@titomartin67 Entiendo lo que dices, pero no sé si tú opinión sería la misma con el equipo en otra situación, no es una rueda de prensa, no es una entrevista. Lo graban y publican sin consentimiento, no seamos más papistas que el papa.
@RTVCes Cuando ves una noticia tan triste y terribe y lees los tres primeros comentarios, es cuando te das cuenta lo podrida que está una parte de esta sociedad
@juditvegavet Ya nos pasó lo mismo con “Me llamaaann canassariiitoon poooorrr que yo nací en Canarias” de su éxito en Latinoamérica nos llegó fleje peña 🤦🏽♂️
https://t.co/qWtqvSmt59
Es muy importante que este vídeo se distribuya masivamente, porque demuestra —con personajes que saben de lo que hablan— el problema que tenemos con las redes sociales.
Iker y su señora tienen una hija de 14 años. Le han preguntado qué le parece que Pedro Sánchez quiera limitar el acceso a las redes sociales a los menores de 16 años.
Iker dice que ha alucinado con el informe de la niña.
Resulta que hay una "corriente" poco favorable a Pedro Sánchez. Se ha quedado muy sorprendido con el informe.
Como si le extrañara, se le nota que está orgulloso de la criatura.
Luego sale la señora de Jiménez añadiendo que en las redes que la criatura consume —y remarca: "siempre con supervisión"— Pedro Sánchez sale mal parado, porque la mayoría de la gente de su edad quiere votar a VOX.
También se "sorprende".
Y ese es precisamente el problema: que se "sorprendan" en lugar de preocuparse.
Que chavales de 14 años quieran votar a la ultraderecha debería encender todas las alarmas, no provocar un «oh, que listos son los niños».
Porque lo que están describiendo es el resultado directo de cómo funcionan los algoritmos de las redes sociales.
Esa "corriente" que tanto sorprende a Iker y señora no surge por generación espontánea.
Es el producto de plataformas diseñadas para maximizar engagement, no para educar ni informar.
Los algoritmos detectan qué contenido genera más interacción —rabia, indignación, miedo— y lo amplifican sin piedad.
Y aquí está la clave: el discurso de ultraderecha es combustible premium para estos algoritmos.
¿Por qué?
Porque funciona con narrativas simples, enemigos claros y soluciones inmediatas.
"Los inmigrantes son el problema", "la ideología de género destruye la familia", "los políticos progresistas te quieren quitar la libertad".
Son mensajes que no requieren matices, que generan indignación instantánea y que invitan a compartir, comentar, enfadarse.
El algoritmo no distingue entre verdad y mentira: solo mide cuánto tiempo te mantiene pegado a la pantalla.
Por el contrario, el discurso progresista suele requerir contexto, datos, análisis de sistemas complejos.
Explicar por qué la desigualdad es estructural, por qué los derechos de las minorías importan, o por qué el cambio climático exige transformaciones profundas... todo eso necesita tiempo, paciencia y predisposición a la reflexión y un pensamiento critico.
No genera el chute de dopamina que necesita el algoritmo. Es aburrido para la métrica, aunque sea esencial para la democracia.
La ultraderecha lo ha entendido perfectamente. Sus mensajes están diseñados para el formato: vídeos cortos, frases contundentes, agresivas, faltonas, insultos, menosprecio, envueltos en memes virales, bulos, exageraciones, enemigos fáciles de identificar.
Mientras los progresistas intentan explicar, ellos señalan.
Y señalar siempre es más rápido que explicar.
Si una adolescente de 14 años empieza a consumir contenido crítico con Sánchez, el algoritmo no le va a ofrecer matices ni análisis ponderados: le va a servir vídeos cada vez más radicales, clips editados fuera de contexto, bulos disfrazados de "información que no te cuentan", y perfiles que presentan la ultraderecha como la única voz valiente frente al sistema.
Y lo hará porque ese contenido retiene más, genera más clics, provoca más shares. El negocio no es ideológico: es emocional.
Lo grave no es que Iker y su mujer descubran que su hija tiene opiniones políticas.
Lo grave es que celebren la supervisión parental mientras describen, sin darse cuenta, un proceso de radicalización en tiempo real.
Porque decir "siempre con supervisión" mientras tu hija te cuenta que su generación quiere votar a VOX es como vigilar que tu hija se ponga el cinturón de seguridad... mientras conduce hacia un precipicio.
La sorpresa de los Jiménez revela algo peor que la ingenuidad: revela la normalización de burbujas informativas tóxicas.
Han asumido que las redes sociales son un espacio neutro donde su hija "se informa", cuando en realidad son máquinas de ingeniería emocional diseñadas para convertir curiosidad en convicción, y convicción en identidad tribal.
Lo que está en juego no es solo qué partido vote esa adolescente en el futuro.
Es qué valores va a interiorizar.
Porque el discurso de ultraderecha que circula por redes no es solo anti-Sánchez: es anti-feminista (disfrazado de "sentido común"), anti-inmigración (disfrazado de "seguridad"), anti-ecologista (disfrazado de "realismo"), anti-diversidad (disfrazado de "defensa de la tradición").
Cada vídeo, cada meme, cada comentario va construyendo un marco mental donde la empatía es debilidad, la solidaridad es ingenuidad, y cualquier intento de transformación social es una amenaza.
Frente a eso, los valores progresistas —igualdad, justicia social, sostenibilidad, derechos humanos— quedan relegados a "lo políticamente correcto", algo que te imponen desde arriba.
Y cuando un adolescente percibe que le están imponiendo algo, su reacción natural es rebelarse.
La ultraderecha ha conseguido venderse como la rebeldía, cuando en realidad defiende el statu quo de siempre: jerarquías, privilegios, exclusión.
Y aquí está el quid de la cuestión: limitar el acceso a las redes no soluciona nada si no entendemos qué está pasando dentro de ellas.
Prohibir TikTok a los menores de 16 años sin explicarles cómo funcionan los algoritmos es como quitarles el móvil sin enseñarles por qué les están manipulando.
A los 16 años y un día, volverán a meterse en el mismo ecosistema tóxico, pero sin haber desarrollado ningún anticuerpo crítico.
El verdadero problema no es que una niña de 14 años tenga opiniones políticas.
El problema es que esas opiniones no son suyas: son el subproducto de un modelo de negocio que monetiza la polarización.
Y lo más inquietante es que sus padres, en lugar de preguntarse cómo ha llegado su hija a esas conclusiones, dicen que se sorprenden, pero realmente están orgullosos de la niña, sin ser conscientes de que están hablando de los valores de su hija de 14 años, no si su hija prefiere el reguetón al jazz.
Aquí los que alucinamos somos la mayoría con Iker y su Señora y de los amigos de la niña.
Por cierto ¿seguro que la niña con 14 años ya sabe que las pensiones no son sostenibles y que Sánchez nos roba con los impuestos, y tiene un poster de Abascal a caballo en plan curro Jiménez?
Pues eso.
@K0D3N_2@SharkGutierrez Todos los dispositivos conectados a una wifi salen a internet a través de una única ip pública (wan) ofrecida por el operador. La medida me parece acertada, las rrss se han convertido en un estercolero por esos que se amparan en el derecho al anonimato
@vafonso_oficial@pablochecam@SarahPerezSanta Entonces, no se puede estar en contra de un tirano dictador y además estar en contra de como Trump entiende el derecho internacional.
💛Un millón de gracias a todas esas muestras de cariño, nos están desbordando.
Es un lujo para nosotros poder hacer feliz a tanta gente😍#LaUniónHaceLasPalmas
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