En 2025, el Barça es competitivo, disfrutón, desespera a los rivales, tiene jugadorazos y da de mamar a los antis.
Pero lo más importante que ha conseguido es hacer que sus aficionados anhelen la llegada del próximo partido.
El mito de las obras de Pérez Jiménez opera como una cortina de humo que oculta una realidad más compleja.
Los documentos históricos demuestran que, si bien se construyó infraestructura importante, el alcance fue menor al que sugiere la memoria colectiva. El régimen priorizó las obras físicas por encima de las instituciones democráticas, utilizando el desarrollo material para justificar la represión política.
En ese sentido, el contraste entre la obra material y el costo humano resulta dramático. Mientras se inauguraban edificios y autopistas, la Seguridad Nacional operaba un sistemático aparato de represión.
El campo de concentración de Guasina, las torturas documentadas y la persecución política revelan el verdadero rostro de un gobierno que pretendía legitimar su autoridad a través del concreto. Y ninguna cantidad de obras públicas puede compensar el precio de la libertad.
Esta exaltación del "militar constructor" refleja un patrón histórico en Venezuela: la persistente idealización de figuras castrenses como garantías de orden y progreso. Un imaginario que ha servido para justificar el autoritarismo y que sigue influyendo en nuestra percepción del liderazgo político. De hecho, ya sabemos a dónde nos llevó eso 40 años después del 58.
Es hora de reconocer como sociedad que el verdadero desarrollo de una nación no puede construirse sobre la negación de libertades fundamentales ni sobre la subordinación del poder civil al militar. Y aunque muchos, ante las dificultades actuales, miren con nostalgia aquella época de aparente progreso, ninguna obra material justifica la pérdida de libertades fundamentales.
Esta narrativa no solo distorsiona nuestra memoria histórica, sino que ha impedido el desarrollo de una verdadera cultura política liberal en Venezuela. La persistente añoranza por el 'hombre fuerte' ha eclipsado valores fundamentales como la institucionalidad, el estado de derecho y las libertades individuales.
Al final, ¿qué dice de nosotros como sociedad que aún idealicemos al 'hombre fuerte' por encima de los valores democráticos? Quizás sea hora de cambiar esa narrativa y celebrar a los civiles, pasados, presentes y futuros, que construyeron, construyen y construirán país desde la democracia y la libertad, no a quienes edificaron sobre el sufrimiento de otros.