Biolife se alzaba ante nosotros, intacta, impoluta, con sus muros altísimos y su promesa de un paraíso vedado. Esperábamos el estruendo de las balas, el colapso de nuestros cuerpos en la arena seca. Pero no llegó. Solo silencio.
La entrada abierta de par en par. Dentro, luces parpadeantes, calles vacías, rastros de una vida que había huido o... desaparecido. Y entonces los vimos. Apilados como carne desechada, hinchados, muertos sin señales de lucha.
Los muros de la Biolife seguían en pie. Un imperio resguardado por los escombros de lo alguna vez tuvo vida. Avanzamos entre las ruinas, con la piel pegada a los huesos y el aliento rancio de desesperación. No buscábamos esperanza, solo un final rápido.
Las luces del set la envolvían, reflejando su imagen impecable en la mesa de cristal. La pregunta flotó en el aire como una cuchilla afilada: ¿hasta dónde estuvo dispuesta a llegar para alcanzar el éxito? Victoria sonrió, pero sus ojos no.
Habló de sacrificios, de renunciar a lo que no se puede presumir: tiempo, amor, personas. Cada palabra fue una confesión disfrazada de filosofía. Y mientras el público escuchaba fascinado, supe la verdad: hay secretos que solo se llevan en el alma a la tumba…
En el Refugio de Amixtli, donde el manantial brilla con luz de estrellas, un hombre susurró su deseo: riquezas. Amixtli, con sus ojos grises que atraviesan el alma, asintió en silencio. Al despertar, el hombre encontró su casa llena de oro,
pero el vacío en su pecho crecía con cada moneda. Fue entonces que notó el silencio: la risa de su hija, que solía llenar cada rincón, había desaparecido. Buscó por días, hasta que recordó las palabras de los ancianos: "Amixtli no concede deseos, los intercambia".
El tiempo se agotaba. Las paredes se cerraban, el aire pesaba. Él repartía cartas en la plaza: “Nos queda tan poco, ¿no lo sientes?”. Cuando llegó el instante final, abrió los ojos y todo seguía igual. Hasta que su doble emergió de las sombras,
Las sombras reptaban por las paredes, deformándose en rostros burlones que se desvanecían con cada parpadeo. La casa susurraba carcajadas distorsionadas, mofándose de su desgracia.
La realidad se desdibujaba, la razón se ahogaba en el delirio, y el aire, espeso y metálico, latía al compás de su respiración contenida. Entonces, un impulso nacido de las entrañas de la inconsciencia lo empujó a cerrar los dedos alrededor del cuchillo de cocina...