Ferrari ha presentado su primer coche eléctrico, el Luce, y está medio mundo opinando como un coro griego.
El coro dice que el Ferrari Luce no parece un Ferrari, que por qué es azul, que parece un coche chino, un BYD, un NIO, una cosa lisa y sin rabia. El coro dice esto desde el sofá, desde el móvil, desde el pulgar que se desliza, y el coro está convencido de que sabe más de diseño que Jony Ive, el hombre que dibujó el iPhone o el iMac, una parte sustancial de los objetos que ese mismo pulgar ha tocado durante veinte años.
Jony Ive ha definido la forma material de tu vida cotidiana más que ningún arquitecto y que ningún urbanista, más que cualquiera de los que ahora explican en un hilo por qué se ha equivocado. La probabilidad de que tú, desde el sofá, hayas visto algo que a Ive y a Newson y al equipo entero de Maranello se les ha pasado en cinco años de trabajo, esa probabilidad es muy pequeña. No es cero, pero es muy pequeña.
Luego está lo de China, que es verdad, y que es lo contrario de un insulto.
Sí, parece un coche chino, porque China es el sitio. Porque el ultrarrico chino es el comprador natural de este objeto y porque en China la combustión ya es el pasado, también arriba del todo, también en la cumbre del dinero. El lujo eléctrico chino se ha multiplicado por doce en cuatro años mientras el lujo de gasolina retrocedía. De hecho, hay un sedán eléctrico (el Maextro S800 de Huawei+JAC) que en un solo mes vendió más que el Panamera, el Serie 7 y el Maybach juntos.
El motor de explosión, en ese mercado, huele a siglo equivocado, así que Ferrari ha dibujado un coche eléctrico mirando dónde está el dinero del futuro y cómo respira ese dinero del futuro.
Y queda lo tercero, que casi nadie dice y que sabe cualquiera que haya pisado una escuela de diseño una sola tarde.
Las cosas que son distintas son distintas, y tienen que verse distintas. Esa es la ley. Un coche eléctrico es otra arquitectura, otro reparto del peso, otra relación entre el cuerpo y el aire, y fingir lo contrario, fingir que es un coche de combustión con la tripa cambiada sería vestir el motor nuevo con la carrocería vieja, sería la mentira más cobarde que una marca como Ferrari pudiera contar.
Por eso Ferrari ha decidido que el coche eléctrico se vea eléctrico, que la diferencia se note, que el objeto no disimule lo que es, incluso en el azul de la presentación oficial.
Pero el coro dice que no parece un Ferrari. Igual no lo parece, pero lo es. Y si lo que quieres es un Ferrari eléctrico que parezca un GTO, lo que pasa es que no te gustan los Ferraris, te gustan las imitaciones de Ferrari, aunque esa imitación la hubiese hecho la propia marca.
Los límites de la Inteligencia Artificial en el periodismo (clase práctica)
Así cómo resulta más o menos fácil darse cuenta cuando una IA redacta un texto con un estilo comoditizado, de fábrica de chorizos, es más fácil aún saber cuándo un título es fruto del talento y la experiencia humana. Éste es el caso: seis palabras que te cachetean en la cara cuando paseas por la home de La Nación.
Este título en imposible para la IA generativa —por ahora— porque a esa bicha le falta calle, le falta redacción y humor sutil.
¿Cómo hubiese titulado ChatGPT si se le diera a leer la columna?
1) Peronismo en ebullición: la rebelión de los intendentes contra La Cámpora
2) Peronismo: el regreso de la ambición y la guerra por Buenos Aires
3) Peronismo fracturado: la interna feroz que amenaza el poder de Cristina Kirchner
Un bodrio. Ahora, si le insistiéramos para que le dé un tono irónico, pasa a esta grasada:
1) Peronismo: todos unidos… hasta que aparece una candidatura
2) Peronismo recargado: ahora la interna viene con intendentes rebeldes
3) Peronismo: Cristina presa, Kicillof atrapado y Massa haciendo Massa
Ninguno puede superar la precisión, la justeza y la figura que encierra “Los trabajos de parto del peronismo” para el lector de La Nación.
¿Cuándo lo logrará la IA?
1) Cuando haya asimilado chistes del tema (“El peronismo es como los gatos: cuando escuchas lío crees que se están peleando y en realidad se están reproduciendo”),
2) Cuando entienda el principio del iceberg de Hemingway (que retocado es “Si un periodista conoce bien aquello sobre lo que escribe, puede silenciar cosas que conoce y el lector tendrá una sensación tan fuerte como si el periodista las hubiera expresado”)
3) Cuando se alegre de acertar un título en el último minuto como si fuera gol.
A petición de Mónica, y pidiendo disculpas por adelantado por los errores de traducción 🙏🏻 (no domino el lenguaje de hace 400 años 😅), os dejo el video completo subtitulado de Sir #IanMcKellen recitando "Thomas More" de William Shakespeare ❤️
#StephenColbert
@dariogallo Por ese tweet llegué al libro. Recién lo termino. Por ser de San Luis me sorprendió lo de Massey y su familia dueña de El Chamico, en Juan Jorba.
Felicitaciones por el libro 👏🏽
El otro día, durante un encuentro con editores, Silvia Bardelás, de la maravillosa editorial De Conatus, nos dio un dato que me puso los pelos de punta:
Los niños han dejado de imaginar.
Según recientes estudios, los más pequeños tienen problemas para poder “ver” en su cabeza lo que es narrado en el libro. No se enciende lo que en alemán llaman el cine de la cabeza, Kopfkino, esa máquina neuronal que permite crear imágenes en nuestra cabeza de lo que estamos leyendo, escuchando o escribiendo.
Suena tan horrible como parece. ¿Qué sentido tiene leer Don Quijote si no puedes ver a ese viejo decrépito caer una y otra vez al enfrentarse contra unos gigantescos molinos? ¿Qué gracia tiene leer Crónicas Marcianas de Ray Bradbury si no podemos ver a esos cohetes descender sobre la superficie de nuestro planeta vecino? Normal que los niños se aburran de leer. Si no tienen la capacidad de imaginar, no pueden emocionarse, ni sentir terror o ni enamorarse de ciertos personajes. Como consecuencia lógica, los valores de comprensión lectora, que no de lectura, están por los suelos. Según el informe PISA, el 50% de los alumnos de primaria tienen bajos niveles de comprensión lectora en España y los niveles en todo Europa bajan cada año escandalosamente.
Lo que nos explican los científicos es que la lectura conecta muchas áreas cerebrales, pero principalmente tres: el área del lenguaje, la visual y la emocional. Cada vez que un niño lee favorece que haya más conexiones neuronales entre estas tres áreas y favorece su integración. Es un entrenamiento, a más lecturas, el músculo está más desarrollado y le permite imaginar mejor. Esta es una de las claves que creo que damos por sentadas, imaginar es una habilidad innata y no se tiene que trabajar. Pero nos equivocamos si pensamos eso, la imaginación, como cualquier otra característica del ser humano debe ser puesta a punto para poder utilizarla. Y quizá a una gran parte de la sociedad no le parezca importante que la imaginación se extingan en nuestro mundo, pero… ¿Qué sería de nosotros si no podemos imaginar lo que siente otra persona? Quizás, esa pérdida de empatía sea uno de los grandes problemas de este tiempo que vivimos.
Por supuesto, este problema tiene una relación directa con la sobreexposición a las pantallas. Cuanto más vídeos de Youtube, series de Netflix y shorts de TikTok, el cerebro imagina menos y se acostumbra a que las imágenes sean definidas y en alta definición, pero no creadas por nuestras propias neuronas. Y esto no solo vale para los niños, en adultos también están cayendo los valores de atención y de comprensión profunda.
Sin embargo, la propia Silvia Bardelás nos dio la solución para erradicar este problema de raíz: llevar la escritura creativa a las aulas. No como método para desarrollar un discurso propio o para mejorar la ortografía, sino para potenciar la lectura. Si queremos aumentar los ratios de lecturas y conseguir que la imaginación vuelva a la cabeza de los jóvenes, tenemos que enseñarles a escribir. Esas mismas áreas que fortalece la lectura (lingüística, visual y emocional) son las que mejoran su conectividad a la hora de escribir. Cuanto más escribimos, mejor leemos. Cuanto más inventamos personajes, escenarios, frases en nuestra cabeza, mejor podemos ver, escuchar, sentir a otros autores. El famoso mantra de toda escuela de escritura, para poder escribir hay que leer, también tiene su reverso:
Para poder leer tenemos que escribir.