Zurdo, tú te quejas de la vida que tienes.
¿Quieres que te diga cómo era la mía?
Sin desayuno, o agua caliente con azúcar prieta cuando había. Un pan mohoso, duro, sin nada dentro. Ya nada más levantarme, un hermoso apagón para iniciar el día. Mi madre recogiendo toda la madrugada porque no volvería a venir en dos días.
De almuerzo, un asco escolar. Si era fin de semana, arroz blanco solo, incluso sin sal. Mis padres pasando más hambre para que la mía, que era inevitable, fuera menor.
Una sola muda de ropa, zapatos despegados. Sin desodorante, sin pasta dental. Una cama sostenida por un ladrillo en lo que algún momento fue pata. Un colchón ya podrido, sin relleno, con los muelles salidos. Un refrigerador que lloraba de soledad alimentaria. Un televisor en blanco y negro al que había que darle trastazos por encima o el costado para que la programación se viera, al menos, gris. Cucarachas, mosquitos, ratones. Un espacio tan reducido como mis ganas de vivir.
Pero no fue un día, ni dos. Imagínate eso más de 30 años, en un solar de gente analfabeta, maleante, envidiosa. El estómago vacío, el cerebro delirando. Mis padres discutiendo por lo que no había y entristecidos por lo que sabían que tampoco iba a haber.
Y sí, claro, en África había niños muriéndose de hambre. Y en México, en Perú, en la India. Pero en ninguno de esos lugares había fotos ni discursos de Fidel Castro todo el tiempo, ni se detenía el mundo para sintonizarlo a él. Y mucho menos había que discutir en África, México o Perú, al otro día, el discurso más reciente del coma-andante como preparación ideológica del hombre nuevo.
En África, México y Perú se podía votar. La gente elegía mal, pero iba a las urnas. ¿Tú sabías que Fidel Castro, tu ídolo de cabecera, prometió elecciones generales en seis meses después del 1 de enero de 1959 y han pasado ya 67 años desde aquella mentira?
Yo, en el «país más seguro del mundo», me fui a dormir con hambre, me levanté con hambre y vi gente buscando sobras en la basura. Yo, en «la potencia médica de excelencia», tenía que llevarlo casi todo al hospital, desde un cubo hasta las sábanas, y tuve que pagar por un rayos X, un análisis de sangre o una resonancia magnética. Yo, en el país que la UNESCO declaró poseedor de un «sistema de educación gratuita», no podía leer lo que yo quisiera y tuve que aprenderme las grafías C y CH diciendo Camilo y Che.
Yo soy de ese país donde las madres reciclaban los culeros desechables de sus hijos para volvérselos a poner, donde las bolsas plásticas se ponían en una tendedera al sol para usarlas otra vez, donde la gente guardaba un chicle en el refrigerador con un poco de azúcar para que no perdiera el sabor. Y en ese mismo país, yo, que nací en él, no tenía derecho a ir a un hotel, a tener un teléfono, a sacar una cuenta de Internet o ir a la playa «más linda del mundo».
Tú nunca has cocinado con carbón, o con keroseno ardiente que te hierve los ojos. Yo, que nací en La Habana, a veces parecía ser nieto lejano de un azteca en período de sacrificio humano, y no por matar a nadie, sino por levantar más humo que el mismísimo Toro Sentado en algún lugar olvidado de los Estados Unidos antes de las 13 colonias.
Con toda esa hambre y esos desmayos por falta de vitaminas y alimentos, yo tenía que llegar a la escuela con la pañoleta bien puesta y la camisa arreglada porque, de lo contrario, la maestra me amenazaba con una «mancha en el expediente», o peor, con mandarme para Angola para que me hiciera hombre. Di tú, yo con solo ocho o nueve años tenía que soportar que la maestra me diera ese teque, o que me dijera que yo tenía que estar agradecido de Fidel Castro.
A mí la revolución me usó como mano de obra barata, esclava e infantil durante 45 días en tres años diferentes. A ti el sistema donde vives te alimenta, te viste y hasta te regala cosas que le quitan a otros para que tu cerebro parásito siga oponiéndose a ese fabricante que detestas a pesar del teléfono desde el que ahora convocas a una marcha y una protesta.
Zurdo, tú eres la representación perfecta del hijo de puta.
Con la novedad de que Claudia Sheinbaum se enchila macizo si publicamos esta foto de los narco-socios.
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