Las bienaventuranzas declaran que es dichoso, es decir feliz, el que es pobre, el que carece de tantas cosas. Esta pobreza es también una actitud ante el sentido de la vida: el discípulo de Jesús no cree que lo posee, que ya lo sabe todo, sino que sabe que debe aprender cada día.
La crisis de la fe, en nuestra vida y en nuestras sociedades, tiene relación con la desaparición del deseo de Dios, con la costumbre de contentarnos con vivir al día, sin interrogarnos sobre lo que Dios quiere de nosotros. Nos hemos olvidado de levantar la mirada hacia el Cielo.