Atravesamos por una inusitada turbulencia futbolera que en realidad es peccata minuta comparada con la verdadera y alarmante turbulencia en el mundo, con la industria de la guerra, con la apropiación de "la verdad” y los crímenes de lesa humanidad que en su nombre se cometen, con las decisiones unilaterales de quienes amparados en su excesivo poder y su tradicional beligerancia se han auto erigido –con un personaje tan cuestionable como lo es Donald Trump a la cabeza– como "árbitros” del planeta entero que juzgan bajo sus propios "criterios” e intereses, y ejecutan con total impunidad y desparpajo.
Todo ello ante la irresponsable indiferencia, la imperdonable pasividad o la vergonzosa complicidad de quienes en la lejanía perciben los bombardeos, las muertes y las dolorosas historias de miles de personas como simples juegos de mesa, como meros ingredientes que alimentan el entretenimiento en las redes sociales.
Muy lejos, por desgracia, de entender a John Donne, el poeta metafísico inglés que vivió de 1572 a 1631, y que en 1624, dentro de sus Devociones para ocasiones emergentes, escribió lo que más se recuerda de su obra:
"Ningún hombre es una isla, entera en sí misma. Cada uno es una pieza del continente, una parte del todo. Si el mar se lleva un terrón, Europa es menos. Tanto como si fuera un promontorio. Tanto como si
fuera una mansión propia o de un amigo. La muerte de cada hombre me disminuye, porque estoy involucrado en la humanidad. Por lo tanto, no preguntes por quién doblan las campanas, están doblando por ti".