No sé si lo ha dicho en un momento de enfado o si realmente piensa hacerlo, pero la situación me genera mucha angustia. Ahora mismo no sé dónde podría ir ni qué hacer si de verdad decide que ya no puedo seguir viviendo aquí. Me cuesta asimilar que, después de tantos años viviendo juntos y de todo lo que hemos pasado desde la muerte de mi madre, pueda llegar a este punto.
Hoy, mi tío, con quien vivo desde que mi madre murió, me ha dicho que está harto de mí y que, cuando cumpla los 18 años, me echará de casa. El problema es que hace dos meses cumplí 20 años, así que ni siquiera entiendo por qué me ha dicho eso ahora.
Desde que falleció mi madre, él ha sido la persona con la que he vivido y, de alguna manera, se ha convertido en mi principal apoyo. Por eso, escucharle decir que está harto de mí y que quiere echarme de casa me ha dejado completamente descolocado y muy preocupado por lo que pueda pasar...
En ese momento me quedé mirándolo unos segundos, intentando procesar la situación. Ella me había preguntado qué quería, yo le había dicho literalmente que con un llavero me bastaba... y, efectivamente, me había comprado un llavero.
Supongo que cuando dices algo en broma, hay que tener cuidado con que la otra persona no se lo tome demasiado en serio.
Porque yo esperaba un regalo de Navidad.
Y terminé descubriendo que, aparentemente, había firmado un contrato verbal por un llavero.
La semana pasada, por Navidad, le compré un anillo a mi novia. Me costó 130 €, que teniendo en cuenta que tengo 17 años, para mí es un pastón. Estuve bastante tiempo pensando qué regalarle, porque quería que fuera algo especial y que realmente le gustara.
En algún momento, ella me preguntó qué quería yo por Navidad. Y yo, medio en broma y medio intentando quitarle presión, le contesté:...
—Cariño, no hace falta que me regales nada caro. Con un llavero voy que sobro.
Lo dije completamente de broma. Vamos, que esperaba cualquier cosa menos que se tomara mis palabras al pie de la letra.
Llegó Navidad. Yo le di mi regalo: el anillo de 130 €, envuelto con toda la ilusión del mundo. Ella, por su parte, me entregó su regalo.
Lo abrí.
Un llavero...
Pero, al final del día, el novio soy yo para todo lo malo… y él para lo bueno.
Vamos, que yo hago de psicólogo, confidente, terapeuta emocional y servicio de atención al cliente 24/7, mientras él disfruta de las ventajas del puesto que, aparentemente, yo estoy desempeñando gratis.
Definitivamente, hay trabajos que tienen una remuneración emocional bastante injusta. 😅
Hoy mi exnovia me ha dicho que su actual novio es un gilipollas y que, sinceramente, parezco más yo su novio que él.
Y entonces he llegado a una conclusión bastante curiosa: yo soy el que se preocupa por ella, el que la escucha, el que aguanta sus rayadas, sus dramas y sus cambios de humor; el que está ahí cuando necesita desahogarse y el que se come todos sus problemas...
He asentido con orgullo, claro. Incluso creo que se me ha hinchado un poco el pecho.
Pero ahora tengo un pequeño problema: ME DA MIEDO ENTRAR EN LAS DEMÁS HABITACIONES.
Porque si eso que había debajo de mi cama cuenta como la habitación más limpia de la residencia, no quiero ni imaginarme qué ecosistema se está desarrollando debajo de las camas del resto.
Hoy, mientras la limpiadora de mi residencia de estudiantes recogía con la fregona la maraña de pelos, pelusas y demás formas de vida que había debajo de mi cama —probablemente la acumulación más grande que he visto en mi vida—, me ha mirado con una sonrisa enorme y me ha dicho, muy convencida, que la mía es la habitación más limpia de toda la residencia y que da gloria entrar en ella...
Lo verdaderamente desesperante es que, después de horas de discusión, sigo sin saber si no conseguí explicárselo bien o si, sencillamente, estaba intentando convencerla de que la gasolina también tiene denominación de origen.
Hoy he estado discutiendo durante horas con una amiga y, pese a todos mis esfuerzos, no he conseguido hacerle entender que la gasolina de 95 y la de 98 no tienen absolutamente nada que ver con el año de la «cosecha». No importa cuántos años tenga el combustible, ni que sea de una añada especialmente buena: el 95 y el 98 no indican la edad de la gasolina, sino su octanaje...
Hubo un silencio incómodo de esos que parecen durar una eternidad.
Mi suegra se agachó tranquilamente, recogió los preservativos del suelo y, con toda naturalidad, me los devolvió.
Yo no sabía dónde meterme. Mi mejor amigo, que además es mi cuñado, tampoco pudo contener la risa.
Y así fue como una simple petición para enseñarle mi DNI nuevo terminó convirtiéndose en uno de esos momentos familiares que, por mucho tiempo que pase, nadie va a olvidar.
Hoy llegué a casa de mi mejor amigo para pasar un rato con él. Como también es mi cuñado, su madre —que además es mi suegra— estaba allí.
En un momento dado, ella me preguntó si podía enseñarle el nuevo modelo de DNI, ya que acababa de renovarlo. Le dije que sí y saqué la cartera para enseñárselo.
Todo iba perfectamente hasta que, al abrir la cartera, se me cayeron al suelo dos preservativos...
Ella cocina, yo termino lo que queda.
Ella se pide una pizza, yo me como los bordes.
Ella dice «ya no puedo más», y yo escucho «tu momento ha llegado».
Supongo que el amor verdadero consiste en encontrar a alguien que te quiera por cómo eres… y que, además, esté encantado de que te comas lo que deja en el plato.
Hoy, después de comerme los bordes de su pizza, mi novia me ha mirado y me ha dicho:
—Lo mejor de vivir contigo es que te comes hasta las sobras.
Y yo, que no sé si sentirme querido, valorado o directamente contratado como gestor oficial de residuos, he pensado que, efectivamente, nuestra convivencia tiene muchas ventajas...
Fue justo entonces cuando mi madre se bajó del coche y decidió intervenir. Y, como solo ella sabe hacer, me cerró la boca de la manera más efectiva posible. Digamos que su método fue bastante convincente: todavía me duele la cara.
En resumen, empecé el día dispuesto a discutir con un desconocido y terminé recibiendo yo la lección. Mi madre, una vez más, consiguió dejar claro quién manda.
Hoy, mientras estaba aparcando el coche, un imbécil no paraba de tocar el claxon detrás de mí, como si por hacerlo más veces yo fuera a aparcar más rápido. Cuando por fin salí del coche, encima me enfocó directamente con las luces largas, cegándome por completo.
Así que, en lugar de ignorarlo, empecé a increparlo y a provocarlo para que se bajara y me dijera a la cara todo lo que tuviera que decirme. En medio del calentón, terminé dándole una patada a su retrovisor...
Y quizá por eso, tantos años después, sigo recordando aquel cumpleaños con tanta nitidez: la comida, las copas, la sonrisa de mi madre, el silencio repentino de los demás y, sobre todo, aquella última frase intentando convertirlo todo en algo sencillo:
«Pero luego te quisimos como a los demás».
Puede que para ella fuera una manera de cerrar la historia. Para mí, en cambio, aquella frase abrió una pregunta que nunca había tenido que hacerme antes: ¿qué significa crecer sabiendo que, antes incluso de nacer, alguien había intentado que no llegaras a existir?
Hoy recuerdo aquel cumpleaños en el que mi madre, después de la comida familiar y algo achispada por el vino, decidió hacer una de esas confesiones que nadie espera escuchar, y mucho menos delante de toda la familia.
Con una sonrisa pícara, como si estuviera contando una anécdota graciosa de juventud, anunció delante de todos que yo había sido un hijo no deseado. Y no se quedó ahí. Contó, con toda naturalidad, que durante el embarazo había intentado abortar varias veces saltando desde una silla al suelo, con la esperanza de provocar que me perdiera...
—Bueno, hombre, pero luego te quisimos como a los demás.
Como si aquella frase pudiera borrar lo que acababa de decir.
A veces pienso que lo más extraño de aquel momento no fue solamente descubrir, de aquella manera tan inesperada, que mi nacimiento no había sido deseado. Lo verdaderamente desconcertante fue la ligereza con la que se contó, como si aquello perteneciera únicamente al territorio de las anécdotas familiares y no pudiera dejar ninguna huella en quien estaba escuchándolo...