No tengo humor para los chistes racistas.
Nunca los he encontrado graciosos. Al contrario, me entristecen. Y, con los años, he llegado a sentir incluso lástima por quien cree que hay algo divertido en burlarse de otro ser humano por el color de su piel, por sus rasgos o por su origen.
El humor debería ser un puente, no un arma. La risa compartida tiene la capacidad de unirnos, de hacernos más humanos. Pero cuando se construye sobre la humillación del otro, deja de ser humor y se convierte en una expresión de ignorancia.
Pienso en todo lo que una persona desconoce cuando reduce a alguien a un estereotipo: desconoce su historia, sus sueños, sus luchas, su dignidad. Desconoce, sobre todo, que todos compartimos la misma condición humana.
No me escandalizan tanto los chistes racistas como la pobreza espiritual que revelan. Porque para reírse de otro primero hay que dejar de verlo como un igual.
Tal vez por eso no me provocan enojo sino tristeza. Tristeza por una sociedad que todavía confunde la crueldad con la gracia. Y tristeza por quienes no han descubierto que hay una alegría mucho más profunda: la que nace del respeto y del reconocimiento de la dignidad de cada persona.
Dios te salve, María,
llena eres de gracia;
el Señor es contigo.
Bendita tú eres entre todas las mujeres,
y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María, Madre de Dios,
ruega por nosotros, pecadores,
ahora y en la hora de nuestra muerte.
Nuestra Señora de la Gracia, ruega por nosotros.
Nuestra Señora del Rosario, ruega por nosotros.
Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, ruega por nosotros.
Inmaculado Corazón de María, ruega por nosotros.
Amén. 🙏🏻