@drhsalazar El otro punto aclarar por parte de las autoridades es el título falso de especialista que se atribuye Fadul. No es internista ni médico familiar.
Cuentan que había una tribu en África donde el dolor no podía quedarse a vivir para siempre.
Cuando alguien perdía a un ser querido, cuando la vida le partía el pecho, cuando una traición le apagaba la mirada o cuando la tristeza llegaba con ese silencio espeso que no pide permiso, el jefe de la tribu hacía sonar un tambor al amanecer.
No era un tambor de guerra.
Era un tambor de permiso.
Durante cuatro días, toda la tribu sabía que aquella persona tenía derecho a llorar. Derecho a caer. Derecho a no ser fuerte. Derecho a no explicar nada. Derecho a sentarse frente al fuego con los ojos llenos de agua y el alma sin respuestas.
Nadie le decía “ánimo”. Nadie le pedía que pasara página. Nadie le recordaba que el tiempo lo cura todo, porque hay frases que, cuando llegan demasiado pronto, no consuelan: hieren.
Durante esos cuatro días, el dolor era sagrado.
Le llevaban comida. Le dejaban silencio. A veces alguien se sentaba a su lado sin decir una sola palabra. Porque hay compañías que no arreglan nada, pero sostienen todo.
Y aquella persona lloraba.
Lloraba por lo perdido.
Por lo que no fue.
Por lo que se rompió sin aviso.
Por las despedidas que nunca deberían haber llegado.
Por las preguntas que se quedaron sin respuesta.
Por la vida imaginada que ya no iba a suceder.
Pero lo más extraño de aquella tribu no era el luto. Lo extraño era lo que ocurría al cuarto día.
Al caer la tarde, el jefe se acercaba despacio. No llevaba adornos ni palabras grandes. Solo una vasija de barro llena de agua. Se sentaba frente a quien había llorado y le decía:
—Han pasado cuatro días. Pero tu alma ha atravesado cuatro años.
Entonces la persona tomaba la vasija entre sus manos y lavaba su rostro.
No para olvidar.
No para negar.
No para fingir que nada había pasado.
Sino para recordar que el dolor merece un lugar, pero no un trono.
Después, el jefe pronunciaba una frase que todos en la tribu conocían desde niños:
—Lo que ya fue llorado, no debe volver a mandar sobre tu vida.
Y desde ese momento, nadie volvía a llorar por aquella pena.
Si la memoria regresaba, se la recibía con respeto, pero no con rendición.
Si el nombre dolía, se respiraba hondo, pero no se volvía al suelo.
Si la ausencia aparecía en mitad de la noche, se encendía una pequeña luz interior y se recordaba: “ya lloré por esto; ahora debo vivir por mí”.
Qué sabiduría tan sencilla y tan difícil.
Porque nosotros, muchas veces, no enterramos las penas. Las mudamos con nosotros. Les hacemos una habitación en la casa. Les cambiamos las sábanas. Les damos conversación. Las alimentamos con recuerdos, con culpas, con “y si hubiera…”, con “por qué a mí…”, con “tal vez algún día…”.
Y así pasan los años.
No cuatro días.
A veces media vida.
Hay dolores que no se van porque todavía les abrimos la puerta cada mañana.
Hay lágrimas que ya no limpian: solo nos atan.
Hay duelos que un día fueron amor, pero después se convierten en cárcel.
Y quizá madurar sea eso: aprender a distinguir cuándo una lágrima nos salva y cuándo nos impide caminar.
Llorar no es debilidad.
Llorar es una forma antigua de lavar el alma.
Pero quedarse a vivir en el llanto es olvidar que también nacimos para levantarnos.
Nadie debería pedirnos que salgamos rápido de una herida. Cada pérdida tiene su idioma. Cada corazón tiene su ritmo. Pero también llega un momento, aunque sea pequeño, aunque sea temblando, en el que uno debe mirarse por dentro y decir:
“Ya honré este dolor. Ya le di mis noches. Ya le di mis fuerzas. Ya le di mis lágrimas. Ahora no le daré también mi futuro”.
Porque hay penas que merecen ser lloradas con todo el cuerpo.
Pero ninguna merece robarnos la vida entera.
Tal vez no podamos decretar cuatro días exactos para cada herida. Tal vez algunas necesiten más tiempo, más silencio, más amaneceres. Pero sí podemos decidir que el dolor no será nuestro apellido.
Podemos llorar lo necesario.
Podemos caer sin vergüenza.
Podemos rompernos un rato.
Pero después, con el rostro lavado y el corazón todavía temblando, debemos volver.
Volver a la luz.
Volver al pan.
Volver al abrazo.
Volver a la risa sin pedir perdón.
Volver a nosotros.
Porque lo que se perdió tuvo su lugar.
Pero lo que queda también merece ser amado.
Y quizá esa sea la verdadera ceremonia de la vida: aprender a despedirnos de lo que dolió sin convertirnos en su tumba.
Llorar cuando el alma lo pida.
Llorar hasta vaciar la noche.
Pero un día, elegir.
Y al elegir, levantarse.
Porque hay lágrimas que cierran heridas.
Y hay otras que, si las repetimos demasiado, vuelven a abrirlas.
Que cada uno sepa cuándo llega su cuarto día.
Ese instante íntimo en el que la pena deja de ser duelo y empieza a ser excusa.
Ese momento silencioso en el que la vida nos mira de frente y nos pregunta:
“¿Vas a seguir llorando lo que ya lloraste, o vas a empezar a vivir lo que todavía te espera?”
La estrategia de defensa del caso Jean Alain busca incidentar el proceso con fines de que perima .
Cuáles son las posibilidades de conseguirlo?
@WilsonCamachoP#Viendoeldiard@ElDia_RD
La nueva cédula incorpora la opción de donación de órganos. El inconveniente es que debes procurar un carné de donante. Bastaría con la firma del donante en un formulario que la misma @juntacentral
puede ofrecer al ciudadano.
Facilitemos la donación!
@incort_rd
Tengo 47 años
El estrés me atrapó durante años, así que me obsesioné con la neurociencia.
Después de más de 10 000 horas investigando a personas de alto rendimiento, directores ejecutivos y genios, mi mente ahora es invulnerable. He ayudado a más de 493 personas a lograr lo mismo.
Estos son mis 5 trucos neurológicos favoritos que te cambiarán la vida:
🖋 | #DeBuenaTinta | Antes de que las redes sociales impusieran su vértigo y la noticia se consumiera en segundos, en San Francisco de Macorís se trabajaba con otro pulso. Más lento, más paciente, más cercano a la tierra. En ese tiempo —no tan remoto como parece— Héctor José Rizek Llabaly encarnó, con naturalidad, ese espíritu del inmigrante que busca propósito tanto o más que arraigo .
Quizás la intuición lo llevó al cacao. Supo ver, en un cultivo tradicional, una posibilidad de transformación. Apostó cuando no era evidente, perseveró cuando no era fácil. El tiempo —que es el único juez fiable— le dio la razón, y la capacidad para acometer exitosamente otras áreas de negocios.
Hoy el cacao dominicano es sinónimo de calidad, y en esa historia el apellido Rizek ocupa un lugar bien ganado. Antes que herencia hubo trabajo, reconocimiento y, sobre todo, constancia y determinación.
Don Héctor se ha ido, como se van los hombres que dejan huella sin estridencias. Queda su obra, su ejemplo, y sus hijos, formados en esa misma disciplina silenciosa que convierte el esfuerzo en legado.
Los dominicanos debemos conservar la memoria agradecida de quien supo ver futuro donde otros apenas veían tierra en esa provincia situada en el corazón cibaeño. A sus deudos, consuelo.
🔗 https://t.co/PWGAHp119S
#DiarioLibre #DLOpinión