de hecho demasiado tranqui reaccionó george, yo de venganza me hubiera puesto en el medio de la pista para que me lleven puesta así les generó un trauma a los de mercedes
Ayer por la tarde venía con mi hija, regresando de su clase extracurricular.
—¿Papá, qué vas a hacer ahorita?
—Te dejo en la casa y me voy un rato a la oficina. Tengo pendientes y ya sabes: no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy. ¿Por qué, mi amor?
—Es que ya terminé la tarea… y la verdad no se me antoja llegar todavía. Pero si tienes que trabajar, ni modo.
Veníamos por la costera, así que en el primer acceso a playa que vi, giré sin avisar.
—¿A dónde vamos? —me preguntó, con los ojos bien abiertos.
—Ya verás. Quítate los tenis, vacía las bolsas, déjalo todo aquí y sígueme. Me estacioné, abrí su puerta, esperé a que quedara descalza y la jalé corriendo hacia la arena.
—¡Lavas el carro el sábado si no te echas al mar vestida como estás!, le grité, y salí disparado hacia las olas.
Sin pensarlo dos veces, corrió y se lanzó de cabeza. Chapuzón épico. Después salimos chorreando, felices, y caminamos un buen rato por la orilla.
Hablábamos de todo y de nada; luego callábamos y, en ese silencio, nos decíamos muchísimo más. De pronto la miré y vi dos lágrimas rodándole por las mejillas.
—¿Por qué lloras, mi cielo?
—Es que… estoy tan feliz, papá.
Y entendí, una vez más, que la felicidad no es un lugar lejano ni una fecha en el calendario.
Está aquí, en una tarde cualquiera…
si queremos girar el volante,
si estamos dispuestos a mojarnos,
y si nos mantenemos abiertos a ella.
Y también que si, que si hay cosas que bien que valen la pena dejarlas para mañana.