Hasta que no sales de Cuba no logras darte cuenta de cómo se pierde la noción del tiempo en esa isla maldita.
Te levantas sobresaltado, entre el hambre y el empingue que todavía te dura del día anterior, pensando en si van a quitar la luz o si te dará tiempo lavar, planchar una muda de ropa o preparar un mal desayuno.
Todo el cabrón día, estés en la casa o en el trabajo, tu mente se va hacia ese momento fatídico en que un cambio brusco de voltaje te pueda joder el televisor, el ventilador ruso con las aspas amarillas o el refrigerador. Y entonces te angustias más al imaginar que lo poco que conseguiste puede echarse a perder.
Cuando abres la puerta que da a la calle, sea donde sea, te inundan los malos olores, la peste a fosa, el que orinó en un portal, las aguas albañales, la basura de hace una semana que no han recogido. Sales a una zona de guerra donde todo está destruido y sin color, hasta la valla que sigue diciendo, en letras mustias y cansadas, que «ahora sí vamos a construir el socialismo». Los carros viejos, la gasolina que se te cuela en los pulmones, la gente gritando, las guaguas y los camiones pitando, la música a todo meter en el primer bajareque por donde caminas, que tiene un techo peor que el cráter de la bomba de Hiroshima y un equipo de música SONY resplandeciente entre la osamenta de los que allí malviven.
Colas, de todo tipo. El cubano nace para hacer cola. Te echas un día entero en una cola, fácil, y encima sientes que es casi normal, que forma parte del entorno. Total, ¿qué otra cosa vas a hacer? Yo, aquí en Suecia, ando con más de 10 bolsas de papel del supermercado como si estuviera en Cuba. Dime si eso es normal. Las puedo tener en el carro, pero andan en mi mochila del trabajo. El cubano anda con jaba (bolsa) para todas partes. Dondequiera que haya más de dos personas juntas, el cubano llega y pide el último porque piensa que es una cola, que van a vender algo.
Los mandados de la bodega son otra historia. La mierda que el régimen te ha vendido desde 1962 la han querido pintar de solidaridad. Hace unos años el HP de Canel salió diciendo en TV que no había ningún gobierno en el mundo que se preocupara de que si había salchichas entonces fuera un poco para todos. Claro que no, malparido. Un gobierno no se ocupa de esas cosas pedestres, y ustedes, encima, controlándolo todo, no son capaces ni de garantizar eso.
El cubano espera el arroz de enero en marzo, el aceite de abril en junio y los chícharos de septiembre en diciembre. Y le parece normal, ya lo tiene incorporado a su rutina de esclavo. Porque, como dijera aquel idiota de mi barrio que se pasaba el día entero en el balcón, «aquí estoy. No hay más na'».
El tiempo vuela, pasa, pero no lo notas. Será por la inercia, por la monotonía, por volver a despertarte en la miseria. La gente envejece en semanas. Las risas, incluso espontáneas, te muestran ojeroso, perdido, en otra dimensión, y cuando miras hacia atrás ves que solo ha pasado un mes, o cinco, y parecen décadas.
El que defiende a la revolución cubana es un ignorante, un analfabeto ideológico y un descerebrado. Pero el extranjero que le discute a un cubano o a un venezolano, que lo manda a estudiar sobre su propio país sin haber sufrido ni un día la escasez más mínima, o incluso si ha visitado Cuba y se cree experto en el tema, ese zurdo de porquería es un tremendísimo hijo de puta.
@G_Arriaga Estimado, Montevideo merece un paseo por la Rambla, puede terminar en el Centro y allí recorrer Plaza Independencia, Teatro Solis, Palacio Salvo, la Ciudad Vieja, almorzar en Mercado del Puerto.
Si tiene tiempo a hora y media en auto conocer Punta del Este, también Colonia