien explicados y una estructura impecable, me encontré con un PowerPoint con un fondo de un color, frases más cortas que un tuit y un par de fotos pegadas a distancias absurdas. Cuando lo vi, por unos momentos sentí... paz
Paz porque tenía claro que las 15 anteriores las había hecho una IA y esta última era de alguien. Alguien que no solo se había tomado la molestia de pensar, trabajar y crear algo, sino que había hecho algo diferente, aunque no sé si a propósito. Pero yo lo agradecí.
Y es que creo que "lo cutre" va a ser la nueva forma de ser creativo. Cuando estemos inundados de cosas chulas, perfectas y prefabricadas, nos va a encantar ver algo natural. Con sus imperfecciones, con sus taras, con su antibelleza... pero original.
Desde hace unos meses, estoy compartiendo mis textos en una red social que está pensada para disfrutar de lo visual. Yo, que soy un zote en diseño, cojo un fondo en blanco, le pongo el texto y pego una foto. Es básicamente una presentación de un niño de 12 años, pero, para mi sorpresa, están funcionando muy bien. Se leen más de lo que se leían aquí.
Es posible que los textos gusten, aunque tengo claro que lo que realmente sucede es que quien lo lee, sabe que detrás hay una persona. Porque es tan cutre que solo una persona puede hacerlo.
Esto me recuerda a las "suecadas" de la película de Michel Gondry "Rebobine, por favor", donde dos empleados de un videoclub borraban todas las películas y, para solucionarlo, decidían grabarlas ellos mismos con una mezcla de manualidades y poca vergüenza. Si no recuerdo mal, las películas se convertían en un éxito, más que las auténticas.
Quién sabe, quizás "lo cutre" es lo único que nos separa de las máquinas. Saber hacerlo mal es algo que todavía no saben las máquinas, ni cuando se lo pides. No suenan verdaderamente cutres. No como este texto...
🚲📄⚠️ IMPORTANTE
El @transportesgob ha respondido oficialmente a la denuncia presentada por nuestra AAVV sobre la intención del @AytoMurcia de eliminar el carril bici de la Carretera de Alcantarilla en #Barriomar.
Abrimos hilo ⬇️⬇️⬇️
La alcaldesa @Rebepl debe reflexionar sobre el modelo de ciudad que quiere para Murcia y sobre las consecuencias de su acción de gobierno.
Se está jugando empezar su mandato afrontando posibles reintegros y sanciones si no rectifica el rumbo.
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※@UQAmbassadors のプロフィールリンクから応募要項をご確認ください。
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Dice el Ayuntamiento de #Murcia que "escucha a los vecinos". La realidad es que se han gastado 44.228,54 € en un proyecto hecho a su medida, ignorando 4 años de reclamaciones vecinales.
Quiero dejar constancia que no quiero seguidores solo la máxima difusión Dentro pruebas👉🧵
🚍 El plan especial de movilidad de un municipio de medio millón de habitantes para sus fiestas más importantes es poner dos días el bus gratis y no aumentar ni una frecuencia https://t.co/0NqQQ2AwsF
Os habéis tropezado con alguna de estas por Murcia?
Son las llamadas "caras de agua", rostros que decoran antiguas bajantes pluviales. Su uso se popularizó entre finales del siglo XIX y la década de los 40 del XX.
Hilo 🧵👇
Un rey despechado entra a escena. Solo. Uno de sus amores se va y no entiende el porqué. Pronto el lamento inicial se vuelve en ira y sed de venganza, como hacen todos los abusadores.
El #MakeEmLaugh viaja a Broadway de la mano del rey Jorge III, de 'Hamilton'.
HILO🧵⤵️
¿POR QUÉ TENEMOS QUE PONERLE AGUA A LOS CAMELLOS?
Los rituales son importantes, muy importantes. Y si eres niño, más. Quizá el concepto más complicado de aprender es el de tiempo. Mi hijo lleva 7 años luchando por comprenderlo. Lo manosea, hace como que lo entiende, se frustra. Pero hay algo que le da seguridad: el 6 de enero.
Sabe que el día de Reyes es el fin de un tiempo. Se acaba la Navidad, empieza el nuevo año, sabe que va a crecer y sabe que todo comienza de nuevo. Los rituales son importantes porque nos sirven para ordenar la vida. Son los letreros en esta carretera tan rara que llamamos vida.
Sin ellos estaríamos perdidos. Orientarse en el tiempo, es como viajar sin brújula. Por eso en mi casa, celebramos todos los rituales que sean necesarios: me da igual si son americanos, europeos o vietnamitas. Los ritos nos ayudan a comprender. Pero el 6 de enero va más allá.
El 6 de enero se produce un acontecimiento mágico... y no, no es la llegada de tres magos de oriente.
El 6 de enero, por única vez en el año, creamos una ficción colectiva. Todas las casas, todos los adultos, inventamos una historia conjunta.
Ponemos leche para los camellos, mordemos polvorones a la mitad y dejamos mechones de barba junto a los regalos. Todo en pos de crear la más verosímil de las historias. Por un día somos autores colectivos. Por una noche, hacemos la obra de teatro más grande de la historia.
Tengo mucha gente a mi alrededor que dice que no quiere mentir a sus hijos. Que prefiere darle los regalos en su nombre. Cada uno puede hacer lo que quiera, pero si me dan a elegir... prefiero la ficción.
La prefiero por una razón: para sentirme humano.
Por un día, nos olvidamos de ser adultos y jugamos, jugamos a que existe la magia, jugamos a contestar preguntas racionales con respuestas imposibles, jugamos a que todos tenemos un secreto y no pensamos decirlo.
Por todas estas razones, esta noche gritaré como un poseso a Gaspar por mi regalo. Me quedaré hasta las tantas envolviendo regalos y me despertaré a las 7 de la mañana en festivo sin protestar.
Porque por un día se diluye el nosotros y gana el ellos.
Feliz Día de Reyes.
Yannick lleva toda su vida deseando dirigir el #ConciertoDeAñooNuevo, pero un petardo lanzado por su cuñado la noche anterior lo deja temporalmente sordo. Ahora tendrá que disimular que escucha perfectamente para no desaprovechar esta gran oportunidad. Saldrá airoso?