Llevo desde ayer viendo a ministros, como Mónica García, y a otros pseudoperiodistas tertulianos sincronizados, como Chema Garrido, repetir que Aldama "se queda los millones de las mascarillas, conserva el botín".
Para un tuit queda muy bien. Pero ahí dentro hay varias cosas metidas en el mismo saco que la sentencia aclara perfectamente, y al analizarlas su relato se desinfla.
Empecemos por lo que ganó.
Como intermediario se llevó 3,7 millones por los contratos de Puertos y ADIF, que son los dos que juzga esta sentencia.
Por el negocio entero de las mascarillas, sumando los de Interior, Canarias y Baleares, que aquí no entran, fueron 6,6 millones.
Pero la cifra de este juicio, y la del lío que viene ahora, es la de 3,7. Esa es su comisión, su margen como empresario.
La confusión empieza porque la Fiscalía le pedía una multa por esa misma cifra. Pero una multa es un castigo, y todo castigo cuelga de un delito.
Este colgaba del de información privilegiada, y la cantidad coincide con la comisión solo porque la ley ordena calcular esa multa sobre lo que ganaste.
El Supremo absuelve a los tres de ese delito. Al irse el delito, esa multa se queda sin nada a lo que agarrarse y desaparece.
Aquí mucha gente dirá, con toda la razón: la multa vale, pero que le quiten la comisión y a otra cosa.
Eso ya es otra figura distinta, el decomiso, y es donde se lía casi todo el mundo. El decomiso sirve para arrebatarte el dinero que sale de un delito.
¿Y cuál es el dinero del cohecho?
El soborno: lo que se pagó para comprar al ministro, los 10.000 euros al mes y los alquileres, 430.298 euros en total.
Eso sí se confisca, y responden los tres.
Pero el soborno y la comisión son dos bolsillos distintos.
La comisión es lo que Aldama ganó como empresario vendiendo las mascarillas, no el dinero de la mordida.
Por eso el decomiso alcanza al soborno y deja fuera la comisión.
Te preguntarás si no se le podría quitar entonces como ganancia de la prevaricación, por haber amañado el contrato.
Pues tampoco.
De la prevaricación también salen absueltos, y por el motivo que sostiene toda la sentencia: la adjudicación fue legal.
Procedimiento de emergencia válido y, atención, un precio por debajo del mercado.
Lo certifica el Tribunal de Cuentas: la mascarilla se compró a 2,50 euros cuando la media de aquellos meses andaba en 3,38 en marzo y 3,65 en abril.
Vamos, que se compró barato y a nadie le clavaron nada. No hubo “pelotazo”.
Si no hubo perjuicio en el precio, y no hubo trampa en el procedimiento de la adjudicación, no hay dinero público que rescatar de esa comisión. Por eso no se pide decomisarla.
Aldama conserva el grueso de lo que ganó y se ahorra la cárcel, cierto. Lo primero no es por colaborar es porque le han absuelto de esos delitos, lo segundo, sí.
Hay que ser serios cuando se analiza una sentencia. Pero qué vamos a esperar, si solo siguen consignas de Ferraz.
Jot Down: La mujer que creó una de las mejores revistas de España sin que nadie supiera quién era
Durante más de una década, algunos de los periodistas y escritores más prestigiosos de España trabajaron para una mujer a la que casi nadie había visto jamás.
Cuando falleció, se descubrió que gran parte de su identidad era una ficción, pero la verdadera historia no es el engaño. Es algo más fascinante.
El milagro casi imposible
En 2011, cuando la prensa española atravesaba una de las peores crisis de su historia reciente, apareció una revista cultural llamada Jot Down.
El contexto no invitaba precisamente al optimismo. Los grandes periódicos despedían periodistas, reducían plantillas y perseguían desesperadamente el tráfico digital.
El consenso parecía claro. Internet había condenado los textos largos, la reflexión pausada y el periodismo de profundidad.
Jot Down apostó exactamente por lo contrario.
Entrevistas de veinte o treinta mil palabras. Reportajes que exigían tiempo y atención. Fotografías en blanco y negro. Un diseño elegante. Ninguna obsesión por la última polémica del día.
Mientras gran parte de la industria asumía que el lector se había vuelto incapaz de concentrarse más de unos minutos, aquella revista decidió tratarlo como a un adulto. La apuesta parecía suicida y sin embargo funcionó.
Durante su etapa de mayor expansión llegó a vender decenas de miles de ejemplares de una revista trimestral de casi trescientas páginas cuyo precio rondaba los quince euros. Su empresa matriz alcanzó una facturación cercana a los 1,5 millones de euros anuales. Para una publicación cultural independiente, aquellas cifras resultaban extraordinarias.
Lo más sorprendente es que detrás de aquel proyecto no se encontraba un gran grupo mediático, una universidad prestigiosa o un empresario multimillonario. Detrás estaba una mujer a la que casi nadie había visto jamás.
El fantasma de la redacción
Durante años la fundadora de Jot Down se presentó bajo el nombre de Mar de Marchis. Desde esa identidad fue construyendo una red de colaboradores que acabaría reuniendo a algunos de los nombres más importantes del periodismo y la cultura española. Por sus páginas pasaron autores como Enric González, Manuel Jabois, Maruja Torres o Antonio Muñoz Molina, entre muchos otros.
La revelación conocida estos días ha provocado una enorme conmoción en determinados círculos culturales. Mar de Marchis era en realidad María Jesús Marhuenda Irastorza, fallecida en 2022.
El reciente libro La bola, del periodista Daniel Verdú, ha reconstruido una historia que mezcla talento, anonimato, complejos personales, construcción de identidad y relaciones de poder.
La polémica ha dividido a quienes la conocieron. Para unos fue una impostora. Para otros fue una visionaria. Lo más probable es que ambas descripciones contengan una parte de verdad.
El gran experimento de internet
Lo verdaderamente fascinante de esta historia no es que utilizara un alias. Los seudónimos han existido siempre. Lo fascinante es que lograra construir una de las cabeceras culturales más influyentes de España partiendo de una posición aparentemente marginal.
No procedía de las grandes redacciones nacionales. No era una figura conocida del mundo editorial. No pertenecía a ninguna dinastía cultural ni contaba con una red de contactos heredada. En teoría, reunía muy pocos de los requisitos que solemos asociar al éxito dentro de las élites intelectuales. Y, sin embargo, lo consiguió.
Aquí aparece una pregunta incómoda. Durante años hemos escuchado que vivimos en una sociedad donde el talento termina imponiéndose por sí mismo. Pero la propia existencia de este caso parece sugerir algo distinto. Una mujer llegó a la conclusión de que su nombre real, su apariencia real y su vida real podían convertirse en obstáculos. Así que construyó una identidad alternativa. Y esa identidad sí obtuvo atención.
Quizá la historia no solo nos habla de ella. Quizá también habla de los prejuicios y mecanismos de reconocimiento que operan en los círculos culturales.
El ego como combustible
Existe la tentación de explicar todo lo ocurrido mediante una única palabra, manipulación. Es una explicación cómoda, pero insuficiente.
La realidad es que ningún engaño sostiene por sí solo una revista durante más de una década. Ninguna máscara consigue que cientos de escritores colaboren durante años si detrás no existe también una visión editorial sólida.
Mar de Marchis comprendió algo que muchas empresas periodísticas habían olvidado. Los buenos autores no buscan únicamente dinero. Buscan lectores. Buscan libertad. Buscan prestigio intelectual. Buscan un lugar donde se valore aquello que hacen.
Mientras numerosas redacciones reducían artículos para adaptarlos a métricas y algoritmos, Jot Down ofrecía exactamente lo contrario. Espacio. Tiempo. Cuidado formal. Respeto por el texto.
Para muchos escritores aquello se convirtió en un refugio. La revista no creció únicamente gracias a una identidad misteriosa. Creció porque supo detectar una necesidad real que otros medios estaban ignorando.
La sombra tras el mito
Ahora bien, tampoco conviene idealizar la historia.
Las investigaciones recientes describen prácticas mucho más problemáticas. Fotografías que no correspondían con la persona real. Biografías inventadas. Relaciones personales construidas sobre información falsa. Acusaciones de manipulación emocional y utilización de confidencias privadas para gestionar determinadas relaciones profesionales.
Si parte de esos testimonios es correcta, entonces la historia deja de ser únicamente la de una mujer brillante que utilizó una máscara para superar sus limitaciones.
Pasa a ser también la historia de alguien que terminó utilizando esa máscara como instrumento de poder. Y ahí es donde aparece la verdadera complejidad moral del caso.
Porque una obra admirable no convierte automáticamente a su autor en admirable ,pero tampoco los defectos de una persona borran automáticamente el valor de una obra.
Una tragedia contemporánea
Quizá por eso esta historia ha despertado tanta fascinación.
No habla únicamente de periodismo. Habla de internet. Habla de identidad. Habla de reconocimiento. Habla de una época en la que millones de personas descubrieron que podían relacionarse con el mundo sin que nadie conociera realmente quiénes eran.
Mar de Marchis llevó esa lógica hasta sus últimas consecuencias. Construyó un personaje para protegerse del mundo. Ese personaje le permitió levantar una revista extraordinaria.
Jot Down se convirtió en una referencia cultural. Y con el paso de los años el personaje terminó creciendo hasta hacerse inseparable de la persona.
Resulta especialmente triste que este debate se esté produciendo después de su muerte. María Jesús Marhuenda ya no puede explicar sus motivos, defenderse de determinadas acusaciones o reconocer posibles errores. Otros hablan ahora por ella, a favor o en contra, mientras su figura se transforma poco a poco en personaje histórico.
Sin embargo, quizá la pregunta más interesante siga siendo otra. Si María Jesús poseía desde el principio la inteligencia, la sensibilidad cultural y la visión editorial que permitieron crear Jot Down, ¿por qué sintió que necesitaba convertirse en otra persona para que el mundo estuviera dispuesto a escucharla?
Porque tal vez la respuesta a esa pregunta nos diga tanto sobre nuestra sociedad como sobre ella misma.
Vosotros sois muy jóvenes, pero cuando Twitter estaba capitalizado por los PabloMM, Barbijaputa, GerardoTecé, Fonsiloaiza, SpanishRevolution, Protestona, FacuDíaz, etc. ahí el "hodio" importaba poco. Es más, ahí el "hodio" molaba un huevo.
En la clausura de Calgary 88, el presidente del COI dijo una: "Algunos han ganado el oro, otros han batido récords y uno ha volado como un águila". No hablaba del campeón, sino del peor atleta de la historia. El hombre que obligó a cambiar las normas. Tira del hilo 🧵👇🏽👇🏽👇🏽
@FutbolCarroza Joseba Aguirre. Formó parte del once más feo de la liga 1992-93 de los espectadores del celebérrimo El Día Después del Canal+ y cuyo ranking lo ganó Prosinecki muy cerca de Spasic 🤣
He perdut una cartera a la zona de tribuna avui al RCDE STADIUM amb un DNI a l’interior a nom de Pau Beltrán Buch. Si algu l’ha trobat agrairia que contactes amb mi.
Agraeixo RT
@RCDE_info@RCDEspanyol#rcde
Hace una década, la Premier siguió apostando por repartir los ingresos a pesar de que los grandes sufrían los "asaltos" de los grandes españoles (Modric, Bale, Coutinho...), mientras que España apostó por darle mucho más dinero a los grandes a costa de cargarse la competitividad de La Liga...
🚨Estoy viendo muchas reacciones en relación con el libro de @juansotoivars
Como juez que cree que sí existe la violencia de género y que también ha visto varias denuncias falsas, voy a aportar algo de sensatez e información.
Quién quiera bronca e insultar, a otra cuenta 🧵⤵️
Ilustra este mi tuit o post un comentario de un periodista sobre el juicio al FGE. Podría haber elegido otro, pero no, elijo el de D. Fernando Garea, que pasa por ser un moderado, que ha hecho preguntas interesantes en las ruedas de prensa posteriores al Consejo de Ministros y que ha escrito cosas razonables, con espíritu crítico. Algunas las he alabado aquí, como un ejercicio de independencia y buen hacer profesional.
He elegido ese mensaje por resultar revelador precisamente de quien viene y por su contenido, como paso previo a explicarles mi interpretación finalista de todo esto, que a continuación expondré.
¿Alguien se puede creer
que con la declaración del testigo al que se refiere, el juicio al FGE “carece ya de sentido”? ¿ Qué debería acabarse ya el juicio y archivarlo? Les contesto: No.
Ellos no lo creen. El propio Sr. Garea sabe que eso no es posible jurídicamente. Y entonces ¿A qué viene este tipo de mensajes?
Mi interpretación es que ese y otros mensajes similares , que estos días inundan los medios y las redes, tienen una clara finalidad: preparar el escenario ante una eventual sentencia condenatoria del FGE, para entrar a degüello contra el Tribunal, deslegitimándolo ante la ciudadanía. Es una suerte de anticipación de una prevaricación intolerable, que serviría para preparar el camino al Tribunal Constitucional y a un indulto.
En el camino, se ahondará el descrédito de la Justicia, considerada injustamente un ariete contra el “Gobierno progresista”. Pero eso es un daño colateral irrelevante.
Además, de esa forma, para los más radicales - y no creo que esa fuera la idea del Sr. Garea, pero sí de otros -se puede sembrar el caldo de cultivo de un cambio legislativo que tumbe al Poder judicial, camino de una Justicia distinta, siguiendo los modelos de Venezuela y México.
¿Y si la sentencia fuera absolutoria? Ya les dije hace unos días que entonces el diluvio del lawfare caería sobre el instructor de la causa.
Está todo absolutamente previsto.