Lo peor de las despedidas es que casi nunca las vemos venir.
Nos acostumbramos a la presencia de alguien en nuestras vidas y de repente, sin previo aviso, tienen que irse. O quieren irse. Ambas situaciones tienen su dolor.
Y entonces nos quedamos con esa sensación de vacío, de que algo falta.
Pero también hay algo bonito en las despedidas.
Son una oportunidad para expresar nuestro amor, aunque se aleje, por las personas que se van. Para recordar los buenos momentos que compartimos juntos y para desearles lo mejor en su camino.
A mí no me gusta sacar nada en cara, pero algún día me gustaría contar muchas cosas, sólo para que sepan que mal agradecidas pueden llegar a ser algunas personas y después se ponen en papel de víctimas.