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Septiembre 19, 1985.
07:19 horas
🙏EN MEMORIA DEL DR. GILBERTO LOZANO SALDÍVAR, "Maestro Lozano" fallecido en el terremoto de 1985 en el Hospital Juárez @HospitalJuarezM 🙏
Llegaste al Hospital Juárez poco antes de las 7:00 de la mañana como era tu costumbre a impartir tu cátedra en un aula ubicada en el 5o. piso de la torre de hospitalización. Ser puntual era uno de tus principios.
Solo 19 minutos después inició el terremoto. Suspendiste la clase y junto con tus alumnos salieron del aula hacia las áreas de hospitalización para tranquilizar a los pacientes.
Apenas saliendo, el edificio se sacudió tan fuertemente que el piso se abrió. El hospital había colapsado.
Algunos de tus alumnos y tú se abrazaron en ese momento y cayeron muchos metros, quedaron atrapados y muy mal heridos, los invitaste a rezar.
Tu cuerpo no soportó las heridas por lo que falleciste unas horas después.
(Esto que comparto hasta aquí, me fue comentado por el Dr Vicente Ayala uno de sus alumnos que sobrevivió al colapso del hospital)
Con la ayuda de los valientes topos lo encontramos 27 días después, el 16 de octubre a las 4:00 de la mañana, junto con varios de sus alumnos.
Dió su vida en el cumplimiento de su deber. Haciendo lo que más le gustaba y más satisfacciones le daba, sanar a los enfermos y enseñar a las nuevas generaciones de médicos. Era un Maestro de cuerpo y alma, decían sus alumnos.
Hombre sensible, humanista, sencillo y carismático.
Sus grandes enseñanzas de vida definieron lo que hoy somos sus hijos, hombres de bien e íntegros.
Tenía la sabiduría de quien siendo muy joven había llegado de Saltillo a vivir solo al Distrito Federal para estudiar la carrera de Medicina en la UNAM donde impartió su cátedra de forma ininterrumpida hasta el día del terremoto.
Su sabiduría nos la compartia a sus hijos de forma clara y sencilla.
Con su ejemplo trasmitía valores y principios.
Hombre querido, respetado y recordado por sus alumnos a 40 años de su partida.
He conocido esa parte de su vida, gracias a lo que me han platicado quienes hoy son prestigiados médicos que pasaron por su cátedra y con los que he podido platicar y conocer su faceta de médico y maestro.
Ajeno a lo material, sus valores eran espirituales. Nos enseñó el valor de la honestidad, la caridad y a no permanecer callados ante las injusticias.
Decía que ser médico era un apostolado y que éstos no deberían de lucrar con el dolor de las personas; así ayudó a mucha gente humilde que lo visitaban en el consultorio que tenía en casa, a quienes no les cobraba y en agradecimiento le mandaban algo de fruta, una artesanía o hasta un guajolote que corrió por el patio de la casa hasta la Navidad de ese año.
Padre cariñoso, pero firme y muy severo en nuestra educación; decía que es la mejor herencia que pueden darles los padres a sus hijos y coincido con él, por lo que aplico el mismo principio con los míos.
Hubiera deseado más tiempo con él, conocerlo más, preguntarle sobre muchos temas pero entiendo que como hombre entregado a su apostolado, teníamos que compartirlo con pacientes y alumnos.
Incontables domingos pasamos en el coche afuera de los hospitales donde operaba esperando a que realizara sus visitas médicas, mientras en la espera, nos cocinábamos en el coche, un Ford 1957 donde en ocasiones peleábamos entre los hermanos. Verlo aparecer era como un vaso de agua para un sediento.
Recibimos lo mejor de él, nos dio calidad de tiempo, no cantidad, pero suficiente para haber hecho de sus hijos hombres de bien, junto con esa gran mujer, luchadora guerrera e incansable que fue mi madre, una Química que dedicó su vida al servicio público en el Hospital de Traumatología del Centro Médico Nacional, donde se jubiló. Murió en 2015.
Qué orgullo haber tenido estos dos maravillosos padres que sirvieron con amor y entrega al sector salud de este País por muchos años.
Han pasado 40 años y parece que fue ayer. Un abrazo y un beso hasta el cielo papá.